Todos tenemos algo de inocentes

Profanaciones Martín Zuñiga

escritor

Un medio día cualquiera caminábamos con el poeta lobo Baca por la parte peligrosa del centro de Arequipa. Habíamos salido de dejar los últimos materiales de una revista que sacaban con los lucíferos chinos de Dragostea en la imprenta y, como era costumbre, hablábamos de poesía; en esa ocasión recuerdo que coincidíamos en lo edulcorado y diabético que eran los poemas de Benedetti, para leer uno cada año a lo más, decía el poeta lobo, y fue cuando pasamos frente a la puerta de una cantina, que más que cantina era una tiendita de caramelos con una mesa y tres borrachos alrededor, y creímos verlo, bajo su cabello blanco, a Oswaldo. Robert me advirtió que era él y yo le dije que no podía ser, que qué haría en Arequipa. No nos acercamos a preguntar ni nada, seguimos caminando y nos pusimos a hablar de Los inocentes.

No hubo forma de que esa tarde dejemos de hablar de Reynoso. Los inocentes nos había cautivado a todos los que estábamos reunidos y cada uno tenía su historia íntima con ese libro. Había quien se sabía pasajes enteros de memoria, como el inicio: “El semáforo es caramelo de menta: exquisitamenta…” y los recitaba en voz alta. Yo lo había conseguido a dos soles en Lima, con mis dos últimos soles de saldo al regreso de un viaje que había comenzado con ir a un festival de poesía, que continuó a Chimbote casi en autostop, que no llegó a Trujillo por la resaca y que nos tenía de vuelta en Lima a la plana mayor de ese cartel que era Enroque para tomar el bus de regreso a Arequipa. Como teníamos horas muertas antes de subir al bus, nos fuimos al conglomerado librero cultural Amazonas a bucear en busca de libros.

Fue Orlando quien descubrió el ejemplar de Populibros entre una ruma de varias publicaciones de bolsillo, esa edición que Scorza titulara Lima en rock, según él para vender más ejemplares, y que de seguro agotó su edición y varias reimpresiones, pero cuyos derechos de autor nunca terminaba de pagar a Oswaldo. Sin dudarlo me hice del ejemplar y entre Amazonas y Colmena, que era de donde salía nuestro bus de regreso, es decir en un par de horas, devoré literariamente el libro y lo volví a hacer en el camino de regreso a Arequipa. No había forma de ser indiferente a la magia que despedía esos relatos de collera.

Es conocido por todos la anécdota de cómo Oswaldo le logró cobrar a Scorza esos soles por los derechos de autor. O como Martín Adán, al leerlo por todo comentario le casi advirtió a Oswaldo: “Siento miedo por usted, alguien que escribe así va a sufrir mucho en un país como el Perú”. Esto nos lo contó en La ventanita, un bar que ya no existe en el Pasaje de la Catedral, cuando llegó para una edición de la Feria del Libro a Arequipa y al encontrarse con Javier Arévalo y Aníbal Paredes, estos casi al unísono dijeron: vamos por unas cervezas, y Oswaldo sonrió por toda afirmación.

Esa noche nos contó además del origen chino de la pizza, un montón de anécdotas, relatos y confesiones que le escuché otras veces, siempre en una versión nueva, corregida, aumentada por el paso de los sucesos o recortada según la necesidad del auditorio y del corro de chiquillos embelesados que estuviésemos a su alrededor. No importaba la edad del auditorio en cuestión: siempre éramos unos chiquillos escuchando al preceptor develarnos una y otra vez los mismos secretos aurorales con una energía inaudita para alguien que parecía que había vivido todos los años de la historia y no paraba de contar.

Porque no solo era su vitalidad continua, donde no se vislumbraba sino como una broma venial el paso de los años, sino ese prodigio de narrador inagotable lo que lo caracterizaba; siempre con la palabra precisa en la punta de la lengua, sin callarse nada, denunciando todos los males, diciéndole a los prosistas, prosaicos; a los poetas, fatuos; a los críticos, críticos. Era el alma de la fiesta siempre que lo pude ver, en la altura con soroche que no lo afectaba de Huancayo (pidiendo dos cervezas más luego de invitarnos al mejor restaurante de truchas) o en la placidez de las picanterías arequipeñas (pidiendo dos cervezas más luego del delicioso picante).

Y era luz combativa, sin callarse nada, señalando al corrupto, al mafioso, al narco, al desleal. Perdón, y es. El verbo debe estar con Oswaldo siempre en presente. Porque ahora que se avecinan al parecer tiempos oscuros, su enseñanza de vida debe estar cada vez más presente, sin pactar con nadie, sin hacer tranzas, siempre con la frente en alto, mandando a la mierda a la argolla y al establishment.

Hace poco, en otro festival de poesía, saliendo de una entrevista el poeta oso Fernández nos contaba sobre una broma que hizo Reynoso cuando editaron su libro Los inocentes (todos al parecer tienen una historia con este libro) en Estruendomudo. El libro viene acompañado de una serie de fotografías y en una de ella se ve un joven apolíneo en ropa de baño tipo años 50. Cuando un amigo se acercó luego de la presentación del libro a Oswaldo, este abrió el libro, le mostró la foto y le preguntó: reconoces al de la foto. No, respondió el avisado. Y sacando pecho, con toda la seriedad de la que siempre era posible, afirmó: ese soy yo, cuando era joven. Su amigo, ¿cómo iba a hacerlo?, no dudo ni un segundo de la aseveración y fue a contar aquello a cuantos conocía como el niño heraldo al final de Camelot. Tanto así que ese comentario se llegó a conocer también en Arequipa por otras vías, hace años, sin saber que era una broma. Hasta que Manuel nos contó los detalles, yo también veía en esa foto del nadador atlético al autor de Los inocentes, de Luzbel, de En octubre no hay milagros. Y lo seguiré viendo así, a pesar del desvelamiento, porque quienes lo han leído o escuchado hemos tenido el júbilo de habernos acercado un poco a esa limpia moral de la piel que proponía, todos siempre un poco más inocentes.

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