Ciudad inteligente

La columna Mabel Cáceres Calderón

 

La onda mundial de las smart cities ha llegado a Arequipa, aunque no es seguro que haya arribado también el espíritu que las inspira: inclusión, eficiencia y transparencia.

La primera idea cuando nos hablan de aspirar a una ciudad inteligente, es suponer que el primer requisito es que los ciudadanos que la conforman también lo sean. Algo que, sin distingo de clases sociales o nivel educativo    -vistas las estadísticas de violencia y corrupción- en el Perú es todavía un lejano ideal.

La desesperanza cunde si pensamos que quienes tienen a su cargo la gestión de una ciudad inteligente son las autoridades municipales -se supone- apoyadas por un equipo de gestión eficiente y transparente.

Pero aún nos queda la posibilidad de aportar al objetivo -desde la ciudadanía- en una inteligente decisión que podemos adoptar a propósito de la celebración que nos rodea. Homenajear al terruño delegando los logros a la historia (en teoría, gloriosa) o a la gestión presente (de la que por costumbre despotricamos), no es precisamente un síntoma de claridad mental.

Como no es inteligente observar, sin intervenir, el deterioro de nuestra calidad de vida por el desorden y la contaminación; llenarnos de malls para cultivar la cultura del consumo; contribuir al caos sin respetar las normas para peatones; no comprender el valor del patrimonio arquitectónico, destruyéndolo.

Ni es inteligente mantener prejuicios surgidos de la ignorancia, acerca de las olas migratorias altiplánicas, que no provienen de los años 70´s a los 90´s , sino de épocas preincas. Menos aún lo es no comprender que el mestizaje que define la arequipeñeidad tiene un componente hispano y un componente andino, necesariamente originado en las milenarias culturas andinas que alcanzaron este valle, en cierto momento.

La discriminación que aún afea el espíritu de nuestra Arequipa es de las cosas menos inteligentes que podemos hacer, así como mantener cierta tolerancia con la corrupción y la ineptitud en los gobiernos locales. La indiferencia, en este caso, no solo es indolente, sino torpe por los evidentes efectos en nuestro propio bienestar.

Naturalmente, los ciudadanos inteligentes que harán de la cuatricentenaria Arequipa una Smart City , serán personas auténticamente preocupadas por mejorar la educación pública, fuente de cualquier tipo de inteligencia, una educación inclusiva y humanista, que no le rinda culto al poder del dinero y que esté libre de los dogmas religiosos, como ocurre todavía. Entonces sí diremos con convicción: feliz día, bella e inteligente Arequipa.

 

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