La muy peruana vocación suicida

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Tenemos que estar a las puertas del abismo oscuro, profundo, escarpado; en la boca del hueco sin fondo donde deben aun resonar los gritos de las víctimas de los asesinos de siempre; tenemos que ponernos al borde de esa fosa clandestina para recién darnos cuenta que nuestra apatía, nuestro dejar hacer; y nuestro no hacer nada (“porque así son todos pues”), nos llevaron muy lejos, y ahora no sabemos si podemos salvarnos.

El Perú pasó, de ser “un país adolescente”, a desarrollar una obsesiva vocación suicida, a desbaratarlo todo cuando estábamos a punto de lograrlo. Cuando recién empezábamos a caminar por la senda democrática, a pesar de sendero; el dinamitazo asesino al sistema no lo puso el terrorismo sino el autócrata Fujimori, el dictadorzuelo; destruyó la democracia y corrompió absolutamente todas las instituciones. Y la mayoría, que fue enorme; lo aplaudió, lo siguió, lo idolatró.

Después del gobierno de transición de Valentín Paniagua, el único presidente decente del que tengo memoria; nuestra vocación suicida como sociedad empezó a desarrollarse a grandes trancos y jamás cerramos las puertas a la época de espanto que fue el fujimorismo. Fuimos indolentes al latrocinio, al saqueo de nuestro país, a la destrucción de nuestras instituciones democráticas; a la captura y corrupción de nuestra Policía y nuestras Fuerzas Armadas, al desamparo de todas nuestras víctimas; indolentes a la memoria de todos nuestros muertos.

Y así hemos seguido estos años, volvimos a poner en el poder, sin remordimiento alguno; a quien puso a Fujimori en el escenario político, porque lo necesitaba. A pesar de haber destruido la economía peruana a niveles que solo ocurrieron tras la derrota de la Guerra del Pacífico, Alan García volvió a apoltronarse en el sillón presidencial, y con eso institucionalizamos la impunidad a los más altos rangos del poder.

Al día de hoy el fujimorismo reciclado, más cínico, más corrupto, más peligroso está a punto de conseguir el poder absoluto y lo más lamentable es que algunos reaccionan haciéndose una pregunta de cliché: “qué estaremos pagando?”

¿Qué estaremos pagando?, pues estamos pagando el no ser un país inclusivo, el ser excluyentes, estamos pagando el convencimiento que fuera de Lima solo existe un Perú de ciudadanos de “segunda clase” y al que volvemos la mirada únicamente cuando, bajo su suelo, se encuentra la riqueza que pertenece a “todos los peruanos”, sobre todo a los de “primera clase”.

Estamos pagando la humillación de millones de peruanos viendo estupefactos cómo, mientras un grueso de la población continúa en la pobreza y padece hambre, el otro grueso no tiene mejor idea que celebrar “el día del pollo a la brasa”. Estamos pagando la indolencia, la falta de memoria, la estupidez supina de tirar al tacho un valioso documento, resumen de nuestra historia reciente, e incumplir cada una de las recomendaciones del informe final de la CVR. Estamos pagando la tergiversación y el absurdo convencimiento que el país es una marca, un mero producto que puede venderse al precio que fuere. Estamos pagando el desprecio a la cultura y el menosprecio por nosotros mismos; hemos dejado que los medios de comunicación nos convenzan que para sentirnos apreciados debemos ser blancos, jóvenes, vulgares e ignorantes y que cuestionar eso es “atentar contra la libertad”. Estamos pagando el habernos vuelto adictos a consumir todo el excremento que a diario nos dan las radios, los canales de tv y los periódicos, sin la más mínima mueca de asco. Estamos pagando el aceptar tanta miseria sin reacción alguna.

Estamos pagando el no haber tenido el coraje de desmontar la maquinaria mafiosa que articuló la dupla Fujimori-Montesinos durante 10 años en todo el aparato del Estado. Estamos pagando, por ejemplo, qué intereses subalternos digiten la justicia en el país, en casi todas las instancias, haciendo inoperante cualquier intento por combatir la corrupción. De otra manera no se explican la prescripción de casos emblemáticos, el archivamiento de procesos de escándalo, las sentencias benignas o la simple inacción de quienes deberían perseguir los verdaderos delitos contra la sociedad.

En el Perú la impunidad es la divisa de la justicia y es justamente el actual proceso electoral el que sirve como claro ejemplo de ello. Desde el inicio del mismo y en sus dos etapas el Jurado Nacional de Elecciones, JNE, se convirtió en juez y parte, y nos ha conducido de manera sistemática hasta este escenario. Sacó de carrera candidatos que entorpecían el camino del fujimorismo, y por las mismas y peores razones desestimó acusaciones contra la candidata Fujimori, no investigó los orígenes del financiamiento de la campaña fujimorista y ha permitido que se elija congresistas, en el fujimorismo, a investigados por lavados de activos. Ahora termina rematando su jornada con el mismo gesto de la candidata Fujimori, sin el mínimo rastro de vergüenza ante lo evidente; se descubrió que el director de cámaras del primer debate era el mismo personaje que filmaba los “vladivideos” para Montesinos, en la época del primer Fujimori, y se descubrió también que la productora de ese personaje producía el programa en TV donde se alteró un audio para desmentir una prueba que sirve para la investigación que la DEA sigue al financista y secretario general del fujimorismo, Joaquín Ramírez (la prueba fraudulenta la entrego José Chlimper, quien reemplazó a Ramírez). El JNE no ha dicho nada al respecto y para el segundo debate volvió a contratarlo y además a pagarle con dineros públicos.

¿Y al JNE no le va a pasar nada?, bueno, si gana Fujimori es evidente que no le va a pasar nada. Eso también estamos pagando.

Un país así puede obsesionarse por el suicidio. Pero si aun no lo ha hecho; si aun no ha materializado su obsesión, es porque todavía existen peruanos para quienes gobierno y narcotráfico son cosas que no van juntas. Todavía deben ser más los que consideren que  minería informal depredadora de la Amazonía y desarrollo no pueden sostenerse. Aun debe existir un mayoritario número de ciudadanos que consideren que es un error, y un horror, tomar como disculpa el tema de inseguridad ciudadana para hacer uso de reservistas paramilitares, cuyo verdadero fin sería intimidar a sus opositores, al mejor y potenciado estilo del grupo Colina.

Si aun no nos hemos suicidado como país es porque definitivamente hay una mayoría que comprende que tener como presidenta a una mentirosa compulsiva sería no solo una vergüenza, sino la repetición de todos los latrocinios, las matanzas, las fugas y el desprecio a los peruanos que ya vivimos  en el más espantoso capítulo de nuestra historia. Si no lo hemos hecho aun es porque desde el borde de este abismo en el que hoy estamos parados aun se escucha el eco del espanto, de peruanos y peruanas que no tenían vocación suicida, que amaban la vida y a pesar de ello, se la negaron.

Esa es la más importante deuda que debemos pagar; y esa deuda se salda reconstruyendo el país, fundando una verdadera República, recuperando y fortaleciendo las instituciones de la Democracia y tomando la decisión de cerrar definitivamente el paso  a una mafia que destruirá el Estado, llenará las calles de su ostentación, seguirá repartiendo sus miserias, multiplicará la vulgaridad donde pueda vérsela, oírsela, leérsela; el dinero fácil y sucio terminará enfrentando poderes mafiosos locales y cuando queramos preguntarnos, “como llegamos a todo esto?” será demasiado tarde. Pero somos más y el domingo solo podemos impedirlo votando por el Perú; no por el suicidio del Perú.

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