Refundar el amor

Profanaciones Martín Zuñiga

¿De qué hablamos cuando hablamos de amor?, es el título de un formidable cuento del estadounidense Raymond Carver, pero también es una pregunta pertinente cuando nos ponemos a pensar en las relaciones que establecemos dentro de la sociedad en que vivimos, con las personas que compartimos día a día nuestra vida, sean nuestra familia, amigos, enamorados, amantes, esposos, novios, compañeros de trabajo, el chofer de la combi, el locutor de la radio: todas esas relaciones que día a día tejemos y que son un reflejo de la forma cómo vemos el mundo, de lo que somos y de aquello que queremos llegar a ser.

Esas relaciones las construye cada quien a su manera, sobre la base de las experiencias y los conocimientos personales, de lo que vivimos cuando chicos, las cosas que nos gustan, aquello que anhelamos hacer, pero también con aquello que odiamos, lo que nos da asco, miedo o vergüenza; en fin, con todo el cúmulo que define nuestra identidad.

Vamos a llamar amor a todas esas relaciones. Es más, con mayor exactitud, llamaremos amor a la forma que tienen esas relaciones. Y se le puede poner muchos adjetivos: amor fraternal, paternal, patriótico, amor propio, amor divino, etc. Pero, finalmente, todos son amor: las relaciones que establecemos con nosotros y con los otros.

¿Quién enseña a amar? Esto es algo que vamos aprendiendo en la vida diaria: en lo que vemos en la televisión, en nuestra familia, en los libros y revistas, con los amigos del barrio o del colegio; es un aprendizaje constante que va cambiando conforme nosotros mismos cambiamos: una madre, solo hasta que realmente lo vive, no conoce el amor maternal; claro, tiene una idea, pero el sentimiento y la noción plena de ese amor solo lo conoce cuando lo experimenta.

Y de todas estas formas de amor, una de las relaciones que quizá nos marcan más es la relación de pareja. Hoy en día, es común escuchar, por ejemplo, hablar de celos y control como algo que es necesariamente parte de estas relaciones (“te celo porque te amo”); o que el amar a alguien lo vuelve tu propiedad (“mi chica, mi novio”); o que el amor verdadero perdona todo, todo lo sufre, todo lo soporta, porque amar tiene que costar, tiene que doler. Y justifican muchas veces estas ideas apoyándose en la tradición o en que es la práctica normal y común.

De estas y otras ideas nacen actos atroces. Como por ejemplo, ya que mi pareja es de mi propiedad, puedo hacer con ella lo que me venga en gana. Y por ende, se da el maltrato, la humillación, la violencia física, incluso se llega al asesinato. Y como el amor todo lo perdona, se convierte en un círculo vicioso de violencia.

Esta violencia siempre recae sobre la persona que está en mayor riesgo, sobre todo en una sociedad machista como la nuestra, es decir, la mujer en las parejas heterosexuales; y no es algo que nazca de la nada, es más bien culpa del modelo de sociedad en que estamos inmersos y de cómo va reproduciendo por diferentes medios dichas formas de pensar y actuar.

Para cambiar esto hay que cambiar lo que pensamos del amor. De martinTambién hay que abolir ideas, mitos y prácticas como los celos (no, no es algo natural); el control (nadie te pertenece); que el amor es para siempre (nada es eterno, todo es un continuo construir y empezar); que uno se enamora una sola vez en la vida; que las personas cambian por amor (las personas cambian porque aprenden); que la finalidad de toda persona es encontrar su media naranja; que debemos entregar toda nuestra intimidad y libertad al ser amado; que debemos volver a la pareja el centro de nuestro universo personal; que alguien tiene que llevar los pantalones en la relación; que el amor te lleva a la locura; que hay una sola forma de emparejarse; en fin, una lista tan larga de supuestos que todo lo que hacen es convertir a una relación amorosa en manipulación, conveniencia, violencia y falsas ilusiones.

Hacerse responsable de uno mismo es también hacerse responsable de la forma en que queremos vivir en el mundo. Es ser consciente de cada decisión que tomemos. Cambiar para mejor nuestra forma de amar, nos cambiará a nosotros y a la sociedad en la que vivimos. Pero así como Roma no se hizo en un día, refundar el amor tardará, pero se logrará al final.

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