Testigo presencial en la rebelión de 1950

Columnista invitado Edgar Cáceres Escobar

 

Las personas que nunca se preocupan por sus

Antepasados,

Jamás mirarán hacia la posteridad

Edmund Burke

El lunes 12 de junio de 1950 amaneció como cualquier otro día en Arequipa. Hacía un poco de frío cuando llegué al colegio San Francisco pocos minutos antes de las ocho de la mañana. Las clases de 4° de primaria con un solo profesor se sucedieron una tras otra; sin embargo, antes que acabara la clase de 3 a 4, sonó la campana indicando que debíamos salir y formar en el patio. A los 10 años uno ya tiene la habilidad para imaginar que algo fuera de lo común estaba sucediendo o por suceder, pero ¡qué!

Ya formados, por el altoparlante nos dijeron que teníamos que dirigirnos a nuestras casas sin detenernos en ningún otro sitio; que evitáramos aglomeraciones porque había manifestantes en las calles. Las clases quedaban suspendidas.

Mi camino obligado era llegar a la Plaza de Armas, cruzarla en diagonal y entrar a Puente Bolognesi donde vivía. Faltando una cuadra para llegar a la Plaza, por la calle Mercaderes, bajaban los manifestantes del Colegio de La Independencia, dando gritos y cargando una camilla con uno de los suyos herido o muerto, tenía la cabeza amarrada con un pañuelo blanco ensangrentado, no pude evitar el tumulto y fui arrastrado hasta el medio de la Plaza. Los que cargaban la camilla siguieron por San Agustín pero otros treparon a las torres de La Catedral a tocar las campanas. Aparecieron policías con cascos y sables persiguiendo a los estudiantes, y también se treparon a las torres de la Catedral; los chicos corrían de un lado a otro, y uno de ellos para que no lo cojan, se deslizó por una columna de la fachada hasta más o menos la mitad. Ahora sí estaba atrapado, no podía subir ni bajar; pero unos hombres apoyaron un poste que no sé de dónde sacaron, y el chico terminó de bajar; la gente aplaudía y gritaba; esto encolerizó a los policías y empezaron a atacar usando sus sables y disparando. Corrí hacia la esquina de Puente Bolognesi, pero tuve que detenerme. Sentado en una banca de la Plaza estaba el tío Pancho, primo hermano de mi mamá. Era un señor de más de 80 años, apoyando sus manos en el bastón como si fuera una tarde de lo más tranquila.

PUEDES VER:  Santiago Manuín

¡Tío Pancho! ¡Vamos que nos pueden caer las balas!, le dije, lo cogí de la mano, lo ayudé a pararse y acompañé hasta su casa en la primera cuadra de la calle La Merced; luego corrí hacia la mía.

Lo primero que hice al llegar a casa, fue salir al balcón. En la esquina donde quedaba el Hotel Sucre, un camión con soldados quedó atascado por las barricadas de adoquines que levantaron los manifestantes; el camión fue asaltado, a los soldados les quitaron armas, municiones y cascos, llevándoselos prisioneros por la calle Sucre. En todas las casas empezaron a flamear banderas peruanas, era un símbolo de protesta contra los abusos de la dictadura. Con mi hermano Julio corrimos a sacar la bandera para izarla, nos sentíamos parte de la revolución.

Casi al finalizar la tarde, pasó frente a mi casa con dirección a la Plaza de Armas, un gran grupo de manifestantes, coreando ¡revolución!, ¡revolución! Al frente del grupo iba uno de ellos, tenía el fusil al ristre y con ambas manos, levantaba y hacía sonar una caja grande de municiones de color verde militar; ¡era mi hermano Ernesto! Por unos segundos nos quedamos mudos, y luego mi mamá y mis hermanas lo llamaron a voces, pero el ruido era tal que no escuchó y siguió su marcha; no lo volveríamos a ver sino después de cuatro días. Esa misma noche empezaron las balas de fusiles y ametralladoras, no había electricidad y todo estaba a oscuras. Nadie podía dormir, todos los lugares donde se desarrollaba la acción, estaban situados a menos de 300 metros de mi casa, La Plaza de Armas, La Municipalidad, La Universidad de San Agustín, La Oficina de Correos, La Estación  de  Bomberos,  y  en  todas  las  calles  aledañas  había  barricadas  con  hombres armados.

Al día siguiente ya no había qué comer porque nadie podía salir a la calle. Un par de conservas que había por allí, alcanzó para todos. Al tercer día pasaron aviones de guerra en vuelo rasante con el evidente propósito de lograr la rendición, soltando algunas bombas en el campo, sabiendo que las explosiones se oirían en toda la ciudad. Esa noche del tercer día, en la madrugada del cuarto, sentimos el silbido característico que usábamos entre nosotros y también unos golpes débiles en la puerta de calle. Mi papá, adivinando que era mi hermano Ernesto, abrió la puerta y lo hizo entrar; tenía el fusil ya sin municiones, la cara y la ropa ennegrecidas por la pólvora; se había escurrido por las calles de la ciudad completamente a oscuras y ya patrulladas por el ejército hasta llegar a la casa. Mi papá desarmó el fusil, lo metió en una bolsa y días después lo enterró en el jardín de la casa de la tía Rosa hermana de mi mamá.

