La opción de Von Wright

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Von Wright

¿La lógica deóntica (o lógica de normas) es una legítima extensión de la lógica formal? Ella supone la admisión de dos tesis controvertidas: a) es posible derivar lógicamente una norma de otra norma; y b) como a las normas no se les puede atribuir el valor de verdad, es necesario reemplazar los valores lógicos verdadero y falso por otros valores como obligatorio, permitido y prohibido.

Una cosa que salta a la vista es que la tesis b) —de la tesis a) me ocuparé detalladamente en otro artículo— constituye una violación flagrante de la ley del tercio excluido. El primero que transgredió esa ley fue al lógico polaco Jan Lukasiewicz. En 1920 él arguyó que había proposiciones no susceptibles de ser verificadas, como “Estaré en Varsovia a mediodía del 21 de diciembre del próximo año”, a las que se podía asignar un tercer valor lógico: posible. Pero Lukasiewicz no se percató de que ese enunciado es una pseudoproposición, ya que se trata de una prescripción formulada a modo de descripción, y su expresión correcta vendría a ser “Debo estar en Varsovia a mediodía del 21 de diciembre del próximo año”.

Ahora bien, si las reglas sintácticas lógicas sólo se aplican a enunciados que pueden ser o verdaderos o falsos, y si sólo las proposiciones tienen esa característica, entonces tales reglas sólo se aplican a proposiciones. Y si las normas carecen de valor de verdad, y si las leyes lógicas y las reglas de inferencia sólo se aplican a enunciados a los que se puede atribuir ese valor, entonces no se pueden aplicar legítimamente esas leyes y reglas a razonamientos donde intervienen normas. En sentido estricto la lógica deóntica no tiene relación con la lógica formal, y ello lo reconoce su fundador, el mismo Georg Henrik von Wright: “…se ha invertido mucho esfuerzo en discutir la cuestión de si la lógica deóntica es simplemente ‘posible’; por ejemplo, si relaciones tales como las de contradicción o consecuencia lógica pueden darse entre normas. Si uno piensa en las normas como prescripciones que no son ni verdaderas ni falsas, parece imposible una respuesta afirmativa a la cuestión”. Él agregó en otra ocasión que la lógica deóntica se torna problemática porque “conforme a un punto de vista corriente y pienso que bastante correcto, las normas carecen de valor de verdad, no son ni verdaderas ni falsas. Pero si esto es así, ¿de qué manera se puede hablar de una ‘lógica’ de normas, de relaciones tales como contradicción y consecuencia entre normas? ¿O tal vez la lógica deóntica no sea ‘realmente’ una lógica de normas, sino de algunas entidades relacionadas (proposiciones normativas) que son verdaderas o falsas?” Aquí él parece admitir que la lógica deóntica hace trampa, pues no emplea normas, sino proposiciones normativas —es decir, proposiciones que representan normas.

En todo caso, Von Wright era más realista que otros acerca de las posibilidades de aplicar las leyes de la lógica y las reglas de inferencia a normas. Su mérito fue poner en evidencia la dificultad de adaptar la lógica formal al ámbito normativo, y que si se quiere dotar a la argumentación jurídica de un rigor semejante al de la argumentación lógica, sería preferible crear una lógica ad hoc. Se puede decir que, enfrentado al dilema de Jörgensen —el cual puede resumirse de esta manera: si la lógica opera con enunciados que son o verdaderos o falsos, y si las normas no son ni verdaderas ni falsas, entonces: o no es posible una lógica de normas o, de serlo, es necesario reformular los fundamentos de la lógica—, Von Wright optó por reconstruir los cimientos de la lógica. Él creía “que era posible trascender la lógica y aplicar las nociones de consistencia y consecuencia lógica más allá de los límites de la verdad y de la falsedad”.

Hace bastante tiempo que se viene hablando de superar la lógica. Sobre esto Tarski declaraba que “No merece la pena hacer hincapié en las consecuencias que tendría el tener que cambiar la lógica (suponiendo que esto fuera posible), incluso en las partes más elementales y fundamentales.” Pensar que existen otros valores lógicos aparte de la verdad y de la falsedad, o que las relaciones lógicas se dan también entre normas, implicaría una revolución, y lo cierto es que entre los lógicos no hay acuerdo respecto a si se ha consumado esa revolución que (en el sentido que le da Kuhn) consistiría en un cambio del “paradigma universalmente aceptado” de la lógica formal. Para que los profanos podamos afirmar que la lógica deóntica constituye la superación de la lógica formal, haría falta la aprobación de la comunidad de lógicos, porque ellos son los más indicados para señalar “la frontera más sensatamente trazable entre lo que con mayor adecuación se puede llamar la lógica y lo que más vale llamar de otro modo” (Quine dixit). A menos, claro está, que los aficionados nos creamos más competentes en lógica que los propios lógicos profesionales…

Además, la lógica formal no es una ciencia cualquiera. Ella está en el fundamento de todas las ciencias, tal como decía Wittgenstein. Y no olvidemos que solamente se cambia el paradigma de una ciencia cuando éste ya no permite resolver los problemas que se presentan en su ámbito de estudio y de aplicación —precisamente el paradigma de la lógica aristotélica fue abandonado en el siglo XX por carecer de valor instrumental, pues los matemáticos y los científicos no se servían de él—. Pero, ¿por qué el conjunto de reglas sintácticas que llamamos lógica formal tiene tanta importancia para nosotros? —después de todo, la lógica formal es sólo un modo entre muchos de ordenar las proposiciones que expresan lo que pensamos—. Porque cuando los signos se combinan de acuerdo a esas reglas coinciden con los hechos. Esta coincidencia —cuyo motivo (¿Dios?, ¿el azar?) ignoramos— hace viables las reconstrucciones formales del mundo que llamamos ciencias empíricas, y es gracias a ellas que podemos dominar la naturaleza. Russell se refería a esto cuando dijo que lo importante no es que pensemos conforme a esas reglas, sino que los hechos ocurran conforme a ellas.

 

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