Feminismo patriarcal

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Por Charlie Caballero (Universidad Nacional de Córdoba, Argentina)

acaballerom@pucp.edu.pe

«No hay una identidad de género detrás de las expresiones de género; […] la identidad es constituida performativamente por las mismas manifestaciones que origina». 

Judith Butler

guia-de-la-buena-esposaDesestimar las ideas del otro mediante gruesas reducciones, sobre todo cuando amenazan la propia hegemonía, impide indagar en los matices. Es más sencillo reducir el Islam a una religión violenta, sexista y homofóbica; el marxismo a una ideología política radical y totalitaria; y el feminismo a un discurso abortista. Esta actitud es propia de quienes apelan a la simplificación, cuando no a la confusión, antes que al esclarecimiento o al debate. Es el caso de Edwin Heredia, quien en su artículo «Nuevo Feminismo (I)» considera a la teoría de género una ideología destructiva que hace peligrar la conservación del matrimonio y la familia.

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Inclusive Heredia no reserva para este cuerpo de ideas la categoría de teoría sino sencillamente «ideología». No se trata de cualquier distinción sino de una particularmente sutil: así «ideológico» es el adjetivo que desde un supuesto lugar neutral se atribuye al discurso de los otros, asumiendo que el discurso propio no lo es. En tal sentido, el discurso sostenido por quienes se oponen a la muerte asistida, el aborto en caso de violación o a la unión civil está animado por principios fundamentales para la sociedad, pero de ningún modo ideológicos, pues allí ideología significa un cuerpo de ideas radicales, extremistas, degradantes, subversivas propias de un grupo minoritario con intereses políticos definidos y que mediante el activismo en la esfera pública pretenden logran sus objetivos. De este modo, la ideología es el pensamiento del «otro», nunca de «nosotros», ya que estos reservan para sí la categoría «doctrina», «fundamento» o «principio».

Heredia comete la ligereza de homologar teoría de género y feminismo. Emplea ambas denominaciones para referirse a los movimientos liderados por mujeres que a fines del siglo XIX y bien entrado el siglo XX se movilizaron social y políticamente para conquistar el derecho al sufragio, la propiedad, la educación y un salario justo. Si el actual presidente de la Coordinadora Regional por la Vida fuera más riguroso en sus afirmaciones, comprendería que teoría de género y feminismo no son términos intercambiables, porque, aquel se refiere a una corriente de pensamiento que discute las jerarquías que estructuran las relaciones de poder entre los géneros, enfatizando el carácter sociocultural de la noción de género y tomando distancia de aproximaciones excluyentes que trasciendan la oposición masculino/femenino; hombre/mujer; macho/hembra; entre otras. Para dicha teoría, la categoría «género» constituye la clasificación primordial de la subjetividad, por lo cual apunta a deconstruir ese pensamiento binario para evidenciar por ejemplo, que lo aparentemente «natural» de la femineidad (docilidad, pureza, debilidad, maternidad como esencia del ser mujer, etc.) es una construcción sociocultural, histórica e ideológica conveniente a una mirada patriarcal y originada en esa matriz de pensamiento. En otras palabras, la teoría de género —que dista mucho de ser un cuerpo unificado de pensamiento, pues como toda teoría comprende diversas tendencias— nos incita a repensar el lugar atribuido a los géneros y evaluar la posibilidad de que la esencia femenina no sea más que una invención masculina.

El feminismo forma parte medular de la teoría de género. Y si bien muchas de las demandas anteriores son extensivas a la crítica feminista, esta igualmente posee sus propias tensiones internas y disputas frente a otros feminismos y teorías sobre el género. El feminismo al que sucintamente se refiere Heredia en su artículo es el de la primera generación: un feminismo occidental, de clase media, eurocéntrico, de la mujer blanca y letrada, en el que no tenían lugar la mujer negra, asiática o andina y mucho menos la lesbiana o las sexualidades trans e intergénero. Se trataba de un movimiento incluso fracturado por las disputas entre su vertiente política y académica. Quienes asumían el feminismo como una lucha en la esfera pública desconfiaban de las especulaciones provenientes de la academia. En ese contexto, la Queer Theory (teoría queer o estudios queer) emplazó al feminismo por considerar que este seguía inscrito en las coordenadas establecidas por el pensamiento patriarcal, o sea, en la oposición hombre/mujer, por lo cual es posible hallar que este feminismo reproduce las mismas jerarquías patriarcales como si fuera su reflejo invertido, específicamente, en la radicalización de la diferencia sexual exclusivamente en términos masculino/femenino, lo que deja fuera a otras sexualidades como la lésbica, transgénero e intergénero, sexualidades subalternas u otredades espúreas para el feminismo conservador.

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Los Subaltern Studies (estudios subalternos), Cultural Studies (estudios culturales), el postmarxismo y la teoría decolonial ampliaron el espectro de la teoría de género y particularmente del feminismo incorporando la interseccionalidad del género con la clase, raza, lengua, nacionalidad, religión y otras variables de la identidad cultural. En consecuencia, el feminismo conservador, eurocéntrico y de talante reactivo, basado en la radicalización de la diferencia sexual abrió nuevos caminos para la reflexión del género en contextos geoculturales heterogéneos, abandonando progresivamente una noción de igualdad entre géneros entendida como la conquista de los espacios dominados por el hombre y la emulación de la subjetividad patriarcal como emblema de tal conquista.

