Sismo espiritual en el Colca

Ocurrió en plena fiesta y las celebraciones continuaron. Solo con la luz del sol, en pleno 15 de agosto, Arequipa y el Perú entero se dieron cuenta del grado de destrucción que causó el terremoto del día anterior en tres pequeños poblados del Colca. Ichupampa, ese nombre desolador, fue evocado al día siguiente, en medio de los escombros de más de media ciudad destruida. Como se narra en esta crónica, eso sólo significó un respiro en la celebración de la vida, motivo de fiesta continua en el mundo andino. Estas son las imágenes del dolor, pero también de cómo los Collaguas y Cabanas seguirán danzando, de acuerdo a su tradición.

La Revista Avatar

terremoto-colcaLa comparsa de toreros terminaba de rodillas su oración. El atrio de la iglesia de Chivay se erigía soberbio,  abrigado por los brazos viriles del Apu Mismi. Al lado izquierdo del altar mayor la mamacha Asunta  escuchaba a todos, a cada uno. Lamento, pedido o agradecimiento, sus pestañas arqueadas disimulaban  apenas las centellas. El Altar-velay (serenata) se anunciaba hermoso, un castillo de carrizo y pólvora  competía en altura con los campanarios.

Los Turkos habían pasado minutos antes dejando por toda la plaza estelas de historia, de cerones y  borricos, de bidones y triciclos, cientos de litros de ponche ofrecidos al vecino del barrio, al turista gringo,  al viajero de fin de semana, al paisano del otro lado del río. Los cerros de ccapo, impacientes de crepitar,  cateaban a las yaretas que se reservaron el protagonismo de la fogata principal. Los arcos mil veces  construidos, tenían esta vez “un no sé qué” de original y audaz. Los altares ya no eran barrocos, eran  re-locos, simplemente. Las tubas dialogaban a diez cuadras de distancia, los cuatro puntos cardinales  merecían su pedazo de jolgorio.

En el alma del Colqueño, el 15 de agosto, además de la fiesta de la Virgen de la Asunción, es la epifanía de la  madre-tierra. Es la gratitud del hombre andino por la bondad de la Pachamama…

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