La fábula de las tres hermanas o la historia de los tíos verdugos

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Las golpeaban con mangueras y las metían en un balde. Una fue atada del cuello, ahorcada y luego lanzada a un silo. Quedó hemipléjica. Las otras dos, tienen las manos y los pies quemados. Se resistían a ser agredidas sexualmente. Lo peor es que no se trata de un relato ficticio, lo único fabulado son los nombres. Finalmente sonríen. El sol ha salido para ellas, aunque no sabemos por cuánto tiempo.

El astro brilla, sí. Pero, intempestivamente, la oscuridad de los años anteriores, sufridos en el Pedregal, acentúa momentáneamente una sombra en sus rostros. Se ve el dolor a través de ellos. Aun viendo sus cicatrices y quemaduras es imposible entender cómo tres pequeñas niñas pudieron ser salvajemente agredidas por su propia familia. Para contar su historia les llamaremos A, J, y An. Las tres hermanas fueron rescatadas; y  ahora, conocen el amor, la seguridad, la alegría. Ríen. Se esfuerzan por sobrevivir. Saben que deben continuar. Que lo que les pasó, por muy pequeñas que sean, deben dejarlo atrás. Al final, como dice Paola Gonzáles, gerente general del albergue Paz Perú (Casa Isabel) tienen que comenzar a ser niñas, por primera vez.

Extrañamente, la tragedia de “J” salvó a sus hermanas. La primera vez que Paola Gonzáles la vio, “J” estaba internada en el hospital Honorio Delgado. Llegó a ella junto a las voluntarias del nosocomio quienes, con las mamás de otros niños, habían descubierto la soledad y el estado de abandono de la menor de 3 años. Sus padres iban a visitarla pocas veces, cuenta, pero en vez de velar por ella se la pasaban discutiendo. Acusándose de diferentes cosas que no vienen al caso; mientras que J no tenía ropa, ni comida. Sólo lo que recibía del hospital. Su situación era crítica. Presentaba un diagnóstico severo: desnutrición y deshidratación crónica, inflamación en los bronquios y lesión por golpe en el cerebro. Ingresó al Honorio Delgado el 22 de enero y fue trasladada inmediatamente a Cuidados Intensivos Pediátricos. No podía mover el lado derecho de su cuerpo. Aún no puede.

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Ese día, 27 de marzo, pusieron la denuncia. Paola Gonzáles, junto a la voluntaria del hospital Sandra Lizárraga y la profesora de la mayor de las tres hermanas, María Pancca. Se acercaron a la Región Policial y asentaron la denuncia alegando maltrato y agresión sexual. Solicitaron que J y sus dos hermanas, pasaran al centro de atención residencial Casa Isabel. Ahora, es ahí donde las niñas reconstruyen sus vidas. Lizárraga declara que la más pequeña, An, le dijo “le gritaba a la pareja de mi abuela malo, malo y mi mamá no estaba”. Además, continúa, cuando le preguntaba por la quemadura de la mano ella me decía que se la había hecho su tío por no dejarse tocar. Y, también, le pegaban en el rostro hasta que le saliera sangre. An tiene un año y 11 meses.

“An me contó que tenía una hermana llamada J en el hospital, que la habían ahorcado y quemado sin haber hecho nada y que venían a casa de su madre los amantes de ella, que también les pegaban con mangueras y las metían a un balde”, declaró la maestra. Los agresores, según se observa en la denuncia, son Víctor Quispe Ticona (pareja de la abuela de las niñas) y los tíos, menores de edad, cuyos nombres de pila son Alex y Jonathan. Todo esto ocurría bajo la vista y paciencia de la abuela y de los padres de las niñas. Descubierto este infierno, la Fiscalía de Mariano Melgar tiene la responsabilidad de investigar y llevar a cabo el proceso.

