Arequipa, turistas y viajeros. Un reto

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diana coca

Fotos: Diana Coca

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El turista, siempre lo he pensado, es ese ser que por la urgencia de experimentar nuevas emociones contrata los servicios de una empresa con el propósito de que esta le garantice la experiencia. Enemigo del tiempo, debe llegar a la hora justa a puerto seguro –aquellos dignos de postal, aunque la mayoría, ya in situ, luzcan desfavorecidos, pero, convengamos, eso no importa: ya lo solucionará el photoshop.

No me gustan los turistas, esos que viajan, ¿realmente viajan?, demasiado a prisa, con el tiempo necesario para inmortalizar su periplo en un selfie e incluir el destino en el mapamundi que aparece en las redes sociales. En más de una ocasión he creído que el viaje es más importante que el destino –“lo mejor del viaje es lo de antes”, decía Maeterlinck… interrumpo esta crónica, ¿qué irán a creer?, ¿estoy escribiendo una conjura contra el turismo? Sí, tal vez de aquel cronometrado por agencias que hacen olvidemos que, en realidad, y muy en el fondo, uno mismo es el viaje.

Los viajes son los viajeros, recuerdo la frase, e inmediatamente pienso que los lugares más maravillosos que conocí –me ocurrió en varias ciudades- fueron aquellos en donde tuve la oportunidad de perderme –literalmente- y conocer lo ‘real maravilloso’ que se esconde detrás los trajines cotidianos.  Al decir esto, lenta, muy lentamente, aparece ante mí el níveo blanco del sillar y, de pronto, evoca en mi mente una determinada callejuela de Yanahuara, la misma que, serpentea sinuosa, que sube y baja, mientras va delineando la arquitectura de un tiempo otrora, como un rezago que aviva el asombro por lo que una vez fue: la infancia. Sí, leyó usted bien, porque el viaje que, en realidad, somos nosotros, es capaz de devolvernos la sensación de haber descubierto el mundo “con ojos brujos”, los de un viajero. Por supuesto que no ocurrirá siempre. Puede que también la brújula equivoque y nos encontremos, de pronto, en medio de un páramo en el cual jamás pensamos, creímos o decidimos estar. Y, si bien al principio, uno se siente totalmente embaucado, ese estar involuntario justo en ese lugar, fue capaz de arrebatar al olvido otra vivencia: la solercia, es decir, al menos en este caso, la habilidad de encontrar algo, por pequeño o fugaz que fuera, por ejemplo el reflejo dorado del sol sobre el agua en una fuente, capaz de hacernos recordar el brillo de otros soles ya anochecidos sobre las fuentes que se fueron secando, o la concertina con que las hojas son arrastradas por el tímido viento de un otoño discutible, con la fuerza suficiente, aunque muy tímida, de despertar en nosotros el deseo de saber cómo es realmente el otoño, por qué no, en algún otro lugar. El viaje entonces añade un nuevo destino en la ruta de nuestro andares despertando la necesidad de cruzar otras fronteras.

Cuando uno viaja no lo hace solo a un lugar. También a su memoria. Me vuelvo a detener. ¿Nuestra ciudad, Arequipa, es el destino idóneo para quién? ¿Para el japonés adicto a la instantánea o para aquél que, sin una cámara en la mano, camina a tientas, más que en una ciudad, sobre su historia? Y la respuesta es simple: para ambos. Arequipa es un espacio plural en donde algunos rincones que parecen salidos de la estirpe toledana conviven con otros, más agrestes, tal vez, en donde nos alela el tremo estrépito del ande indomable. Y todo ello, de lo que los arequipeños legítimamente enorgullecen, no podrá ser parte de un lugar inverosímil que sobrevive como si su centro estuviera en otra parte. Allí entra, debería, la labor de la empresa: saber conversarlos, acorde con las necesidades y exigencias del tiempo presente.

La identidad de un espacio no es enemiga del progreso. El desarrollo debe estar presente porque la tradición, finalmente, no puede, ni debe, quedar excluida de la dinámica social.

La belleza de una ciudad existe en la medida en que los turistas (presurosos por estampar una firma o perennizarse en un selfie) y los viajeros (quienes al perderse terminan frente a aquello que habían creído ya del olvido) puedan darse la mano a través del encuentro del futuro, sí, pero sin perder el aura inefable de lo que llamamos: el pasado.

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