Ensayo gráfico sobre una forma de iluminar

Profanaciones

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  1. Imaginar. Imaginemos. Plantear el mundo en forma de imágenes. Es una obviedad, pero hay que decirlo, para tener de donde comenzar: imaginar es pensar y crear el mundo en forma de imágenes. Pensar, solo se puede de aquello que conocemos. Conocemos aquello que hemos sentido. Lo que del mundo es sensible. Lo demás, es creación constante. Ahí donde está la célula fundamental de lo poético.

Crear día a día el mundo. Llamamos mundo en general no solo al planeta que habitamos (y sus astros cercanos que empezamos a visitar), sino al tejido de las circunstancias que vivimos como especie. Digamos la “vida humana”:el viajar en la combi al trabajo, entrar (en mi caso) a clases a hablar con los que serán mis alumnos hasta mediados de marzo sobre las delicias de redactar, salir, regresar a casa, leer a Watanabe (en mi caso), escribir esto, hacer la compra del mercado, pagar algunas cuentas, planear proyectos. O llegar simplemente a casa, ver a la familia, jugar con los hijos, alistar las cosas para el día de trabajo que se viene. La rutina de la vida humana. Iluminarla. Reconstruirla. Darle un peso a esa liviandad. Lo poético crea en el mundo una forma del ser.

Es liviano aquello que no tiene sentido. Que pasa como una pluma azotada por el viento sin oponer resistencia alguna. Sin hacerse presente. Sin alzar la voz. La forma como una herramienta que nos ayuda a vivir y llegar al día siguiente. La forma como una herramienta que nos da voz. Poner en juego lo humano en cada uno de nosotros. La forma que crea constantemente el poema. Aura. Auroral. Unicidad. En esa forma única da a luz algo. Genera un modo.

Imaginemos que alguien o algo (¿importa el carácter del sujeto?) de pronto nos quita todos los sentidos. Y nos los reemplaza por unos nuevos. Mejorados. Más finos, que puedan percibir más matices, más olores, más frecuencias de luz o sonido. Eso hace el poema con nosotros. Y en ese “parche de sistema”, crea una nueva mirada sobre el mundo. Y crea un mundo nuevo a la vez.

El poema no nombra. Nombrar limita. El poema construye una nueva experiencia. Hace que algo suceda. Que algo brille. Que te emociones. Que te duela. No retomaremos lo que decía Wittgenstein del dolor. Pero eso tan propio, tan personal, fuera del mundo sensible por estar en nosotros, es parte de lo que crea el poema.

El poema que da sentido a lo que hacemos. A la vida. La llena. Con un tono y un color precisos. Para ser más exactos, con un ritmo. El poema en contra de las arbitrariedades y encorsetamientos del significado. De la tradición que dice que un poema es A o es B. Que la vida tiene que ser solo A o B. Que una persona tiene que ser solo bidimensional. O buena o mala. El poema dialoga con la tradición, la crítica. Criticar es construir a través del pensamiento. Es por eso que la acción crítica es de suma vitalidad.

Construir como un acto de libertad. Un acto humano de ser y no ser a la vez. De ser todo. De abarcar el mundo entero. Importa el carácter del sujeto. Porque importa su voz. La sustancia de su voz. No la voz que nombra. Que pone nombres como quien pone etiquetas. Sino que construye experiencias. Para lo cual, como Meschonnic, también construye sujetos. El sujeto-poema. Pero no vayamos por allí. Regresemos a la imaginación.

Comencemos de nuevo. “La palabra “mariposa” no es más que un dato. No te da pie a revolotear, elevarte, proteger las flores”, dice Vallejo. Y lo sigue diciendo. Permanentemente ese decir se elevará como una voz que contiene un pensamiento que construye una mirada del mundo como quien funda una nación. No hay más que épica en el poema. Lo lírico está al servicio de esta épica. Todo lo demás está al servicio de esa construcción. La vida está al servicio de esa construcción. No es que se viva para escribir. No es que se tenga que haber vivido para poder hacer el poema. Es la construcción de un sentido para la vida lo que es en absoluto importante. Sino es pérdida de tiempo; es gasto de oxígeno, de combustión en vano. Lo importante es esta capacidad de reconocer la realidad circundante y de (re)crear las relaciones con ella.

De ahí podemos empezar a levantar casas, hospitales, mercados, pistas, puentes, todo el sistema de alcantarillado y de luces de todas las ciudades. Podemos empezar a sembrar, a pescar o a elaborar muebles. Todo lo demás viene después de esa imaginación primigenia que crea y cría al mundo. Que lo hace más ancho y más habitable. Sino nunca hubiéramos llegado a los astros vecinos.

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