Educación: un factor determinante (II)

Sobre el volcán Juan Carlos Valdivia Cano

 

Un ejemplo de lo dicho en columna anterior podría ser el de los cambios curriculares o planes de estudio, tan frecuentes en nuestras instituciones universitarias regionales, que al dejar intacta la problemática de la calidad pedagógica de los profesores (sin encararla de frente, con fuerza y decisión) que consideramos determinante, se mantienen esencialmente igual. No se tocan los paradigmas. No se hacen en serio la pregunta leninista: ¿por dónde empezar? Se empieza con la “capacitación pop” y dejan de lado la formación humanista.

Cuando decimos «formación», dicho sea de paso, queremos descartar expresamente la idea de «capacitación» tal como se la concibe e implementa en la experiencia pedagógica peruana realmente existente. Y no solo por la mediocrísima implementación que no pregunta siquiera por la capacitación del capacitador y por el carácter de la capacitación, sino también por su conceptualización. Se capacita dando adiestramiento e instrucciones técnicas y precisas para que el sujeto de la capacitación logre desarrollar una actividad precisa o puntual con el mínimo de idoneidad, por ejemplo para utilizar una computadora, un aparato para detectar billetes falsos, o para manejar la nueva aspiradora, etc.

Se da “formación” cuando se pretende educar a un ser humano integralmente, es decir, intelectual, física, moral o emocionalmente, con el fin de desarrollar todas sus potencialidades, facultades o capacidades. Y lo que necesitan nuestros profesores es una buena formación y no, esencialmente, capacitación, sobre todo de la manera como se les “capacita” en el Perú. Las humanidades son esenciales. Lo malo es que, salvo excepción, ya se han eliminado abierta o disimuladamente de las universidades. Eso ha sido fatal. Si alguna vez lo fueron, están dejando de serlo hace rato por ello.

Y así podríamos seguir con otros aspectos, aspecto por aspecto, factor por factor, aisladamente, pero creo que tenemos suficiente por ahora. Y seguramente siempre vamos a toparnos con los mismos resultados anunciados por los indiscretos diagnósticos internacionales PISA y las informaciones estadísticas, no menos indiscretas, de UNESCO.

No todos los aspectos del problema educativo tienen la misma importancia y no es conveniente y además no hay la capacidad para afrontarlos todos a la vez. En consecuencia, hay que determinar el (o los) factor o aspecto determinante en ese problema y canalizar toda la fuerza social, individual e institucional en él. ¿Cuál es ese factor? Vamos a ir al grano con una cita de Douglas North, premio Nobel de Economía, que en los años noventa visitó el Perú y resumió sintética y perfectamente, en una entrevista, lo que aquí tratamos de decir a lo largo y ancho de este ensayo: «Para lograr una reforma de éxito es fundamental cambiar las instituciones y los esquemas de creencias y valores, dado que son los modelos mentales de los autores los que determinan las decisiones». Es el factor que justamente no se toca: el determinante. No cambiamos los esquemas de creencias y valores, no cambiamos cualitativamente las instituciones, no cambiamos nosotros, no cambiamos el país.

Si North tiene razón y además se tiene en cuenta que en asuntos educativos todo depende de fines y medios, es literalmente absurdo intentar cualquier reforma educativa, incluso parcial, sin decidir clara y distintamente los valores o principios a partir de los cuales se va a llevar adelante esa reforma, salvo que se trate de un puro formalismo y que los principios no importen más allá del papel. Detrás de esos valores y principios, declarados, sentidos, o vividos, siempre vamos a encontrar una cosmovisión, implícita o explícita, una forma de ver el mundo y la vida, consciente o no, que se expresa en diversas visiones y prácticas educativas.

  1. S. Eliot, educador en sus años juveniles, poeta y premio Nobel de literatura norteamericano, en una conferencia dijo algo que puede aplicarse no solo dentro del contexto anglosajón sino también fuera de él: «Como he insistido en que en el fondo de cada teoría de educación encontramos, implícitas o explícitas, premisas filosóficas y teológicas, y también sociológicas, podría pensarse que la cuestión atañe solo a los filósofos y no a los que se dedican a la docencia y a dirigir instituciones docentes. Son estos, sin embargo, los que poseen un fondo de experiencia y, si son sagaces, un acervo de sabiduría respecto de la educación que únicamente pueden tener los que han hecho verdaderamente de la enseñanza su vocación»

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