Usain Bolt y el terror

Columnista invitado El Búho

Por Aníbal  Malvar

El domingo por la noche, en Juan-Les-Pins, un petardo hirió a 45 personas. Al parecer no era un petardo demasiado grande, ni demasiado sonoro, y ni siquiera provocó deflagraciones en refinerías petrolíferas, discos duros de partidos o centrales nucleares. Más bien al contrario. Era un modesto petardo lanzado en la noche del 15 de agosto, noche muy propicia para lanzar petardos. Un modesto petardo de feria que murió inmediatamente en la calle, sin oponer más que un poco de ruido y otro poco de olor a pólvora, si es que los petardos de ahora aun huelen a pólvora, que me parece que no.

El caso es que el petardito, quizás detonado por cualquier tierno infante, provocó el terror y el caos en las calles de Juan-Les-Pins, un pijísimo pueblillo (o ya barrio) occitano de la Costa Azul donde veranean muy a menudo (incluso cuando no es verano) los ricos de las revistas. Al oír la detonación, el gentío salió en estampida bufalera pisoteándose los unos a los otros. Todo por culpa de un simple petardo de esos que venden ahora en las ferias, que ni siquiera llevan dentro pólvora. Y ya se ha dicho arriba que el suceso se saldó con 45 heridos.

Esa misma noche, corría los 100 metros olímpicos Usain Bolt, que volvía a ganar el oro. Tardó 9,81 segundos. Cuando salió, miles de viajeros observaban en los centenares de pantallas que hay por el aeropuerto JFK de Nueva York el curso de la carrera. Antes de que llegara, una horda de desesperados empezó a gritar y a correr por el aeropuerto, atropellando a quien se pusiera por delante; un montón de viajeros descolgaron sus móviles para advertir del estado de pánico y denunciar que habían escuchado varios disparos antes de los gritos; al poco (Bolt ya había llegado, pero aun no había recogido la medalla), la policía invadió el JFK armada con fusiles de asalto y máscaras de Darth Wader, obligando a la gente decente a arrojarse por los suelos y taparse las cabezas; poco después se cerraban dos terminales del aeropuerto y se cancelaban centenares de vuelos vacacionales, negándole la soledad dominical a más de un/una rodríguez.

Horas después, a pesar de las reticencias de las autoridades norteamericanas para informar si hubo heridos o no, se confirmó que el ataque de pánico había sido provocado por el pistoletazo de salida de la carrera de Bolt, repetido por los cientos de pantallas que adornan el JFK, y por los gritos de ánimo de los telespectadores confundidos con alaridos de terror (supongo que Obama ya habrá ordenado detener a todos los jamaicanos del mundo, por si acaso).

Lo que se vive hoy en Europa o Estados Unidos lleva décadas experimentándose en otros lugares del mundo, con la diferencia de que allí los petardos no son petardos y cuando se oye una pistola y corre un negro no suele ganar el oro el negro (el plomo, quizá).

Lo que llamamos mundo civilizado lleva siglos exportando terror. Hoy mismo, Francia o EEUU están bombardeando alegremente lugares muy remotos,  donde su industria armamentística se hace de oro a costa de niños muertos en hospitales de Médicos sin Fronteras (Yemen, ayer, bombardeo saudí, nuestros aliados: 14 muertos). En esas ciudades remotas, se vive todos los días ese miedo en los mercados, en las iglesias, en las fuentes, en las cunas. Desde hace tanto tiempo, que ya acumulan tanto miedo que pueden exportar terror por encima del Trópico de Cáncer a manos llenas. Estamos aprendiendo antes a tener miedo que a no darlo, y yo creo que ese es un defecto muy difícil de corregir. Disculpad el pesimismo, pero a veces sucede que se hace demasiado tarde.

 

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