El sinlogismo judicial

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Miguel-Zavalaga-Columna

Me sorprendió saber que la mayoría de especialistas asegura que el trastorno de personalidad múltiple es una falsa psicopatología, una invención de pacientes sugestionados por terapeutas adscritos al psicoanálisis (¡cuándo no!). Cosas parecidas ocurren en otros campos, y así como hay psicoanalistas que inducen a sus pacientes a recordar hechos que nunca sucedieron, de igual manera muchos jueces y juristas aseguran que el razonamiento jurídico es una aplicación más o menos mecánica de la lógica formal. La hipótesis básica implícita en esta afirmación es que hay relaciones lógicas entre las normas y que, por ende, es posible deducir una norma de otra.

Esa idea me genera algunos reparos. En primer lugar, la lógica sólo se interesa en la corrección formal de los razonamientos, porque la validez lógica depende exclusivamente de la forma en que un enunciado se combina con otros enunciados. Para ilustrar lo dicho examinemos una típica inferencia silogística: “Todos los hombres son mortales; Hugo Chávez es hombre; entonces Hugo Chávez es mortal.” Este razonamiento es lógicamente válido por su forma, y no hace falta averiguar si los enunciados que lo conforman representan hechos que realmente se dan.

Ahora probemos con otra inferencia: “Todos los hombres son inmortales; Hugo Chávez es hombre; entonces Hugo Chávez es inmortal.” Tanto la premisa mayor (Todos los hombres son inmortales) como la conclusión (entonces Hugo Chávez es inmortal) son empíricamente falsas, pues no se producen en el mundo los hechos que ellas afirman. Pero a la lógica el contenido de los enunciados no le importa; a ella sólo le preocupa que se relacionen según reglas preestablecidas. Como la correspondencia entre un hecho y el enunciado que lo representa no influye en la validez de la inferencia, entonces de nada le sirve a la lógica conocer si las premisas y la conclusión son verdaderas o falsas. En virtud de esta indeterminación la inferencia deductiva es compatible con cualquier contenido empírico, y gracias a ello podemos representar un número infinito de hechos en pocas expresiones formuladas acorde a las reglas sintácticas de la lógica formal.

Dado que la inferencia deductiva es un fenómeno independiente de los hechos, resulta factible “aplicar” la lógica al mundo. Con todo, ello no significa que la lógica se extraiga del mundo, ni que la lógica le prescriba sus leyes al mundo. ¿Y por qué no es correcto decir que el mundo se somete a la lógica? Si fuera así —esto es, si hubiera relaciones lógicas entre los hechos— no habría necesidad de laboratorios y el trabajo de campo estaría de más, ya que todo científico podría desarrollar plenamente su actividad sentado en un sillón, valiéndose tan sólo de razonamientos que no requerirían ninguna verificación. No obstante, las hipótesis y las predicciones realizadas en el marco de una teoría científica pueden ser refutadas si no se adecúan a lo que acontece en el mundo.

Si bien la lógica no hace referencia a un contenido específico, de ahí no se sigue que cualquier enunciado sea susceptible de formar parte de una inferencia deductiva: interesa también que los enunciados que la integran tengan sentido —es decir, que exista la posibilidad de predicar o la verdad o la falsedad de tales enunciados—, pues habrá un razonamiento formalmente correcto sólo cuando al tipo de enunciados que lo conforman se les pueda atribuir el valor de verdad. “Hugo Chávez es mortal” y “Hugo Chávez es inmortal” son enunciados susceptibles de ser calificados o bien de verdaderos o bien de falsos —podemos visualizar la situación en la que esos enunciados podrían ser verificados—, y en esa aptitud radica el que ambos tengan sentido. A este tipo de enunciados se les llama proposiciones, y sólo a ellos se les puede aplicar las leyes lógicas y las reglas de inferencia. En cambio, una norma no es una representación que puede o no coincidir con un hecho —aun cuando toda prescripción presuponga una descripción, prescribir es más que describir—. El objetivo de la norma es influir en las personas para que modifiquen su comportamiento. Y si la nota distintiva de una norma es la prescripción de una conducta, entonces ella no puede ser o verdadera o falsa, únicamente se la podrá calificar de justa o de injusta, de válida o de inválida, de eficaz o de ineficaz.

Por ejemplo, ante la proposición “Hugo Chávez era un dictador” nos haremos la siguiente pregunta: “¿Será verdad el hecho que esa proposición describe?”, y obtendremos la respuesta investigando si durante su gobierno se respetó el principio de separación y autonomía de los poderes del Estado. Por el contrario, frente a la norma “Debe sancionarse con 20 años de prisión la malversación cometida por Hugo Chávez” la pregunta será: “¿Debo hacer lo que esa norma prescribe?”. Así pues, en tanto que la verdad de la proposición reside en la verificación del hecho que ella representa, la eficacia de una norma siempre dependerá de una conducta que la acate, porque la norma contiene la representación de un hecho que alguien efectivamente debe hacer coincidir con un hecho —en otras palabras, describe una situación futura que puede o no darse conforme al accionar de una persona—. Pero si entre el hecho que debería ser y el hecho realizado está de por medio alguien que al acatar la norma deberá realizar el hecho, ¿quién es ese “alguien”? Kelsen respondió a esta cuestión al sostener que toda norma se reduce a la estructura ideal “Si es A, debe ser B”. Según él la primera parte del enunciado (Si es A) describe un hecho hipotético A, mientras que la segunda (debe ser B) representa cómo un determinado órgano jurídico debe actuar si es que el hecho hipotético A se produce. Por lo tanto, dado que A es el condicionante de B, si algún sujeto comete el hecho hipotético A, un órgano jurídico deberá reaccionar produciendo el hecho hipotético B (o sea, la sanción).

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