La realidad suspendida

Gárgola sin pedestal

Realidad suspendida 

Los investigadores de la estructura narrativa de las obras de ficción creen que es posible estudiar simultáneamente distintos trabajos de literatura, cinematografía o teatro, independientemente de su contenido y llegar a demostrar al final que son un mismo objeto, cuyas partes cumplen las mismas funciones: sumergir tanto al creador como al espectador en un estado de conciencia alterada donde cobra vida la irrealidad y lo que no existe.

Diferencian la obra de ficción, por ejemplo, de la hipnosis, en que en esta última se induce a la persona a seguir con atención ciertas rutinas mecánicas o visuales, (fijarse en el movimiento del péndulo), mientras que por otro canal sensorial, —la audición—, el hipnotizador burla la garita de control del cerebro consciente y penetra en el subconsciente dejando órdenes que el hipnotizado acatará sin saber de dónde vienen y si guardan proporción con su realidad habitual.

Afirman los lingüistas que en las obras de ficción se establece un pacto tácito entre los autores de las obras y quienes las leen o asisten a su representación en el teatro o en el cine. El acuerdo consiste en que no median engaños. Todo lo que ocurre en la obra es falso, un puro producto de la imaginación; el autor da por hecho que la audiencia no se va a tomar la historia narrada como algo cierto y que la sucesión de escenas alegres o trágicas que pueblan el relato, por más vívidas y vibrantes que parezcan, nunca han ocurrido.

Por su parte los espectadores/lectores asumen la ficción, saben que la historia es falsa; pero por la búsqueda del deleite que produce sentir —por virtud de la creencia—  que son testigos de la ocurrencia de algo inexistente, aceptan suspender la percepción de la realidad y se sumergen en la ficción por su propia cuenta y riesgo. Incluso, —en algunos casos—, son advertidos por el autor: “Todos los personajes de esta historia son imaginarios, cualquier parecido con personajes de la vida real, es una pura y simple coincidencia”.

Traigo a colación estos dos elementos: ficción e hipnosis porque me parecen instrumentos de gran ayuda para entender con mejor precisión el fenómeno de confusión colectiva que experimenta el país en el mal llamado Proceso de Elección Democrática para elegir a los nuevos miembros del Poder Ejecutivo y Poder Legislativo, periodo 2016-2021.

No ha sido fácil llegar a este evento premunido únicamente de dos instrumentos, (ficción e hipnosis), habiendo gastado años siguiendo las incidencias de la política nacional e internacional, sus actores y los hechos que han marcado la historia. La dificultad consistía en tratar de explicar el proceso electoral, en términos políticos: Estado, Poder, Ciudadanía, Patriotismo, Doctrina, Ideología y Activismo. Y como no hay forma en que estos elementos desfilen asociados a los actores de este trastorno psíquico colectivo, la conclusión es muy simple: El proceso llevado a cabo por la ONPE puede ser cualquier cosa, menos un fenómeno político. No es político ni en su forma ni sustancia; y lo que es peor, ni siquiera la naturaleza de sus actores permite considerarlos sujetos políticos.

No es una feliz conclusión; por el contrario, vislumbra un resabio sórdido, un hedor donde se matrimonian la ruindad con la vileza, son los Círculos del Infierno de Dante circunvalando la costa, la sierra y la selva del país con su ejército de crápulas, soberbios, codiciosos, violadores, falsarios y falsarias de toda laya, todos condenados por la opinión pública pero que han evitado su condena en los tribunales.

Ciertamente no es una obra de ficción. De entrada no media ningún pacto tácito entre los autores/políticos y la audiencia/electores. De entrada sabemos que media el engaño. No solo sabemos que todo es falso, (como ocurre en la ficción) sino —lo peor— es que la historia (lo que ofrecen) no se puede creer; o sea, lo irreal no puede cobrar vida imaginaria; y si no se puede vivir imaginariamente lo relatado, si la fantasía no despega, se acabó el deleite y no hay ficción posible.

Tampoco es un acto masivo de ilusionismo colectivo. Los magos nos dan un pañuelo, nos piden apretarlo y contar hasta tres y el pañuelo en nuestras manos se convierte en una paloma que se escapa aleteando alegremente. No hay nada mágico en este evento electoral. Se toma cualquier candidato, se le aprieta un poco moralmente y se deshace.

Descartada la política, ausente la ficción solo queda lo palmario. Al igual que los estructuralistas, que prescinden de las formas y contenido para quedarse con la función, aquí podemos prescindir del número de candidatos, quiénes son, lo que hacen y lo que dicen y quedarnos con la función; es decir,  el propósito para el cual sirven que no es otro que ser instrumentos de un vasto operativo de hipnosis colectiva, cuyo único fin es renovar  las piezas de la maquinaria que controla el Status Quo.

En este intenso proceso para alterar la conciencia colectiva, los medios de comunicación: radio, prensa y televisión participan haciendo las veces del péndulo hipnótico que mecánicamente nos lleva de aquí para allá con el único fin de distraernos, mientras la ONPE y la propaganda hacen las veces de hipnotizador, sin garita de control sobre la realidad, van subliminalmente instilando: “Voto informado… Voto responsable… tú tienes el poder de elegir… ¡Infórmate… infórmate…”

Claro que habría Poder y responsabilidad si los medios de comunicación fueran al mismo tiempo medios de información; pero no lo son; comunican, pero no informan.

En escenarios como el presente donde la realidad se ha suspendido y las cosas y personas son lo que no son y que además funcionan al revés, no hay duda que el camino más corto para encontrar la virtud es a través del vicio; digo, en tres palabras: viciando el voto.

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