Habla la calle con Verita Cala

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verita cala

Desde hace algunos días, muchos transeúntes se topan de pronto con un personaje extraño por las calles de Arequipa. A diferencia de un Papá Noel vestido de verde que vende caramelos en un semáforo en agosto, o jóvenes greñudos de acento extranjero que hacen malabares haciendo menos tensa la espera de la luz verde, o payasos de glúteos y escotes inflados, o esmirriados niños haciendo piruetas, o más recientemente, niñas con parlantes que escenifican danzas andinas en las calles citadinas, este personaje se viste con símbolo de muerte.

Camina vestido de traje claro, porta una máscara de calavera y tiene un mensaje claro y directo: ¡Fujimori Nunca Más! Se aproxima a las personas y recurre a su memoria, hablando de viajes al extranjero de los hijos del dictador, de los miles de millones robados, de las muertes, de la corrupción.

Muchas personas apoyan, levantan pulgares aprobatorios, comentan, añaden. Otras se ponen en guardia y protestan contra la protesta. De pronto, los que apoyan el mensaje de Verita Cala se enfrascan en diálogo con quienes están en el lado contrario.

La habitual dinámica de las calles, centros de abasto o de plazas y parques se rompe por segundos, se añade un elemento más y de manera instantánea, las personas asumen posición. Claro que también están los indiferentes que no muestran ninguna reacción ante la súbita presencia del actor o su mensaje. Otros permanecen en un segundo plano, observan atentos, no dicen nada, aparentemente no aprueban ni desaprueban el discurso o los diálogos que se entablan. Pero el brillo en los ojos, sonrisas discretas y la atención puesta me dicen que algo se está gestando en el interior.

La lógica de Verita Cala (del latín “verdad” y del quechua “desnuda”) es no permanecer mucho tiempo en un lugar, si hay diálogo lo entabla con respeto. Pero sigue su camino sin dejar de convocar, con palabras o gestos. Hay niños que se asustan de la carga macabra que la muerte tiene en nuestra cultura. Pero Verita se acerca, dulcifica la voz y pide que le toquen la máscara, todos los niños ceden y tocan.

Hay quien exige que se saque la máscara y dé la cara, pidiendo que el discurso vaya acompañado de un rostro identificable. Algunos incluso lo hacen de manera violenta y adjetivos densos. Verita sonríe, responde y sigue su camino. Otros sacan sus celulares y lo filman, lo fotografían, se toman selfies con el personaje.

¿Qué es lo que motiva a Miguel Almeyda (el nombre que está detrás de la máscara) a maquillarse, vestirse con adornos estridentes, a caminar cuadras y cuadras, a destrozar su garganta, a forzar su memoria con la indignidad de un tiempo que no debe volver?

Yo creo que es la indignación por el momento denso y terrible que nos toca vivir, por las amenazas ciertas a la democracia y a la nación, por la posibilidad del retorno de prácticas mafiosas, corruptas y asesinas…. Miguel lo hace desde lo que sabe hacer, el teatro.

Así, termina logrando que los espectadores (entre los que me incluyo) se cuestionen, aunque sea sólo un instante, sus decisiones políticas, sus memorias, su futuro. Y sobre todo, ¿qué estamos haciendo para expresar nuestra indignación ante lo que está pasando?

Habrá quien afile sus garras y colmillos para tratar de minimizar la intervención teatral de Miguel Almeyda.  Esos que critican todo y a todos, pero que no se mueven de su cómodo asiento frente a su pantalla y que disparan a diestra y siniestra buscando el “pero” que los hace sentir alguien, elos, que se refugian en doctrinas aparentemente liberales pero que no pueden esconder su pelaje conservador, sentirán que lo que hace Verita Cala es inútil, cosas de artistas que viven fuera de una realidad que tiene a sentarte y callar.

Pero basta con que haya quien se sienta tocado, que vea que es posible expresar una opinión no por pasional, menos razonada, que perciba que es un agente de su propio destino (aunque sólo sea electoralmente) para que las acciones de este actor tengan una justificación plena.

El hecho que se realice en espacios públicos, que durante tanto tiempo y con tanta eficiencia nos han venido robando; le da a las intervenciones de Almeyda un valor extra que debemos reconocer.  Para muchas autoridades de cabeza mal amoblada, los espacios públicos son amenazantes, por eso los acotan, los enrejan, los reglamentan y vigilan, es decir, los borran y terminan privatizando algo que es nuestro, de todos y cada uno de los habitantes de esta y todas las ciudades. Más que para el disfrute, estos espacios deben ser lugares donde se emprendan diálogos, para aprendizajes y enseñanzas y para expresarnos. En eso consiste la ciudadanía también.

Si ven a Verita Cala por la calle, no le teman. No les va a “pasar sombrero”, no les va a vender nada. Sólo quiere que lo escuchen, que dialoguen con él, que se expresen y sobre todo, que recuerden un pasado próximo que ensangrentó a nuestro país donde un grupo de mafiosos robó, ensució, mató y desapareció a miles de peruanos.

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