PUEDES VER:  “Porque lo ofrecí en campaña”

El cuarto día en la mañana, tocaron la puerta de la calle, era un oficial con varios soldados, mi hermano Pepe abrió la puerta y fue encañonado por los soldados que tenían la bayoneta calada, querían entrar para buscar a  un francotirador que según ellos estaba disparando desde nuestro techo. Mi papá, que ya estaba retirado del ejército, conservaba su uniforme, y ya lo tenía puesto, porque planeaba salir a la calle a conseguir algo de comida. Se asomó a la puerta y le dijo al oficial que en su casa no había ningún rebelde. El oficial que resultó ser el Mayor Montes de Oca, reconoció a mi padre y se disculpó, pero también solicitó, esta vez educadamente, que le permita usar nuestro techo para hacer subir algunos soldados, porque había tiradores en los techos aledaños. Mi papá concedió el permiso, y entraron ocho soldados, olían a pólvora y sudor. El oficial impartió órdenes y se marchó. Cuando regresó Montes de Oca a ver a sus soldados, mi papá habló con él para solicitarle me lleven a la casa de una tía en busca de comida, el oficial accedió. Los soldados nos dijeron ¡Manos nuca!, así, mi mamá y yo fuimos escoltados dos cuadras hasta la casa de la tía en Cruz Verde. Esa tarde se levantó parcialmente el estado de sitio para que la gente pudiese comprar comida, poco a poco se fue normalizando la vida de siempre. En la casa quedaron huellas de las balas que entraron rebotando en techos y paredes, dos de las cuales agujerearon el asta y la bandera que habíamos puesto; hoy esa reliquia está en mi poder.

Tal vez debí empezar mi relato identificando las causas de esta rebelión. De tiempo en tiempo los alumnos del Colegio Nacional de La Independencia se declaraban en huelga, por eso es que a nadie le llamó la atención que lo hicieran una vez más. El error fue que las autoridades del gobierno dictatorial de Odría, enviaran no solamente a la policía, sino a la tropa a desalojar a los huelguistas. Los muchachos empezaron a tirar piedras a los soldados, y éstos siguiendo órdenes respondieron con balas, produciendo varios heridos, y decían que hasta un muerto entre los estudiantes. Esto encolerizó al pueblo, desbordó la rabia contenida por la falta de libertades que se sufría bajo un gobierno dictatorial. El pueblo se lanzó a las calles, las campanas de las iglesias tocaron haciendo el tradicional llamado al pueblo. Gentes de  toda  condición social,  jóvenes  y adultas se  volcaron a  la  Plaza  de  Armas apoyando a los escolares. Al día siguiente, en la Municipalidad se formó una junta de notables presidida por Don Francisco Mostajo. En la noche del miércoles 14, la tropa empezó a atacar por todas las calles del centro de la ciudad. Don Francisco Mostajo decidió enviar una delegación para parlamentar con el jefe del ejército acuartelado en la Oficina de Correos. Las luces de la Plaza de Armas estaban apagadas, la obscuridad era total. Salieron a parlamentar Arturo Villegas, Carlos Bellido, Arnoldo Guillén y Javier Belaúnde portando bandera blanca. Cuando estaban cruzando la Plaza, sonó un disparo que alcanzó a Bellido, Villegas trató de levantarlo y también un disparo lo hirió de muerte. Guillén y Belaúnde retiraron a ambos hacia la Municipalidad donde Bellido murió. Arnoldo y Javier se ofrecieron valientemente de voluntarios para nuevamente  llegar  a  parlamentar  con  el  jefe  del  ejército.  Se  pactó  desalojar  la Municipalidad y dispersar a los francotiradores que estaban parapetados en los techos, pero éstos resistieron hasta que se les acabó las municiones. Nunca se supo oficialmente el número de muertos, esas son las cosas que los dictadores siempre minimizan y ocultan.

PUEDES VER:  “Porque lo ofrecí en campaña”

Hace algún tiempo fui a ver la placa que estaba en la esquina de la Plaza de Armas con Ejercicios, colocada para rendir homenaje a todos los caídos en la revolución; entre ellos  Arturo Villegas y Carlos Bellido. Ambos amigos de mi hermano Ernesto.

En toda la gente, quedó un sentimiento de cólera y resentimiento con la dictadura; y si sirvió para algo este desfogue popular, fue para desear la vuelta a la democracia y no depender de la voluntad de un dictador.

 

2 respuestas a “Testigo presencial en la rebelión de 1950”

  1. Avatar Reynaldo Ballon Medina dice:

    Muy buen relato que no lo conocía Yo estudiaba en el Colegio San Francisco de Asís de la calle Jerusalen , me toco la mala suerte de estudiar con 3 hijos de militares a los cuales los eliminamos de nuestra aula eran los hijos de MEZA CUADRA de helfer y de Montes de Oca, que siempre eran matones y tuvimos que «pelear» en los recreos y en selva Alegre, aunque los derrotamos el Director del Colegio Odilon Abarca nos castigaba
    Cuando relata que habían francotiradores uno de ellos era mi hermano que utilizo una ametralladora , pudo escapar hasta Bolivia
    Ahora solo nos toca acusar a esos asesinos del pueblo de Arequipa,de 1950 ya están muertos pero hay que castigarles sancionándolos civicamente

  2. Avatar Edgar Cáceres Escobar dice:

    Estimado Reynaldo, tengo que pedirte disculpas porque recién leo tu comentario. Eres mi compañero de colegio, y como tal, hemos tenido similares experiencias como niños y adolescentes de la nefasta época de la dictadura de Odría. Jamás olvidaré lo sucedido, y por eso deseo también que la juventud actual y las generaciones venideras sepan cómo el pueblo de Arequipa, sin distinción de clase, ni edad hizo sentir la indignación que caracteriza a los pueblos altivos que no permiten que nadie abuse de ellos. Esa rebelión sentó las bases para que más tarde regrese la democracia a nuestro país. Cuando recuerdo esos acontecimientos siento un orgullo grande de ser arequipeño.
    Un abrazo,
    Edgar

Deja una respuesta

SUSCRÍBETE A NUESTRO NEWSLETTER

SUSCRIBIRSE