Corrupción generalizada

Sobre el volcán

Roxana Pérez Carranza escribe a Caretas (2476) haciéndose eco de una amiga  extranjera, que pregunta: “¿Delinquir está en el ADN de los peruanos?” Y la excelente revista contesta: “Si vamos a la genética, tendríamos que preguntarnos también, para poner ejemplos recientes, sobre la coreana, española y francesa. Por no quedarnos en el mapa cerca de los 12 países afectados en el caso Odebretcht”.

Una respuesta es que no debemos ir a la genética sino a la historia, a la realidad concreta  de esos  países. No es una cuestión de genes, nadie es  corrupto genéticamente, “por naturaleza”.  Probablemente la amiga extranjera se ha dado una vuelta por nuestra patria y ha visto demasiado… o demasiado poco. Hace rato que la corrupción en el Perú se ha extendido socialmente como un virus cancerígeno. No es solo el Estado o los políticos de todas las tiendas, sino también los no políticos en todos  los grupos sociales, en todas las profesiones y ocupaciones, en costa, sierra y selva, en el deporte o en la economía y, cómo no, en el escandaloso ámbito eclesiástico y sus obsoletas creencias pre republicanas (como la misógina interdicción a la mujer para ejercer el sacerdocio por su “impureza” mensual, inapta para acercarse al altar. ¡Y está vigente! )

Pero poner a España, Francia y Corea en el mismo saco que Perú y la Banda Odebretcht  es algo equívoco. Parece aplicar el peligroso dicho que reza, “en todas partes se cuecen habas”. Muchos lo utilizan para justificar nuestras actitudes, usos y costumbres sub desarrolladas de “hijos de la Contrareforma”, el  descalabro ético-educativo, tan extendido que lleva a pensar en su raigambre genética. Como en todas partes hay corrupción, entonces no nos preocupemos, parecería ser la cómoda inferencia del dicho. Pero además, si está en  el ADN ¿qué remedio podría tener?  Tendría que ser un remedio genético ¿no?. La diferencia es que mientras que en España y Francia  también se cuecen habas, en el Perú, solo se cuecen habas.

No ha cambiado cualitativamente nuestra cosmovisión pre republicana, por eso no somos todavía un Estado laico, una República y apenas podemos decir que somos una Democracia… sin demócratas. Por ello mismo, tan frágil que a las justas  existe. Lo que sí existe con toda su prepotencia  y ha vuelto con todo es la DBA , en todas sus expresiones y matices,  en un solo puño con fujimoristas, católicos, evangelistas, apristas y autoridades contrarreformadas. Todos por Figari. Viva el Sodalicio.  Cipriani al poder. Butters primer ministro. Volvamos a la Inquisición,  o por lo menos  a los cincuenta, antes de Velasco.

“Educados para no cambiar”, puede ser buen  título de telenovela peruana.  El problema  de fondo —y todos los caminos conducen a él—  es el de la  visión educativa que produce mala calidad: la escolástica andinizada. Y eso es asunto ideológico, paradigmático, de visión educativa y cosmovisión, no de sueldos, infraestructuras o curriculums. La escolástica es de origen cien por ciento católico. Y la mayoría peruana casi unánime es católica o evangélica y no asume, no puede asumir,  los valores democráticos en serio (libertad, dignidad, igualdad ante la ley) porque le son incompatibles, y no van a educar a sus hijos  con esos valores  mientras lo sean, sino con sus valores que están en decadencia, la corrupción social lo denuncia.

No es sólo el comportamiento delincuencial de miles de  pedófilos, o la actitud  blindadora de su institución frente a toda esa suciedad, sino porque esa poderosa ideología pre moderna que está detrás de ellos y de casi todos es la que impide que los peruanos modernicemos nuestro espíritu. Condición sine qua non para salir del sub desarrollo:   modernización educativa y democracia firme  son uno. Y deben serlo desde la primaria.

A pesar que constatamos tristemente un resurgimiento social y religioso del fanatismo,  mucho más agresivo que ayer, la mayoría católica  ya no vive, ni siente con pasión, aunque acate formalmente los valores tradicionales, (el formalismo es un pequeño suicidio,  suicidio de a pocos). Porque tampoco le interesan los valores modernos, liberales y democráticos. No ha sido educada en ellos, no los ha internalizado. Ha sido educada para respetar y defender la autoridad, la tradición, el pasado, la costumbre, la Iglesia, el Papa, etc.

Ni viejos ni nuevos valores, entonces. Unos ya no sirven, otros todavía no llegan a nuestras  cuestas. Le llaman “crisis  de valores” incluso quienes denuncian sin  explicación. La más extendida  en nuestra larga historia de corrupción pública.  A diferencia de las de Francia y España, la “nuestra” se ha generalizado, no es la excepción sino la regla.

   

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