La honestidad no es noticia

la Silla Prestada Alfredo Herrera

Hace unos días un canal de televisión de Lima propaló la noticia de una trabajadora de limpieza pública que había encontrado y devuelto una bolsa con dinero. No era poca cantidad y de seguro podría haber resuelto los problemas económicos más urgentes de esta mujer que prefirió no hacerse de un dinero que no le pertenecía. Asumió la honestidad antes de ampararse en el vago concepto de la suerte para actuar como dictaba su consciencia, o su cultura.

La nota, por demás interesante porque indagó un poco en la condición familiar de la mujer y en el concepto que su menor hijo tenía de su madre, dejó un grato sabor a esperanza y respeto. Los conductores del programa coincidieron que noticias como esta debieran mostrarse más a menudo, ese comentario final fue por el contrario la primera muestra de que nuestros medios de comunicación, nuestros periodistas y especialmente los ciudadanos, no estamos acostumbrados a hacer del bien una noticia.

Hace mucho que la honestidad, el respeto, la limpieza, y una larga lista de valores y virtudes han dejado de ser noticia. Una muestra de ello es que, revisando otros canales de televisión, periódicos o páginas de internet, tanto ese día como en los siguientes, no se ha podido ver la noticia de la trabajadora honesta. Lo más probable es que alguna referencia pueda encontrarse en la sección de curiosidades.

Pero la reflexión sobre este caso sencillo no va en el sentido de que si los medios de comunicación valoran o no estos hechos, pues sabido es también que es “más noticia” un accidente, muertos, robos, asaltos, peleas callejeras o actos de corrupción, sino cuánto ha cambiado en la consciencia ciudadana el imaginario de lo que es bueno o malo. Y esto explicaría, en gran medida, la actitud social al momento de tomar decisiones en conjunto, como los procesos electorales que se nos avecinan o los sucesos que nos afectan, como la migración de ciudadanos venezolanos a nuestro país.

Cuando una sociedad tiene como valores morales la deconstrucción de los principios sobre los que levantó su espíritu e identidad, termina por actuar exactamente como no debió hacerlo nunca; así, lo que fue un proyecto de honestidad, por ejemplo, será una realidad de corrupción, inmoralidad, deslealtad y desvergüenza. Si cada individuo no sabe demostrar y sancionar que el robo del bien público es un delito, elegirá a una persona que evidentemente se aprovecha del bien público.

Es entonces que también se construyen otros discursos complementarios como “que haga obra aunque robe”, “me retiro orgulloso con todos estos juicios porque significa que he trabajado”, “a nadie le gusta que uno trabaje porque todos quieren robar”, “me voy sin llevarme un alfiler y me defenderé de las acusaciones de robo”, “voy a trabajar, no a robar”. La ciudadanía hace suyas estas frases e ideas y “comprende” a su autoridad, y entiende que así funciona el sistema.

Hemos completado el ciclo del antivalor, aquello que considerábamos malo ahora es normal y hasta bueno, “porque así son las cosas”, y quienes devuelven dinero, como la empleada honesta, se convierten en lo extraño, lo inusual, lo malo de la sociedad. Vale la pena repasar estos hechos sencillos, sin trascendencia, para redescubrir nuestra esencia ciudadana, nuestra identidad como sociedad y respetarnos como personas y como sociedad. Hay que hacer de la honestidad la noticia del día.

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