Curiosa mancomunidad

La columna Mabel Cáceres Calderón

Desde que el Perú colonial se atomizó, por obra de los caudillos regionales, es un territorio fragmentado, inconexo y excluyente con el llamado “Perú profundo”.

La idea de formar regiones transversales, con geografía y economías diversas y complementarias, apuntaba a la conformación de grandes bloques territoriales con recursos variados, y por ello sólidos económica y políticamente. En esa medida, capaces de competir entre sí en condiciones equilibradas; y además, empoderadas para generar un efecto centrífugo sobre la elefantiásica capital.

La ansiada descentralización sólo es posible si se crean poderes equivalentes fuera del centro; o, lo que es lo mismo, polos de desarrollo dispersos en el territorio, con el suficiente potencial para equilibrar la fuerza centrípeta que tiende a concentrarlo todo, absorbiendo los recursos y la energía, la gente y todo lo mejor del resto del Perú, para devolverle luego, solo indiferencia.

Al cabo de casi 200 años, esa lógica elemental que países que nos adelantan en casi todos los aspectos han asimilado y la han integrado en su dinámica social y económica, sigue siendo una de nuestras carencias básicas. Otra más de nuestras taras, como el ancestral desprecio por la raza originaria de nuestra tierra, tan difícil de unir en su inmensa diversidad, como sí han conseguido hacer otras naciones de similares características, la India, por ejemplo.

Esa falta de lógica permite hasta hoy el racismo y el centralismo, dos males tan antiguos como la República, prácticamente  intactos a través de estos dos accidentados siglos; y que han generado una miopía colectiva que posibilita que el destino nacional se juegue al azar, en simbólicos “palos de ciego” propinados con efectos destructivos por los mandatarios de turno.

Así pues, la pelea protagonizada por 3 regiones del Sur en torno a la distribución del agua de la cuenca del Tambo, resultaría anecdótica, si no fuera triste e irracional. La incapacidad de trazar un norte de bienestar común es acaso una de nuestras características como nación inacabada.

Es verdad que hay una hipersensibilidad por el tema de agua, en tiempos en que se vive el cambio climático y el gobierno central da permanentes muestras de indolencia con las necesidades vitales de poblaciones olvidadas hace mucho.

Esa indiferencia, la falta de información, de transparencia, y el poco valor de la palabra, explican la actitud belicosa de los opositores a una represa, pero no la justifican. La mezquindad suele ser la madre de la pobreza y eso pareciera describirnos como país.

No solo la disputa por la presa de Paltuture, también la pelea por la ubicación de una aún quimérica planta petroquímica, el trazo del gasoducto, el canon minero, el proyecto Majes, y cuanto proyecto se plantea para el Sur, es boicoteado por las propias poblaciones, en el afán de conseguir tajadas más anchas para sí.

Los propios socios de un proyecto común de desarrollo, atentan contra los esfuerzos o las necesidades que la región vecina está gestionando con tanto esfuerzo y en contra del centralismo, el verdadero enemigo en toda esta historia.

¿Será ésta su idea de Mancomunidad del Sur?

 

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