No excluir a Keiko

La columna

 

Aunque vivimos un proceso electoral repleto de incertidumbre y suspicacia, me resulta difícil comprender la insistencia en -a estas alturas- retirar de la contienda a más candidatos, principalmente a la candidata Keiko Fujimori, quien lleva considerable ventaja a los demás, con lo que la elección entera perdería sentido.

Y no es que pretenda defender la versión ni la aspiración de la candidata de reinstalar el fujimorismo en el país, lo que creo sería una muestra de vileza y falta de dignidad de un pueblo afectado por un régimen corrupto y autoritario que destruyó los cimientos de la institucionalidad y la ética pública de la nación; sino porque la elección se terminaría en ese mismo punto.

Mal que nos pese a quienes consideramos una victoria de la democracia la caída de ese régimen y el encarcelamiento de sus principales líderes y gestores por los delitos cometidos, el fujimorismo goza de la preferencia de un tercio del electorado nacional, por diversas razones, que no tienen que ver necesariamente con ideales, pero a quienes se daría el argumento ideal para desconocer al nuevo régimen, se trate de quien se trate.

Aún cuando el endeble e inefable Jurado Nacional de Elecciones, ya cometió el absurdo de retirar candidatos, en el último tramo de la contienda, ya sea por intereses creados o por haber perdido la brújula, abrumado por la maraña e híbrido legal dejado por el Congreso; el retiro de un candidato más, a dos semanas de los comicios, no tendría precedente ni justificación razonable y podría provocar una situación tal de inestabilidad que el Perú no puede permitirse. De otro lado, como se ha podido comprobar, todos los candidatos han cometido faltas a la ley aprobada en enero, unos más que otros, lo que hace que su aplicación a rajatabla sea un absurdo.

Aunque coja, tuerta y renga, hay que apostar a esta elección y esperar que una segunda vuelta restituya parcialmente la legitimidad que un nuevo gobierno y la nación merecen, a menos que se prefiera el caos que la suspensión del acto o el boicot que sobrevendrían a una jugada más del JNE, cualquiera que sea.

De otro lado, Keiko Fujimori no merece convertirse en mártir de un Jurado Electoral inepto y cuestionado, para volver en olor de multitud en una nueva contienda electoral a seguir recordándonos que el saqueo del país por una banda organizada por Vladimiro Montesinos puede ser tolerable para muchos. Lo que corresponde, legal y moralmente, es derrotarla en las urnas, como una reivindicación simbólica de nivel mínimos de decencia en la política, en nombre de la aspiración nacional de evolucionar como sociedad, lejos de los niveles de descomposición al que llevó al Perú, Alberto Fujimori.

En cambio, las marchas pacíficas sí son herramientas legítimas y democráticas, dotadas de otro tipo de fuerza moral, que pueden combatir eficazmente las encuestas truchas y el discurso privilegiado por el actual sistema.

No hay que perder la fe ni la mira respecto al objetivo principal.

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