Tu voz existe

El Espantacuervos Jorge Alvarez Rivera

Tengo la certeza de que en alguna parte de la cabeza de los corruptos puestos en evidencia esta semana (y todos los miserables de cada época del mundo) hay una vocecita que les dice que ellos no han hecho nada malo. Se deben justificar a sí mismos con argumentos que van desde el «esto es lo mejor para mi familia» (¿cómo puede estar mal si la familia es primero, no?) a «esto lo hacen todos».

Es más, estoy seguro de que se escuchan en los audios y no reconocen falta alguna en sus propias voces, sordos por la humana tendencia a la negación. Han sido tantos años de hacer estas cosas que no encuentran motivo para el escándalo que está terminando con las carreras que ellos (otra vez, en sus cabecitas) consideraban intachables. Hasta medallas les daban.

¿Cómo se puede ser juez siendo amigo de todo el mundo? En la camarilla de los hermanitos, compadritos, chocheritas y putamadre huevón, no hay mucho espacio para maniobrar con imparcialidad. El compadrazgo impulsado por un sinfín de agasajos institucionales, reconocimientos, fiestas de confraternidad, mañanas deportivas, recepciones y demás reuniones propias de los gremios (no solo de abogados) solo abona a que el sentido real de la justicia se desvanezca entre chelas y anticuchos, estos últimos en el doble sentido de la suculenta palabra.

No hay posibilidad de mantener la integridad cuando siempre sales sonriendo en las fotos con quien sea y compartes tu número de teléfono con medio mundo, señalando que es “para cualquier cosita hermano, porque estamos para ayudarnos”.

Y allí es donde una tragedia mayor se revela. La catástrofe de parecernos a estos infelices.

Porque cada vez que te le bajaste 20 lucas a un policía para evitarte el problema en la comisaría, te hiciste una Hinostroza Pariachi. Esa vez que tu amistad te ayudó con el expediente para que salga rápido, te luciste con una Walter Ríos. Y no te olvides de la gaseosita con sanguche que le compraste a la secretaria para que tus papeles procedan o el almuerzo con tu jurado de tesis para agradecerles la unanimidad. Ahí te estás haciendo una CNM en todo su esplendor.

¿Estás escuchando esa vocecita que quiere justificarte ante ti mismo, convenciéndote de que tú no eres como ellos? Yo sí. Y es aterradora.

Tampoco se trata de porque no hay quien tire la primera piedra vamos a olvidarnos de esto y sigamos haciéndonos los huevones. Ni cagando. Disculparán el lenguaje jurídico. Creo que se trata de empezar a despreciar sin rodeos las costumbres de estos magistrados, sin dejar de reconocer nuestra propia miseria. Lo primero para censurarlos de por vida por la traición al encargo que les dio el país. Lo segundo para no volver a ser como ellos nunca más.

Estoy seguro que pese a nuestros propios esqueletos, la inmensa mayoría de peruanos somos mejores que estos infectos. Y que incluso quienes todavía se debaten entre maldecir al corrupto o al dedo que lo apunta tienen la oportunidad de darse cuenta que la descomposición puede estar con los tuyos y con los de al frente. Deja de ver en blanco y negro y escuchar todo en mono. Acabemos con esa lacra y después seguimos debatiendo porqué tu forma de ver el mundo es mejor que la mía y viceversa.

También sé que andan por ahí quienes seguirán pontificando desde el altar que se han construido con sus prejuicios. Hasta quieren contrabandear la idea de que el asco está en quien señala y no en lo que hicieron estos sujetos, pero estas confundidas gentes merecen, cuando mucho, una sonrisa perdonavidas y una volteada de ojos si se ponen muy brutos. Hay que ser de una mezquindad king size para sostener que los periodistas que destaparon esto no han hecho nada porque los audios les llegaron con sabrá dios qué agenda escondida. No se pasen de Hinostrozas. En serio, una revisadita de moral y llamen a su médico por la mañana.

Por cierto, si esa vocecita que te justifica cualquier pendejada es la misma que te dice por quién votar, hazle un favor enorme al país: no la escuches.

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