La invervasión extranjera

Gárgola sin pedestal

Dice el manual de estilo del buen escribir, que hay que rehuir del uso de refranes, porque son propios del vulgo; y ajenos a la lengua docta. No obstante, un servidor, careciendo de marca doctoral alguna, no ha encontrado mejor instrumento lingüístico que el matrimonio de una frase del antiguo refranero español: “Éramos pocos, y parió la abuela”, y un vocablo de nuevo cuño que me acabo de inventar: “invervasión”, (inversión/invasión), para retratar la grave situación humanitaria que empiezan a vivir países como Colombia, Brasil, Perú; y en menor medida Chile, Uruguay y Argentina.

Me estoy refiriendo, por supuesto,  a la inmigración masiva venezolana. Y ya sabemos que, a estas alturas de la historia continental,  los venezolanos se dividen en dos: los hermanos venezolanos; y los otros, los chavistas, aquella gavilla compuesta por centenares de indios y mulatos pobretones, controlada y alimentada por policías, militares y políticos; todos corruptos y asesinos, liderados por el grandísimo malhechor y Satán mayor de Sudamérica: Nicolás Maduro.

Sabemos que los hermanos  llaneros súbitamente han empezado a poblar el paisaje social con sus casacas patrióticas modelo Capriles, sus arepas y sus mujeres que llevan en las caderas un tumbao muy particular al caminar, dándole un nuevo ritmo y color a la calle nacional. Hasta aquí todo muy bonito, pero de la noche a la mañana, al incrementarse el número de hermanos, el color y el ritmo se han saturado y hemos descubierto para nuestro horror que no se trata de turistas políticos, sino de ciudadanos tan pobres y tan vulnerables como nuestros propios pobres.

Y aquí viene el refrán a calzar las calles y los tiempos: había mucha hambre, muchas bocas y poco alimento; y para colmo a la abuela se le ocurre parir y traer un nuevo hambriento. Hoy hay mucha necesidad, poquísimo empleo y, encima, se viene una invasión de nuevos desempleados.

Pero así como dividimos a los venezolanos en dos; en dos formas también se puede explicar el fenómeno: Una fácil y rápida: Son gente que huye del “paraíso de Maduro”. La otra, fea, escabrosa y de difícil elucubración: Los migrantes son legiones de desobedientes de las órdenes del Imperio. Ellos no tendrían por qué estar aquí. Ellos debían de haberse quedado allá, luchando y, —de haber sido preciso—: morir matando chavistas, hasta derrocar a Maduro y poner en Caracas un Presidente venezolano que sea tan corrupto como Kuczynski, Temer o Macri; y luchar allá hasta que se instaure un congreso con partidos políticos tan corruptos como todos los partidos que pueblan la “democracia” continental, partidos tan nefastos y nefandos que hasta son temidos por los propios capos del narcotráfico.

En suma, estamos viendo el fracaso catastrófico de la estrategia del bloqueo económico y financiero a Venezuela, para que el hambre y la desesperación derroten a la revolución bolivariana. Un plan diseñado desde Washington, Madrid y Bruselas, pero implementado  por  los presidentes de Perú, Colombia, Brasil y Argentina, bajo la coordinación del Visitador Imperial, el uruguayo Luis Almagro, secretario del ministerio de las Colonias de Estados Unidos; o sea, la OEA.

En su ascensión al cargo, Kuczynski, Temer y Macri, aseguraron que, con ellos, los inversionistas extranjeros llegarían volando, que  la riqueza sería accesible para todos; un poco más y lloverían dólares del cielo.

A la fecha no se sabe de transferencias de miles de millones de dólares desde el extranjero; pero si de la remesa de miles de pobres desde Venezuela a nuestra abultada cuenta de pobreza nacional.

No es tiempo, pues de andar quejándose. Afortunadamente somos democracia y el voto legitima a quien elegimos para que nos metan la mano al bolsillo y encima, nos pongan la soga al cuello.

¡Salud y dólares, demócratas!

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