Desastre, cámara… ¡grabando!

Neurona Dignidad Andrea Quevedo Vibert

 

El Perú, como es sabido por todos, viene sufriendo las consecuencias del Fenómeno del Niño Costero y cada reporte periodístico ha evidenciado una actitud que se presenta con más frecuencia cuando sucede una tragedia o una emergencia: los ciudadanos presentes en el lugar de los hechos, en este caso, un peligroso huaico, el desborde de un río o la caída de un puente, no corren por su vida y tampoco estiran la mano para ayudar. Lo que hacen es tomar el celular y empezar a grabar. En muchos casos no sería pertinente “meterse” si es que no se es especialista, pero en otros casos, la presencia de tanto curioso grabando, incluso interfiere en la labor de quiénes sí tendrían que estar ahí para colaborar o resolver la situación.

¿Qué nos lleva a “desconectarnos” de la realidad en tiempo real, valga la redundancia, y convertirnos en reporteros fortuitos durante un incidente que incluso podría cobrarnos la vida?

Psicólogos y psicoterapeutas tienen diversas versiones para explicar tal comportamiento.

Por ejemplo, el simple hecho de que todos reaccionamos de diferente forma. Antes, si se sentía peligro, la primera reacción era correr y ponerse a salvo. Ahora, en vista del auge de las redes sociales, la sensación entre los jóvenes es que la vida transcurre a través de una pantalla y nos convertimos en una especie de actores pasivos de nuestra propia existencia. En meros observadores. Vivimos mirando, como cuando se ve una película y se siente a través de lo que sienten los protagonistas. Ya no se escapa, ya no se huye del peligro, se le mira de lejos y se le registra para evidenciar que se estuvo ahí. Luego, se visualiza y se comparte la experiencia, a través del vídeo o la foto. Auto – voyeurismo si cabe el término.

También a la importancia que tienen las redes sociales hoy en día, responde la obsesión por “tener la exclusiva”. Cualquier dispositivo digital tiene una cámara de mayor o menor calidad y eso le da la oportunidad a cualquier hijo de vecino de convertirse en el Peter Parker del momento para obtener la mejor foto o grabación de su Hombre Araña, aunque éste pueda convertirse en segundos, en un temible Venom. La adicción por el “like” y los comentarios. Los cinco minutos de fama, cueste lo que cueste. La “recompensa social” a la que nos tienen acostumbrados las redes sociales desde su aparición y cuyo “bienestar” ya es parte de la rutina actual.

Existen además, los que graban con un fin monetario. La esperanza de vender el material a algún canal de televisión, portal de internet o canal de Youtube y ganar dinero los convierte en los suertudos que estuvieron “en el sitio exacto y en el momento exacto” para registrar lo que podría ser un fenómeno único digno de viralización y por lo tanto, billetes.

Pero un hecho muy actual, es que la era digital ha cambiado nuestra vida diaria enormemente. Nos hemos acostumbrado a acudir a nuestro telefóno móvil para cualquier cosa. Y ante un evento trágico, también lo hacemos. Dicen los profesionales de la salud mental, que esto es explicable a partir de nuestros instintos mamíferos. En términos evolutivos, siempre tendemos a mantenernos seguros. Acudir a un celular y realizar alguna acción ante un desastre natural por ejemplo, no nos protege físicamente, pero sí mentalmente. Es el cerebro el que recibe la sensación de blindaje, de coraza, de apoyo.

Las razones podrían ir en aumento. El problema es lo que refleja esta actitud que en definitiva se produce casi de forma automática sin mediar análisis. Falta de conciencia, frialdad, irresponsabilidad, educación, nula empatía, falta de valores. El ser humano como una extensión de la máquina cuando debería ser al revés. Invadidos por los códigos binarios, quizá sea hora de ponerse tajantes y privilegiar en las instituciones educativas, el regreso a la realidad del ser humano: somos personas, no máquinas sin corazón.

 

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