La estética de los signos: “Cuando llegaron los wayruros” de Goyo Torres

Cultural

goyo torres

Por Giuliana Catari

Según el filósofo Jacques Ranciere, el vocablo Literatura no es el  nuevo nombre adoptado por las bellas artes  en el siglo XIX, sino es el nombre de un nuevo régimen de verdad, donde la veracidad del texto responde a una ruptura con la verosimilitud, en tanto sistema de lógica de acciones y reacciones determinadas. En este plano, lo literario se encontraría dentro un régimen estético, pues la verdad de la historia ya no repara en la importancia o acción del personaje, sino que está inscrita en la insignificancia del detalle, el sentido de lo que se lee estará en la misma textura de las cosas.

En este marco estético, surge Cuando llegaron los wayruros (Arequipa, Texao Editores, 2015), del escritor y docente arequipeño Goyo Torres, donde la historia sobre la guerra del Pacífico se replantea a través de un pequeño juego infantil. No interesa si la disposición de los elementos de este cuento se corresponden al discurso histórico, sino que  a partir de este doble juego del lenguaje (del texto y el mundo), la ficción deja de ser un simulacro limitado y se convierte en el nuevo escenario de la literatura, sustrayéndose del juicio de la verdad.

Esta nueva puesta en discurso se desarrolla paralelamente con la tradición oral y es el rumor de la ocupación del ejército chileno en el valle de Vítor, el móvil inicial que sostiene la historia a través de seis episodios. A su vez, la imagen de los chilenos asociados a la figura del wayruro, tanto en su indumentaria,  como proyectiles, resulta algo curiosa y simbólica pues trasgrede su significado como amuleto de protección y es el elemento bélico de unos niños.

En el episodio I: Juego de niños, la expresión inicial: ¡Alto ahí! conlleva cierto efecto de curiosidad y nos conecta inmediatamente con la intriga de la historia, sin reparar todavía en el imaginario infantil. Posteriormente, las descripciones y la voz del narrador en primera persona, acaba por resolver esta primera parte del juego. De otro, la frase: ¡Ay mamita, los chilenos! responde a una expresión de pánico, más que a la simulación del juego, convirtiéndose en el leimotiv del texto.

La posición de bandos: “…los de valle arriba asumían el papel de peruanos y el de valle abajo, el rol de los chilenos” (15), implica también un deseo de voz para los “vencidos”, pero sin legitimarse en esta historia. No interesa demostrar esa verdad en el discurso letrado para validarse la historia, sino el uso de estos elementos en la verdad del texto. Asimismo la conformación de los grupos por quince muchachos, y sus relativas funciones, revelan el entusiasmo y convicción por asumirse en el juego.

El episodio II: La ocupación, describe el desencanto del rumor hecho realidad: las huestes chilenas invaden tierras arequipeñas. El despojo de propiedades, la violencia encarnada en el sargento Barragán, crea el coraje, la rabia, pero también rompe la rivalidad de bandos en los niños y desarrolla la solidaridad entre ellos a través del cuidado de los animales.

El episodio III: Escenas de caza, narra el acecho de los chilenos en el campo vitoreño, el divertimento que les producía cazar cuyes silvestres y donde los niños se asumen como fieles observadores de sus andanzas. Empero, esta observación termina por casi matarlos, al mismo tiempo que sus ilusiones de victoria.

En el episodio IV: Cuidado con los animales, nuevamente el rumor es el actante de la situación, pero esta vez,  es el escuadrón peruano el motivo de preocupación para los chilenos “[…] Decían que eran los sobrevivientes del ejército que había combatido en Alto de la Alianza” (33). ¿Acaso era posible que la  historia de los vencidos tenga un nuevo rostro? Pese a esta buena noticia, el ejército chileno no dudaría en continuar su amedrentamiento contra los pobladores de Vítor, generando un cambio de actitud en los niños. Ellos tendrían que tomar una decisión tal cual un adulto lo haría: enfrentar su porvenir.

Así, en el episodio V: Jugando a la guerra, las ideas de confrontación, pasan del juego a una estrategia bélica: “[…] La cosa era simple: había que proseguir jugando a la guerra, solo que ahora  sería de verdad. Debíamos formar un ejército contra los soldados chilenos.”(39). Entonces, la única forma de hacer retroceder al ejército chileno era utilizar el rumor de que el escuadrón peruano ya estaba viniendo, una idea nada descabellada pero tenía que materializarse. Sin embargo, no tuvo mucho éxito y al tiempo que se acrecentaron los maltratos contra quienes lo creían, la peste también tuvo lugar. Los muchachos debían buscar otras formas de materializar ese rumor y convertirlo en una realidad. Por ello, buscaron  personificar al ejército peruano a través de sus minúsculos cuerpos adolescentes.

Ya en la parte última del juego: La batalla contra los wayruros,  la “representación” del ejército peruano, se suma al apoyo de los animales y comunidad, creando una polvareda de victoria para los pobladores, y consecuente huida del ejército  chileno. La aparente imagen del ejército peruano en tierras arequipeñas, es la resolución del conflicto. Sin embargo, la ausencia de Elena y la muerte del padre de la amada del protagonista, terminan por declinar su entusiasmo en este singular juego.

Curiosamente el Colofón termina por configurar la oralidad del cuento a través de la narración del abuelo del protagonista en el Asilo Lira, poniendo en tela de juicio lo contado inicialmente.

Es así que la magistralidad de cada línea del cuento, convoca una metáfora del mismo, el doble juego del lenguaje parece cuestionarnos como lectores del discurso histórico, pero a su vez, mantiene una verdad que solo puede ser respondida dentro del mismo texto. Cuando llegan los wayruros no se limita a la producción meramente ficcional, sino que a través del encadenamiento de palabras, los signos van adquiriendo cierta independencia del discurso histórico-positivista, para pensarse en la voz literaria del autor.

Sin duda, el autor ha logrado integrar adecuadamente los elementos orales y darles un lugar en el espacio de la escritura, sin despojarlos de su esencia tal cual como signos jeroglíficos. Retornando a las palabras de Ranciere: “el escritor es el nuevo antropólogo de esta nueva escritura y será quien recolecte los signos, los explore y dibuje la anatomía de una sociedad a través de ellos2. Y eso es lo que ha hecho Goyo Torres.

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* Goyo Torres (Arequipa, 1964). Licenciado en Literatura y Lingüística por la Universidad Nacional de San Agustín. Ha publicado: El amor después del amor (2002), Técnicas narrativas (2004), Cómo motivar la lectura: ensayos de literatura, educación y sociedad (2005). Con el trabajo Polifonía del silencio: la literatura en los últimos diez años en Arequipa (coautor) ganó el Premio Ensayo organizado por Promolibro del Ministerio de Educación(2006) y con la novela Espejos de Humo (2010) quedó finalista del Concurso de Novela Breve de la Cámara Peruana de Libro y con ¡Hierbasanta, hierbasanta!. Posteriormente ganó el Copé de Bronce en la XVII Bienal de Cuento Copé 2012. Actualmente, es docente en la Escuela de Literatura de la UNSA.

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