Papelones y propuestas

Trocha urbana Paola Donaire Cisneros

Que un candidato mienta es, casi, un requisito para participar en política, lamentablemente. Un candidato que diga toda la verdad se juega el pellejo. Recuerden al candidato Mario Vargas Llosa advirtiendo que sería necesario aplicar un “shock” económico, en 1990, siendo vencido por la mentira que Alberto Fujimori prometió al respecto. Así, en época electoral, los candidatos no solo son perpetradores de mentiras, si no también víctimas, incluso de sus propias falsedades.

Las mentiras más peligrosas que llegan a oídos de un candidato provienen de sus ayayeros. Esto se puede apreciar, por ejemplo, cuando el candidato, mal asesorado, pone en práctica alguna estrategia descabellada. En ese momento, los aduladores le hacen creer que todo ha sido un éxito, en lugar de hacerle notar que ha hecho el ridículo. El coro de franeleros convence al candidato y este no duda en repetir la mentira a sus electores, sin reparar en que el engaño ha rebasado los límites de la lógica. En este ridículo juego de adulaciones no solo pierde el candidato, sino también los electores, porque una campaña debería ser la oportunidad de conocer las propuestas de los aspirantes y no su capacidad de hacer papelones.

Las únicas propuestas que llegan al elector son generalidades sin sustento. “Lucha frontal contra la corrupción”, anuncian, pero no dicen que no concesionarán obras a sus amigotes o que no darán trabajo en el municipio a sus colaboradores de campaña, de ser elegidos. Eso no dicen, prefieren bailar, cantar o regalar fosforitos.

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