Los devaneos de PPK

La columna Mabel Cáceres Calderón

 

Una señal de la descomposición por la que atraviesa la sociedad peruana es la debacle moral y espiritual de los ancianos, por lo menos de los que están en política. Tan lejos de la sabiduría, nobleza, buen tino y grandeza de alma que cabe esperar como resultado de las múltiples batallas libradas por causas (supuestamente) de un largo trayecto vital.

A diferencia de las antiguas civilizaciones donde su palabra era la última, en el Perú de hoy, el presidente Pedro Pablo Kuczynski es un ejemplo más de esta fallida ley natural, pues al filo de su octogenia, parece que dejará pasar el tren de la historia que viene esperándolo desde el día que recibió, como regalo divino, el encargo de la presidencia de este país. Por falta de nobleza.

Su palabra nunca es la última porque luego viene otra versión de sí mismo, surgida de las circunstancias, a contradecirlo y, de paso, a indignarnos o entristecernos. Por falta de principios.

En el caso del malhadado probable indulto a Fujimori, otro anciano que termina sus días de forma penosa e innoble, no influenciado por sus honorables ancestros, sino por la nostalgia del poder desbocado que ejerció junto a su par, Vladimiro Montesinos; PPK se debate entre el oportunismo de lograr una tregua del “albertismo”. Y la posibilidad de mantener la carta bajo su manga para momentos más álgidos en los que algún negocio del tipo Chinchero corra riesgo de paralizar.

Lo que no está en liza son consideraciones de tipo ético, moral o cívico, por lo menos. Recuerdos, aunque vagos, de lo que le costó al país lograr que se haga JUSTICIA, tras el derrumbe del régimen, un poco por metástasis interna, y mucho por la presión de los “cívicos”: ciudadanos comprometidos con la decencia, la libertad, el amor al Perú, entre otros valores; que marcharon, gritaron, se opusieron, alzaron la voz, denunciaron y expusieron las injusticias, atropellos, abusos. Es decir, las cosas que nadie decente permite frente a sus narices, aunque se gane un lío ajeno.

Y en este caso, el lío no era ajeno, nos involucraba a todos los peruanos dignos, pero muchos, como PPK, prefirieron mirar al techo y silbar, hasta que pase la ola. Por falta de nobleza.

Y aunque no todos pelearon aquellas batallas, todos deberíamos estar agradecidos a quienes lo hicieron. Y bajo ningún concepto permitir que un octogenario que apoyó a Fujimori, luego los desapoyó y luego apoyó a Keiko y luego la enfrentó, media training de por medio, tire por la borda lo único digno que puede exhibir el Perú de las ultima s décadas

Y esto nada tiene que ver, ni se debe mezclar con los casos de Toledo y Humala-Nadine. El indulto es inmoral. Hasta otro octogenario, un poco zafado pero no tan rastrero, como Isaac Humala, con dos hijos en la cárcel por ideales políticos anacrónicos, lo sabe.

PPK, al menos en aras de una despedida digna, no desperdicies tu última oportunidad. De cualquier modo, no tienes derecho a obsequiar nuestra dignidad solo por cobardía, concediendo un indulto injustificado e inmerecido.

Deja un comentario

SUSCRÍBETE A NUESTRO NEWSLETTER

SUSCRIBIRSE