Los Emprendedores

Gárgola sin pedestal Alejandro Lira Landa

los emprendedores

“La vida nos engaña mucho; pero un día nos hace ver las cosas como son”, dice una vieja copla; no se refiere al acto sobrenatural donde los misterios, —súbitamente—,  se exponen a la luz de una revelación mística. No. Se refiere a lo que siempre ha estado en su sitio, al alcance de la mano y del resto de los sentidos, pero nunca hemos querido ver ni percibir nada anormal.

O sea, que si al frente tenemos a una persona empapelada de títulos y certificados, con autoría de libros y otras obras que lo facultan para aspirar a la más alta servidumbre del Estado y que a pesar de ser una celebridad documentaria, balbucea y no puede articular dos párrafos seguidos de una simple oratoria y que en su auxilio llega la oportuna interrupción de una portátil que lo alienta cada cinco minutos: “Fu-la-no Pre-si-den-te…  Fu-la-no Pre-si-den-te…”, si eso pasa, no es pues que el personaje sufra un brote de afasia, sino que estamos frente a un acto de suplantación dolosa, donde no coinciden el papel con el empapelado. Estoy hablando pues de un señor llamado puntualmente “Plata como cancha”, aunque fuera de la puntuación, puede lleva cualquier otro apelativo, apellido, rasgo étnico y cargo; pero toda esta polivalencia encaja en un único sustantivo: Emprendedor.

Son pues emprendedores los hombres y mujeres que arrancan y no paran hasta “triunfar”; y que en este arrancar y no parar han acumulado dinero, cargos y posición para poder comprar y hacer cosas que el vulgo no puede: tener cosas, tener casas/instituciones, tener carros y tener gente.

Tenemos al frente  a la hija de un emprendedor que se pasó de emprendedor y ahora está aprehendido; pero igual tiene cosas/congreso, tiene casas/partido, tiene carros y tiene gente; y entre las cosas que tiene, tiene lo que pocos peruanos y no muchos estadounidenses pueden tener, titulación universitaria en los Estados Unidos.

Llega el momento de la amarga derrota y la emprendida hija del antiguo emprendedor aprehendido, luego de caletear durante un buen tiempo en sus propios laberintos, aparece en la tribuna de la opinión pública; parada tras de un podio; y tras de ella su gente; y tras de su boca le sale un discurso escrito por otro, para decir cuatro simplezas que las puede decir de memoria cualquier estudiante primarioso sin mayor esfuerzo.

Y esta luminaria casi iba a ser la primera servidora pública.

Tenemos al frente una pareja de emprendedores; de esos que no son gentita blanca sino mestizos con plata y con plata uno se vuelve hasta blanquito y entonces puedes tener y comprar gente, perdón, jueces y abogados y como decían los viejos clásicos de la literatura rusa, mira bien tu aldea, retrátala al detalle y estarás retratando al mundo en toda su magnitud. O sea, no hay que ser afgano, libio, o senegalés para acabar trabajando de esclavo y con los documentos de identidad confiscados en Arabia Saudita, sino solo ser joven pobre, cuzqueño o puneño, para acaba en lo mismo trabajando de esclavo en un miserable chifa de un par de emprendedores en Arequipa.

O sea, no hay que irse tan lejos, digo hasta Sudáfrica, para ver como los negros del Congreso Nacional Africano, (del extinto Mandela) en vez de socializar y distribuir la riqueza nacional entre toda la población negra, replican las viejas taras de expolio y ostentación de las antiguas minorías blancas, para su propio beneficio y disfrute.  Para ello solo basta asomarse, en medio de la jactancia y aspavientos de quienes abren y aseguran el paso, para que entren  los quechuas, aimaras y demás mestizos judiciales al exclusivo club que los antiguos industriales textiles ingleses construyeron para sentirse en Arequipa, —aunque lejos de la lejana Albión—, un poco en casa, entre los suyos y con los indios fuera de su vista.

En esto ha acabado el sueño del capitalismo chicha peruano; un empedrado de emprendedores; se levanta una piedra y salta un doctor bamba, se mueve otra y sale un funcionario corrupto; otra más, y aparece una red de lavanderos de dinero opaco; y detrás de esos empresarios emergentes que levantan el país desde abajo, saltan como piedras un chaufa de fraudes contables y prácticas laborales esclavistas muy de moda en el siglo XIX, en los años previos al gobierno de Ramón Castilla, cuando los antiguos, —como se ve— en verdad eran más modernos  y emprendedores que ahora.

 

 

 

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