A propósito de las agendas de Nadine

Columna de humo Jimmy Marroquín

 

Estos días se ha hecho parte de una contrariada rutina leer a muchos fujitrolls acusar de corruptos a todos quienes se oponen a la corporación fujimorista; enarbolan un discurso de moralidad (formulado rudimentariamente, el seso no les da para mucho), que les va groseramente mal, porque exacerba su falsedad e hipocresía, Y es que, muchas veces, la ignorancia no es desconocimiento, sino imbecilidad. En las agendas de Nadine figuran anotaciones de índole variada (¿para qué sirve una agenda si no?), cosas como rutinas domésticas, recuerdos de citas, cifras de dinero de gastos (menores y mayores), garabatos, naderías, y así. Se ha planteado, como tesis de investigación fiscal, que algunas cifras que consignan estas agendas (que, no debe olvidarse, fueron robadas), por su envergadura, podrían provenir de una fuente ajena a la propietaria de la agenda. Y que esa fuente sería ilegal. Presunciones que requieren de rigurosa probanza, por lo demás. La mayoría de partidos políticos que infestan la política peruana no consignan su financiamiento o lo hacen mañosamente (hay uno naranja que lo hace con cócteles de miles de dolares, de anónimos bebedores). El asunto con las agendas de Nadine es que podrían consignar un probable apoyo del gobierno de Chávez (en ellas se indicaría, por ejemplo, el apoyo de ese régimen a las víctimas del terremoto de Ica, cosa que, curiosamente, fue muy elogiada en su momento). Y allí empieza la leyenda negra. Que se sepa, la voluntad de apoyo a un partido no se criminaliza (sino los señores del cóctel naranja tendrían que estar en cana). Si una empresa o el gobierno de Chávez donó dinero a la campaña de Humala, es problema del donante (pero basta con que sea de Chávez para que algunos babuinos oigan nombrar al diablo). Lo que sería materia de investigación es que ese dinero provenga de una actividad ilícita (como el narcotráfico, del que mucho tendrá que explicar un tal Joaquín Ramírez, secretario general de un partido cuya vocación es la de ser perdedor compulsivo de elecciones, y que contribuyó a la causa naranja con bienes y millones de verdes). Eso es lo que se conoce como lavado de activos. Resta decir que las presunciones fiscales sobre las agendas de Nadine están en proceso de investigación, y corresponderá a un juez decidir, finalmente, si hay mérito para que su propietaria responda ante los tribunales. O no. A Verónika se le atribuye haber hecho alguna anotación en esas agendas (que para muchos monoreuronales parece ser una chistera de la que salen, infinitamente, no conejos, sino verduguillos y ganzúas); y que esa anotación denota su conducta criminal. Imputación risible, sino fuera porque la repite, y repite, hasta el hastío, un coro siempre servicial de idiotas. (Nadine me parece una aventurera deslumbrada por el poder y la frivolidad. Un fraude, acaso traición, a la expectativa de la gente que votó por lo que encarnaba, falsamente y en su momento, ella y su opaco e irresoluto marido).

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