Auto de Fe Número Uno

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“El veneno contra la familia se llama,
la ideología de género…
La ideología de género
es como un veneno que disuelve la familia,
mata a los padres,
porque no reconoce la diversidad de roles”

Monseñor Juan Luis Cipriani.
He me aquí señor Cardenal, dispuesta a confesar -ante usted y públicamente- que la suscrita apóstata, viene portando en la frente -desde un tiempo atrás – con irredimible convicción, el sambenito del Género.
Inicio esta confesión, aunque para muchos sea obvia, en este día emblemático; explicando que aunque la “ideología de género” no es en estricto sinónimo de “ideología de las mujeres”, esta ha sido muy útil para ayudarnos a reconocer que el significado de ser una “mujer” o un “varón”, se ha ido construyendo socialmente; inscribiendo sobre la cualidad biológica del sexo, una serie de representaciones, ideas, imposiciones, exigencias y prohibiciones que -erigidas en normas y valores- fueron dando contenido diferenciado a la experiencia de ser humano/a.
Y si mi herejía no basta; también he de afirmar que en esa construcción histórica de la identidad femenina y masculina, la iglesia católica -al igual que otros espacios de socialización- explicó y propició sistemáticamente, la desigualdad política, económica y social de la mujer; bajo el fundamento “marianista” de ser esta, un producto lógico de su naturaleza.
En el proceso de superación de las brechas de ciudadanía; bajo la influencia creciente del feminismo liberal, las mujeres encontramos en la lucha sufragista de los siglos xix y xx, una estrategia para la consolidación de la igualdad ante la ley; no obstante que la remoción de aquellos obstáculos legales, no tuvieron su reflejo necesario en la consolidación de la igualdad real. Un ejemplo de lo afirmado, lo constituye la palmaria constatación de que en sociedades como la nuestra -de experiencia sufragista tardía- después de más medio siglo de igualdad legal, las mujeres seguimos ostentando los menores índices de inserción educativa, laboral, económica y política.
Es sin embargo, a través de la evolución de los movimientos feministas y su incorporación de los postulados de la categoría de género, y de la utilización de sus herramientas de análisis en su praxis social, que se nos permitió (a los hombres y a las mujeres) ir explicando y desarmando esa naturalización de las relaciones de poder jerarquizadas y asimétricas, que se concretizaban en desigualdades y ciudadanías inconclusas, construidas a través de espacios de socialización micro-políticos como la familia.
No es casual que uno de los presupuestos principales de la teoría de género, lo constituya la afirmación de que “lo personal es político”; fundamento mediante el cual, se cuestionó el imaginario moderno que escinde la sociedad, promoviendo la dicotomía y jerarquización entre el ámbito público (considerado masculino y político) y el ámbito de lo privado (considerado femenino y natural).
Que lo personal es político, puso en agenda un conjunto de opresiones, discriminaciones y violencias vividas al interior de las familias, haciendo de estas prácticas ya no solo la expresión individual de una violencia doméstica y privada; sino y en adelante, la expresión de una violencia estructural del orden social-patriarcal, contra la libertad de los individuos en su propio ámbito familiar; vulneración que ya no podría convalidarse.
Y así; por el rumbo de lo personal-político, los valores democráticos, comienzan a imponerse como normas que deben de vivirse, tanto en la esfera pública como en la privada; contribuyendo con ello a denunciar un conjunto de prácticas sociales que desde lo familiar-cotidiano constituían barreras de género, que impedían el acceso a la igualdad en materia educativa, laboral y económica. Los indicadores sociales en materia acceso a la igualdad de oportunidades en la última década, muestran una conformación y dinámicas familiares, en difícil, pero progresivo tránsito hacia su democratización.
Es precisamente en el centro de ese territorio privado de la familia, que la agenda democrática, permeabilizada del discurso de género, ha incidido en el plano más íntimo de la individualidad; la vindicación del cuerpo y los derechos que en él y a partir de él se incardinan.
Desde ese espacio y este contexto temporal, la familia y rol que en ella cumplen sus individuos, constituye el “territorio” en disputa; un “lugar” en el cual, hemos confluido algunos y algunas activistas de la igualdad, para reencontrarnos con algunas resistencias, en especial la de jerarquía católica -recrudecida en su discurso conservador y renovada en sus estrategias políticas- para confrontarnos y debatir, en democracia, ciertos temas (aborto, libertad de elección de las mujeres, reconocimiento de la sexualidad adolescente, diversidad sexual y otros), que aunque poco ortodoxos; constituyen exigencias de ciudadanía que redefinen el ámbito de los derechos humanos hoy.
En este debate que lejos de terminar, está aún principiando; huelga incidir que en la esfera de lo público-político, se viene también trazando estrategias de secularización; es decir de construcción de un estado laico; basado en principios elementales de vida democrática, donde el respeto a la diferencia, la tolerancia, la autonomía y responsabilidad individual, el pluralismo y otros valores ciudadanos encuentren su espacio de realización, independientemente de la adscripción religiosa de cada ciudadano.
Entonces señor Cardenal, me atrevo a decirle que quizá la ecuación no se encuentre bien planteada. No es la ideología de género “el veneno de la familia”, ha sido y viene siendo ésta más bien un motor de la democratización de sus roles. Pienso, que se trata de encontrarnos en un momento crucial; donde los miembros la iglesia, primeramente como individuos y luego como institución, puedan y deban, de manera infalible, dar fe de su talante democrático. Sólo así podrán bajar un momento del púlpito y –desprovistos de su autoridad- en calidad de iguales ciudadanos, podamos discutir (sin adjetivos) temas como el propuesto. Todo ello, como expresión de una deuda pendiente, que tiene su institución para con las mujeres, las familias y la nación; y a su vez, como gesto que sirva de antídoto, para conjurar cualquier fundamentalismo.
Arequipa, 08 de Marzo de 2016

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María Soledad Bellido Angulo

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