De tres hermanas, la más grande

 

“A” está en el columpio. Pide a sus amigas del albergue que la empujen. Se turnan. Parece como cualquier otra niña. Es como cualquier otra niña, si no fuera por esos momentos en que recuerda y tiene la necesidad de contarlo todo–dice Paola Gonzáles. Es la mayor y aún queda en su memoria lo que vio, lo que sintió, esos años oscuros en Pedregal. Cuando no salía el sol. Cuando veía a sus tíos acercarse a ellas, cuando escuchaba la voz pronunciada de la pareja de su abuela, cuando trataban de esconderse. Pocas veces podían ocultarse. Pocas veces evitaban ser maltratadas. Ella peleaba con la fuerza de sus 5 años para detener los abusos. No lo conseguía y sentía todo el dolor de la impotencia, toda la opresión de ser débil; cuando sus tíos querían tocarlas y al no dejarse, sufrían golpes y quemaduras. “Querían meternos el dedo en la parte de atrás”, le cuenta a la gerente general del albergue. Paola Gonzáles se quiebra. “Cómo pueden ocurrir estas cosas en el mundo”, dice.

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Tratan, con éxito, de alejar El Pedregal de sus recuerdos. Tiene que ser niña por primera vez, repite. Ahora está yendo a clases y tiene las tardes libres para jugar, como cualquier otra niña, “es hábil y sociable”, cuenta. Las marcas de su memoria, como las que lleva en distintas partes de su cuerpo, se van borrando con la alegría de estos días. Cuando el sol rodea por primera vez su confianza. Se siente querida, importante, hay gente buena dicen sus ojos cuando se balancea en el columpio. Sonríe. Quiere quedarse más tiempo jugando. Se lo permiten. “Ahora está tranquila, está siendo amada por todos en el albergue, está en recuperación. Queremos sacarla adelante. Igual que a sus hermanas. Cuidarlas emocionalmente y velar por su salud”, explica.

De tres hermanas, la del medio

“Su madre pidió la eutanasia para ella”, dice. Cuando J estaba en coma en el hospital Honorio Delgado, la madre –Flor Cutipa Fernández- según se lee en el informe social con fecha del 14 de marzo de este año, pidió a la trabajadora social Gaby Corrales que acabaran con la vida de su hija. “No le compren más medicamentos”, dijo Flor Cutipa. Por lo cual, se acordó proteger a J de sus padres, colocando agentes policiales durante las visitas. Además, se lee, que los padres “no vienen asumiendo sus deberes de cuidado y protección, por el contrario, habrían puesto en peligro la integridad de la niña. Según indica el código de los Niños y Adolescentes”. Lo que encamina el proceso para quitarles la patria potestad.

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Actualmente, J no puede mover el lado derecho de su cuerpo. “J es a quien lanzaron al silo”, recuerda Paola Gonzáles. La que más sufrió, pasó dos meses en coma y tiene serias consecuencias físicas. “Queremos salvarla”, insiste. “Ella no habla, no controla esfínteres, pero entiende todo; y eso es lo más doloroso. Era una niña normal y ahora, pasa por un estado vegetativo. Mira lo que le han hecho. El dolor se ve en que ella podía hablar y ahora ya no habla, ella podía mover las manos y ahora ya no puede hacerlo, la rehabilitación tiene que corregirla. Tenemos esa esperanza. Queremos que sea feliz”.

De tres hermanas, la más pequeña

“Malos, malos”, les decía. Ahora duerme en una cuna. Tiene la mano derecha vendada y pese al dolor que vivió, al sufrimiento físico de su primer año y 11 meses de vida, se la ve tranquila. Segura. Está protegida por los trabajadores del albergue Paz Perú, donde, rodeada por un ambiente agradable, espera recuperarse. Asiste periódicamente al Honorio Delgado para que le traten la mano. “Siempre querían tocarnos y si no nos dejábamos nos golpeaban”, le decía a la gerente general del albergue.

An también estuvo internada en el nosocomio. Ingresó pocas semanas después de J, por una quemadura profunda en la mano. Además, cuenta Paola Gonzáles, tenía cicatrices en su cabeza. Cicatrices de golpes anteriores. Marcas. Presentaba desnutrición y deshidratación crónicas. Igual que J, fue trasladada desde el Hospital Central Majes al Hospital General en la ciudad de Arequipa. Ahora duerme. Hay la posibilidad de que lo olvide todo, porque es muy pequeña. “Podrán enfrentarlo más adelante, pero ahora tienen que ser niñas», dice. El sol, por fin, ha salido para ellas.

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