El sinlogismo judicial II

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columna Miguel Zavalaga

Puesto que en el campo de la lógica es superfluo recurrir a algo más que la forma del razonamiento para saber si éste es correcto, entonces la validez del silogismo no puede ser corroborada ni refutada mediante la verificación. Si este tipo de validez resulta de la forma de la inferencia —con independencia absoluta de lo que ocurra en el mundo—, entonces las premisas del silogismo son proposiciones que se aceptan como elementos de la inferencia sin necesidad de confirmarlas empíricamente, y también es una cuestión lógicamente irrelevante indagar si la conclusión coincide o no con algún hecho. Es que para la lógica todas las proposiciones valen lo mismo, y no se requiere saber si representan hechos que efectivamente se dan.

Con el silogismo práctico sucede lo contrario: su validez depende del mundo. Ilustremos lo dicho con la inferencia “La ley establece que toda autoridad que malverse debe ser sancionada; Hugo Chávez malversó; entonces Hugo Chávez debe ser sancionado”. Si un juez quisiera tomar una decisión judicial basada en la conclusión de este razonamiento, él necesariamente debe estar seguro de que la premisa mayor (La ley establece que toda autoridad que malverse debe ser sancionada) representa una norma válida, y de que la premisa menor (Hugo Chávez malversó) describe el aprovechamiento fehacientemente comprobado que Chávez hizo del dinero público. Pero si es necesario verificar hechos, si hace falta comprobar la verdad o la falsedad de una proposición, entonces no estamos ante una inferencia deductiva; porque está más allá de la jurisdicción de la lógica la identificación de la norma general aplicable al caso —identificación que implica indagar acerca de si ella es un componente válido del derecho positivo vigente—, así como la investigación respecto a los hechos que conforman el caso —a la lógica no le importa si la imputación se confirma o no.

Además, hay algo que me parece muy significativo para probar mi punto. La conclusión del silogismo práctico señala una acción que debe generar un hecho en el mundo: el encarcelamiento de Hugo Chávez (¡Dios lo tenga en su gloria!). Actuar según lo prescrito por la conclusión es lo único que diferencia a un silogismo funcional de una mera yuxtaposición de enunciados —o sea, simple letra muerta carente de atributos lógicos y prácticos—. Es evidente que un silogismo tiene consecuencias prácticas sólo cuando alguien se siente obligado a realizar lo indicado por la conclusión; sin embargo, un encadenamiento de enunciados no puede forzar a nadie a conducirse de una determinada manera. Y ocurre así porque no existe una conexión lógica entre la conclusión del silogismo práctico y la voluntad del juez. Un juez únicamente se somete a las leyes jurídicas y no le debe lealtad a las leyes lógicas ni a las reglas de inferencia, pues éstas, en principio, no tienen tras de sí un aparato coercitivo que garantice una sanción si se las infringe.

Aunque la conclusión de un silogismo posea el atributo de representar hechos, no tiene la capacidad de prescribir conductas o determinar comportamientos, ya que las leyes lógicas y las reglas de inferencia rigen sobre signos lingüísticos y no sobre voluntades (un ámbito en donde sí actúan las normas). Como de la conclusión desprendida de un silogismo no se deduce una norma jurídicamente válida —Hume dijo hace bastante tiempo que no puede derivarse lógicamente una prescripción de una proposición—, entonces dicha conclusión no tiene efectos legales y, por consiguiente, la lógica formal deviene en un razonamiento jurídicamente impotente.

Podría decirse que el silogismo práctico es una operación paradójica. De los párrafos precedentes se desprende que su validez depende de la corrección formal, de la verificación empírica de las premisas y de la realización por un órgano jurídico de la conducta prescrita por la conclusión. ¿Es razonable sostener en paralelo estas ideas? No, pues cada uno de estos requisitos se basa en enfoques incompatibles acerca de la naturaleza de la lógica. La exigencia de que las premisas sean veraces y de que la conclusión se lleve a la práctica se contrapone al carácter formal de una inferencia deductiva —ya que ésta, a fin de cuentas, solamente consiste en poner de manifiesto todas las consecuencias que trae consigo una afirmación—. Pese a ello, alguien podría argüir que así como es necesario verificar las proposiciones deducidas de las leyes físicas, de igual manera es necesario basar en la experiencia las premisas del silogismo práctico. Quien afirme eso ignora que la falsación de una proposición no invalida ni desnaturaliza la inferencia de la que forma parte —la falsación sólo hace patente que la proposición no se ajusta con un hecho del mundo—. En cambio, la exigencia de verificar las premisas del silogismo práctico cuestiona directamente el carácter puramente formal de la lógica, y hace de la comprobación empírica de las premisas el condicionante de la validez de la inferencia.

En fin, muchos también aseguran que el silogismo práctico es funcional en relación con los casos fáciles o rutinarios, en donde el órgano jurídico correspondiente —aplicando automáticamente una norma general válida— asigna una sanción por la comisión de un hecho ilícito. No obstante, esta supuesta virtud nada tiene que ver con la logicidad que se le atribuye. Por lo demás, en los casos fáciles la ayuda del silogismo práctico es discutible: en primer lugar porque es pretencioso apelar a la lógica formal cuando basta con el sentido común —es decir, cuando la decisión “puede tranquilamente ser confiada a la intuición de la persona competente” (Bobbio dixit)—. En segundo lugar porque, incluso si se trata de un caso fácil, la resolución del juez no tiene por qué coincidir con la conclusión. Es más, vemos todo el tiempo a jueces parcializados (sea por motivos políticos, crematísticos o afectivos) que emiten fallos que no se ajustan con lo que indica la conclusión del silogismo práctico —pues, como decía Kant, “nos las habemos con seres que actúan libremente. A los que se puede dictar de antemano lo que deben hacer, pero de los que no se puede predecir lo que harán”.

 

 

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Una respuesta a “El sinlogismo judicial II”

  1. Avatar escipion dice:

    Muy interesante su artículo sobre sinlogismos… si lo lograse entender.

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