La tarea más grave 

Profanaciones Martín Zuñiga

columnas

Hay un poema de Oquendo de Amat que termina diciendo “ante ti callan las rosas y la canción”. Se refiere a su madre. Cuando tenía 15 años lo leí por primera vez. Desde entonces tengo la certeza de que escribir un poema para mamá es una de las tareas más peligrosas, arduas y serias que se puedan realizar. No hay canción que pueda hablar ante lo que Ella, la madre, es. Intentos hay. Está por ejemplo Vallejo, que le dice como en una misiva que va por delante de él: “Madre, voy mañana a Santiago, a mojarme en tu bendición y en tu llanto”. Y ante el frío y el futuro, que lejos del hogar para cualquiera que haya sido niño, saben que valen lo mismo, César Abraham describe la escena: “Mi madre me ajusta el cuello del abrigo, no porque empieza a nevar, sino para que empiece a nevar”.

Salvatore Quasimodo, puntual como siempre, arguye que debe pasarle igual a todas las madres de los poetas: “Sé que no estás bien, que vives como todas la madres de los poetas, pobre y según la medida de amor por los hijos lejanos”. Como si todo ocurriera en lontananza. Con cierta amargura de destierro. Y como le decía Juan Gonzalo Rose a su hermana: “Para ti debo ser, pequeña hermana, el hombre malo que hace llorar a mamá”. Y en otro lado se disculpa: “mamá, no ha sido adrede”.

Pero sucede, más de lo que uno espera, que esa presencia de Ella esté constantemente al lado, casi al lado y detrás, casi en el oído, como para cuidar nuestro equilibrio. “Es como si cumpliera la amenaza de la madre sibilina al niño que estaba descubriéndose, curioso, en su imagen: ‘Tanto te miras en el espejo que algún día terminarás por no verte’”, pinta Watanabe, sobre esa gran Señora Coneja, y al despedirla proclama: “y no le prometas nada: le provocarás una frase sarcástica y lapidaria que, como siempre, te dejará hecho un idiota”.

No puedo no adherirme a estas imágenes. O a las que trae Elena Medel, cuando como en una clase de economía, Elena Medel comienza así una lección sobre la vida: “Mi madre me enseñó que la mejor forma de pasar por la vida era renunciando a la propiedad particular”. Tal vez la misma que describe Vicente Huidobro: “Mi madre hablaba como la aurora y como los dirigibles que van a caer. Tenía cabellos color de bandera y ojos llenos de navíos lejanos”. Por eso hay incluso cierta dulzura cuando Anne Sexton dice: “Madre, cada vez que le hablo a Dios tú te entrometes”.

Apuntaba Pessoa, que la vida o la tarde debe ser “suave, como tener madre y hermanas”. Aunque en algún momento, entre la niñez y el ataúd nos ha pasado sentir que: “mi madre es suave como un campo de maíz pero a veces se oscurece entonces me siento sobre una piedra para que me trague el sol”, lo cual afirma le pasaba a Dolores Etchecopar. Pero es preciso sonreír. “Decir que Marilyn Monroe no fue Mi Madre no es lo mismo que decir que Mi Madre no fue Marilyn Monroe”, y luego acota la diferencia en un poema Lizardo Cruzado, porque una se murió con pastillas y otra le dio a luz.

Dar a luz. Iluminar. Al salir al mundo solo se puede decir que “De la barriga de mi madre caí entre duras tunas, y destas espinas, me tiraron junto a un lecho de huesos”, en palabras del Toño Cisneros, y a su madre no le queda más que responder: “Es mi hijo el menor. El que tenga ojos de ver no tenga duda. Las pestañas aburridas, la boca de pejerrey, la mismita pelambre del erizo. No es bello, pero camina con suma dignidad y tiene catorce años”. “Después de todo qué es una madre si no dice estas cosas”,  cierra el círculo Victoria Guerrero. Pero casi nadie pone atención a lo que dice una madre, que declara bellezas como: “aquí me tienes como siempre dispuesta a la sorpresa de tus pasos” en versos de Blanca Varela.

No importa la edad que se tenga, a pesar de todo, pediremos siempre: “pretty mama, sálvalo del olvido, no permitas que se llueva la casa”, en un tono desesperado con la música de Satchmo de fondo en las tonadas de Julio Cortazar. Y si morimos, porque mamá siempre será eterna y estará siempre allí, tiene la misión que ya Lorca mencionó: “Madre, cuando yo me muera, que se enteren los señores. Pon telegramas azules que vayan del Sur al Norte”. Podría ser cursi como Neruda y cerrar esto citándolo: “Ay mamá, cómo pude vivir sin recordarte cada minuto mío? No es posible”, pero prefiero ser más claro, y si se me apura, valiente y declarar con Pasolini que: “Mis palabras de hijo dirán difícilmente algo a un corazón de mí tan diferente, pero sé con certeza sobre mamá que es insustituible. Por eso está condenada a la soledad la vida que me diste”.

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