¿Nada que celebrar?

La columna Mabel Cáceres Calderón

Vivo en Arequipa desde que tengo uso de razón. Hablo con dejo characato y tengo algunos de los defectos más característicos que se les imputa a los arequipeños. Mi sueño, como probablemente sea el de todos, es progresar, humana y profesionalmente, sin tener que dejar de recorrer estas hermosas calles y plazas, pasear por la campiña que aún rodea la ciudad y respirar en paz y profundamente, bajo el eterno cielo azul que cubre la ciudad blanca.

Ok no. Eso ya no es posible. Las calles son caóticas, la campiña es un retazo amarillento mal cuidado, rodeada de invasiones, el sol es dañino para las personas y los sueños se tornaron en frustración. Los arequipeños de antaño, que compusieron esos yaravíes y valses que describen la mítica ciudad de “El Regreso”, ya no están aquí; y su legado migró, como sus familias y su antigua prosperidad.

Entonces, ¿qué?

Esa imagen idílica de la ciudad está lejos de la realidad y no volverá. La actitud de los “arequipeños netos”, pretendiendo vivir de los laureles de ayer y que, la verdad sea dicha, han nacido bastante en vano al pie de un volcán, es exactamente lo que no corresponde. Lo real es que las juventudes que supuestamente renovarían los laureles de ayer, no están. Se fueron o no llegaron a ser. Y esto es lo que hay.

Más allá de la imagen bucólica perdida para siempre, Arequipa tiene otras potencialidades que no estamos mirando. La arquitectura colonial hay que conservarla e inyectarle vida, con espacios para el arte, la academia y, para quienes lo deseen, la religión. Pero si no queremos quedarnos rezagados del mundo contemporáneo, debemos mirar hacia adelante, desterrar algunas rancias taras, de una vez y para siempre. En primer término, ese regionalismo fatuo que ha llevado a manifestaciones racistas y retrógradas y no ha producido nada que merezca destacarse en las últimas décadas. En segundo lugar, la nostalgia por el clasismo de un grupo social que aún se refugia en un club decadente y se ha aliado con los sectores más conservadores de los círculos religiosos y empresariales, sin asomo de ética o responsabilidad social, en aras de mantener la fantasía de pertenecer a un círculo privilegiado, dando un espectáculo cada vez más patético.

En tercer lugar, olvidar la tentación de la apariencia y la vocación “culturosa” de cóctel, para comenzar a nutrirse auténticamente de fuentes de Educación y Cultura. En eso sí, retomar la tradición arequipeña encarnada por el Deán Valdivia, de estar a la vanguardia del saber, de la apertura a nuevas ideas, de la innovación y de la variedad. Los colegios católicos “exclusivos” y las universidades donde aún se reza, deben dar paso a una educación pública de avanzada, inevitablemente tecnologizada, laica, de valores democráticos, abierta a la globalización y el debate, con oportunidades para todos y de cara al resto del mundo.

Por último, desterrar a la actual clase política, hija de esas taras y el desánimo producido por las glorias perdidas, que dio paso a la anomia y la indiferencia. El encono entre sectores sociales diversos que se refleja en las hoy omnipresentes redes sociales y la falta de elegancia, en general, de las nuevas generaciones de arequipeños, provienen de esa frustración.

La nueva Arequipa tiene un futuro brillante, si logra dejar atrás esas rémoras creadas por quienes medran en la mediocridad. Ese es el objetivo de esta edición de El Búho, dedicarla a las nuevas posibilidades y generaciones de cualquier edad, con el espíritu libre y generoso. Feliz 478° aniversario ciudad de todos, ciudad del futuro.

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Una respuesta a “¿Nada que celebrar?”

  1. Avatar Javier dice:

    La ciudad de Arequipa a colapsado y los protagonístas son sus misma gente y Autoridades.

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