Edwin Heredia pierde de vista todo este complejo panorama; en lugar de ello, simplifica los matices mostrando una caricatura histórica del feminismo: «Comenzando el siglo pasado, muchas de esas injusticias estaban superadas. Fue entonces cuando el feminismo tomó nuevos rumbos. Se trataba ahora de ser “igual” al hombre (?!), incluso de competir con él. Quizá —en el fondo— se entremezclaban el revanchismo con querer demostrar superioridad. Triste planteamiento, con el cual la mujer siempre sería la perdedora. Y no porque el varón sea superior —que no lo es—, sino porque ella sería cada vez menos mujer, perdiendo y desvirtuando lo más valioso de su naturaleza: la feminidad, con toda su riqueza; sin la cual la humanidad no solo no podría existir sino que no podría subsistir». Para Heredia no solo la condición subalterna de la mujer en el trabajo, la política y la sociedad ya estaban superadas empezando el siglo XX, sino que irremediablemente la legítima aspiración de revertir tal subalternidad la interpreta como revanchismo, vana competencia, o como anota luego, un «triste planteamiento». Que la mayor cantidad de víctimas mortales durante el conflicto armado interno hayan sido mujeres andinas, quechuahablantes y analfabetas; que a diario observemos que las múltiples violencias (familiar, política, social, sexual, etc.) se concentran en la mujer; que los mayores índices de desempleo y analfabetismo en los países en vías de desarrollo aglutinen a mujeres y niñas; o que la feminización económica de la pobreza endilgue a la mujeres pobres la responsabilidad de no superpoblar la sociedad no dicen nada a Heredia, pues muchas de estas injusticias ya se habrían superado.

La conclusión a la que arriba no es menos arriesgada: el nuevo y auténtico feminismo no está según Heredia en el feminismo ideologizado y radical sino en el feminismo que recoge la esencia de la mujer, cuyos principios fundamentales forman parte de «Women of the World», una declaración global que agrupa a profesionales por la ética a la que adhieren algunas instituciones arequipeñas, declaración en torno al «papel de la mujer, la identidad femenina y la maternidad, junto con cinco exigencias fundamentales». Esta declaración fue replicada recientemente por la Coordinadora Regional por la Vida, que obtuvo la firma de la gobernadora regional, el alcalde provincial y diferentes autoridades políticas, eclesiásticas, militares, policiales y educativas de la región Arequipa.

Lo paradójico de esta declaración es que integra la misma lógica reactiva del feminismo radical con el que abiertamente difieren. Contempla la maternidad como una cuestión no discutible, ya que forma parte de la esencia de la mujer; en otras palabras, la maternidad no es un asunto de elección sino de naturaleza femenina; por consiguiente, la mayor capacidad de agencia por parte de la mujer en el trabajo y la sociedad exigida en la declaración pierde consistencia al restringir la libertad de elección en lo que concierne a la maternidad: si la maternidad es un componente esencial de la maternidad entonces la negación de la misma supondría negar la naturaleza misma del ser mujer: «La maternidad y la dedicación de la mujer a la familia no merman su crecimiento personal o intelectual, sino que muy al contrario suponen una consolidación de su personalidad y el desarrollo de su identidad femenina». Ello implica, por un lado, ganar a la mujer como fuerza productiva para el desarrollo económico pero, por otro lado, no discutir la función de género que la sociedad patriarcal le ha asignado anudando el ser mujer con el ser madre. Del feminismo radical también incorpora el binarismo sexual pues solo admite la complementariedad entre los pares hombre/mujer dejando fuera, al igual que el feminismo conservador, las otras sexualidades (lésbica, trans e intergénero). En suma, se trata de un feminismo muy complaciente con lo que el pensamiento patriarcal admite para la mujer contemporánea en la medida que no renuncie a su esencia: «La auténtica emancipación femenina consiste en la libertad de ser realmente una misma, en ser mujer en términos de mujer». Observemos detenidamente la paradoja de este esencialismo: la auténtica liberación está en reconocer que no hay liberación posible de la esencia femenina. Dicho de otro modo, la declaración «Women of the World», referida por Edwin Heredia, se inscribe dentro de un feminismo patriarcal que de ningún modo contribuye a la emancipación de la mujer sino que, a lo sumo, le concede participar del juego económico y laboral siempre que no abandone la femineidad que ese patriarcalismo le otorga; o sea, una emancipación supervisada.

Consciente o no, el discurso de Heredia es el de un feminista patriarcal y conservador, a fin de cuentas, reflejo especular del feminismo radical que cuestiona. Si conociera con mayor detalle la variedad de posturas dentro del feminismo y de la teoría de género, comprendería que no siempre el feminismo ha adoptado la categoría de género en su dimensión más amplia, por lo que eventualmente, ciertos feminismos han acentuado la dependencia de la mujer y ampliado la distancia entre la mujer, la lesbiana y los transexuales. Tal feminismo, que de nuevo nada tiene, tergiversa los alcances de la teoría de género, ya que convierte a la mujer, en el mejor de los casos, sino el peor, en un cuerpo dócil del patriarcado.

acaballerom@pucp.edu.pe

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