Fiestas apátridas

la Silla Prestada Alfredo Herrera

La construcción de conceptos como patria o nación tiene entre sus componentes un elemento tan importante como difuso: la identidad. A lo largo de nuestra historia hemos sufrido de extremo a extremo la posibilidad de formar nuestra identidad, ya sea social o individual. La existencia de varias culturas, o naciones, que luego se aglutinaron, por la razón o la fuerza, en torno al denominado imperio incaico, o Tahuantinsuyo, influye hasta hoy en esa necesidad de establecer las características y condiciones de nuestra identidad. La llegada de los españoles, la influencia de otras culturas, y el violento choque cultural que esto significa, han debilitado nuestra identidad, al punto de hacerla imprecisa, confusa, neutra.

Lo que ahora llamamos regionalismo, por ejemplo, y se explica por el afecto excesivo al lugar de nuestro nacimiento, a sus características geográficas o sus costumbres, no es más que una vaga manifestación de nuestra identidad, pues si bien tenemos un sentido de pertenencia al espacio, este sentido puede transformarse rápidamente o ampliar sus fronteras, por otros factores tan inmediatos, que pronto sentimos que nos identificamos con algo más amplio, más complejo. El mollendino se sentirá mollendino mientras se oponga al sentido de identidad del cayllomino, por ejemplo, pero ambos manifestarán su pertenencia, y por ende su identidad, a lo arequipeño, solo señalando algunos elementos comunes (como el espacio geográfico) y eliminando temporalmente las diferencias.

En un escenario de confrontación, o de oposición, esta identidad puede tornarse violenta, al extremo de la exclusión, el racismo, la segregación y hasta la discriminación, con todos los rasgos y características del fanatismo o el nacionalismo extremista. Pero lo que parecen conceptos y hechos sacados de las peores historias del holocausto o de las conquistas de los “nuevos” territorios de América y África, se reproducen de manera casi cotidiana en nuestro entorno, entre nosotros, ya sea entre arequipeños o entre peruanos. Y hay manifestaciones tan denigrantes, cometidas en nombre de la identidad, que no hay cómo esconderlas de la vergüenza.

Nuestra débil identidad hace que no se conciba el concepto de patria o nación. Nadie puede manifestar su pertenencia a un conjunto de símbolos o iconos que no representen su propia cultura, por lo tanto no sabrá distinguir su patria, y en consecuencia no la tendrá, será un apátrida; solo así se explicará por qué un grupo social discrimina, o excluye, a otro, que tiene las mismas características o condiciones de su cultura, es decir, es su igual, su par, su hermano. Quien no tiene patria, o no sabe reconocerla, tampoco lo hará con su semejante; esta idea parece extrema, pero explica nuestra deshumanización cuando actuamos de manera irracional y discriminamos al otro, por el solo hecho de, supuestamente, tener otras manifestaciones culturales.

Las fiestas que se avecinan, el aniversario nacional y el aniversario de Arequipa, serán el escenario perfecto para probar la teoría de que no tenemos patria, o que somos ciudadanos apátridas que no entendemos el valor de conceptos como patria o nación, y nos hemos estancado en un regionalismo sin sentido, arcaico. Pero lo más preocupante es que son las autoridades locales quienes avalan estos actos, disposiciones que oficializan el carácter racista y excluyente de nuestras celebraciones. Para las fiestas nacionales se promueven viajes y no la participación cívica, y para las fiestas de Arequipa se prohíbe la participación de manifestaciones culturales que “afectan nuestra identidad”.

En determinado momento, bajo algún hecho aglutinador ya sea victorioso o de derrota, todos nos sentiremos peruanos, y una semana después, veremos cómo excluimos al hermano de nuestra propia fiesta calificándolo de diferente, cerrándole nuestras puertas con un cartel que da la bienvenida a la fiesta. Mientras tanto, nos desearemos felices fiestas apátridas.

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