La banalidad del mal, el caso Eichmann

Sobre el volcán Juan Carlos Valdivia

Los seres humanos no tenemos naturaleza, aunque seamos parcialmente partícipes de su  reino (animal, vegetal y mineral) sino historia, es decir conciencia de lo que somos a través del examen y  la interpretación del pasado,  su recreación, (especialmente la del pasado oculto,  por así decirlo). El historicismo considera que el derecho surge y tiene que surgir espontáneamente a partir de la experiencia, de la idiosincrasia o identidad y las costumbres de los pueblos, de las entrañas de la historia de un pueblo, que el jurista sistematiza y el legislador convierte en ley, (aunque no es el caso de países como el Perú).

Por otro lado, aún en Alemania de donde salió el historicismo nacionalista de Putcha y Savigny, ese derecho no era puramente germánico sino romano germano y tal vez  más romano que germano. Savigny es uno de sus  grandes intérpretes modernos. Era un  derecho mestizo, como el nuestro, que es más  romano germánico que andino, en todo caso. El  historicismo jurídico es ante todo historicismo. Una  tendencia  que no es solo diferente  pensamiento jurídico sino también un distinto sentimiento y en general  distinta cultura, distinta welthanschaung, como se dice en alemán cosmovisión.

Todo ello  en un contexto de consolidación de los estados y egos nacionales europeos, que parieron el nacionalismo y  la carrera por el desarrollo competitivo entre los modernos estados nación en el siglo XIX europeo. Carrera en la que Alemania e Italia se retardaron fatalmente.  El costo de ese retraso apellida  totalitarismo fascista,  que en este caso  se presenta como nihilismo nazi: “Han sido los primeros que han construido un Estado basándose en la idea de que nada tenía sentido y que la historia no era sino el azar de la fuerza” , como lo anotaba Albert Camus en “El hombre rebelde”.  “La paradoja insostenible de Hitler, decía Camus,  ha sido justamente querer fundar un orden estable sobre un movimiento perpetuo. Rauschning, en su Revolución del nihilismo, tiene razón cuando dice que “la revolución hitleriana era un dinamismo puro, un movimiento indetenible que no va a ninguna parte, o que va hacia la nada”. Nihilismo viene de nihil, que quiere decir “nada” justamente.

El romanticismo alemán  representa “el clima cultural de Alemania al momento que irrumpe  el historicismo jurídico”. Y esto no es un simple  dato.  “Aquel movimiento enfrenta al iluminismo (o Ilustración), al imperio de la razón.   Y por oposición  a ésta, destacará el valor de la historia, de los sentimientos, de los grupos orgánicos configurados en naciones…” , como aclara Rodolfo Luis Vigo. Federico Carlos von Savigny, es su representante más importante.

Vigo establece algunas otras características del historicismo jurídico:  la concepción espiritualizada de la naturaleza;  el carácter comunitario de los análisis sociales, políticos o jurídicos, asignándosele a cada pueblo un alma particular;  la interpretación artística y poética de la realidad;  la decidida oposición al jusnaturalismo racionalista,  que lleva al historicismo al positivismo;  el privilegiar el derecho consuetudinario frente al derecho legislativo” .

Las cosas en derecho no solo suceden en la mente sino también en los cuerpos que están en el tiempo y el espacio, siempre  determinados y determinables. Tener historia significa que no se sigue el instinto o la causalidad “natural” , sino que uno mismo se la hace con las grandes y pequeñas decisiones de todos los días hasta el día de la muerte.  Un asunto de historia jurídica elemental, por ejemplo,  es el papel  de la pertenencia a una u otra familia jurídica en occidente: la romano germánica o la anglosajona.   Es un factor decisivo en la configuración y la práctica de los sistemas jurídicos nacionales. El que se dé más peso a una u otra fuente jurídica no es un dato cualquiera.

Pero en cuanto a la vinculación al asunto Eichmann y el  juicio en Jerusalen, donde se aplicó el derecho hebreo y no el alemán, el origen jurídico familiar, romano o anglosajón,  deviene impertinente,  no solo porque no se aplica el  derecho alemán, sino porque el Estado nazi es uno de desvinculación jurídica total, un estado anti jurídico formalmente jurídico : una vuelta política  completa para hacer del crimen  y la discriminación  un objetivo perfectamente legal: lo hace posible ese tipo de estado.

El derecho romano germánico quedó derogado con el nihilismo nazi, porque con el quedó derogado todo sentido del derecho, porque nada lo tiene. No hay sentido ni fines objetivos. Solo queda el poder puro, sin principio alguno, sin ética alguna. Y un derecho sin ética, valores o principios, no es derecho.  Era la voluntad de Hitler, cuya personalidad  juega un papel decisivo, conjuntamente con otras condiciones históricas.

En una entrevista  al  célebre sicólogo C.G. Jung, el famoso periodista   H. R. Knikerbocker le pregunta por  la casi nula influencia de Hitler fuera de Alemania y  el unánime fervor fanático   dentro de ella. Los alemanes se postraron ante el fuhrer.  Y Jung contesta que “la razón es que Hitler es el espejo del inconsciente de cada alemán, el portavoz  que amplifica los susurros  inaudibles  del alma alemana y los vuelve accesibles a la oreja del inconsciente (…)  El poder de Hitler no es político: es mágico”.  “¿Qué entiende  por mágico?”, pregunta el premio Pulitzer norteamericano. Y Jung responde:  “Para comprender esto, es necesario saber qué cosa es el inconsciente. Es un parte de nuestra constitución sobre la cual tenemos poco control y que engrana toda clase de impresiones y sensaciones; contiene pensamientos y aún conclusiones que ignoramos (…)Se mantienen por debajo del suelo  de la conciencia. Pero todas estas impresiones  subliminales son registradas; nada se pierde (…) Alguien puede hablar con  una voz apenas audible en la pieza vecina mientras que  hablamos  aquí. No le damos importancia, pero dentro del inconsciente la conversación   se ha grabado con tanta precisión como en una grabadora.   El secreto del poder de Hitler no radica en que su inconsciente sea más rico o más  lleno que el de ustedes o el mío. Su secreto es doble; primeramente, su inconsciente accede de manera excepcional  a la conciencia: y en segundo lugar, él (Hitler) deja actuar a aquel  (el inconsciente) en él (en Hitler) (…) . El verdadero líder es conducido”

El historicismo es un esfuerzo de recuperación y revalidación de la realidad tempo espacial concreta y  viviente, de la historia y también  las reflexiones e interpretaciones que se derivan de esa realidad. En aparente o real contraste con el racionalismo  deductivista y abstracto,  que a la par que sobredimensiona el papel y el  valor de la razón y  la ciencia sin ver claramente sus límites,  desmerece todas las facultades o potencias  humanas no racionales, que el romanticismo reivindica:  la totalidad como  paradigma. “La verdad es el todo”, decía Hegel.

 Y el historicismo es romanticismo porque implica entre otras cosas  “el sentimiento profundamente nacional”, y la idea del “despliegue evolutivo de la realidad (que)  lo lleva a privilegiar su historicidad”.  De allí el vínculo insoslayable del historicismo con el romanticismo alemán, que ha influido en todo el mundo. En nuestro mundo en forma de bolero, por ejemplo: esa re creación  del “espíritu” latinoamericano. Siendo otro de sus rasgos el valor reconocido a la  propia historia jurídica nacional, hasta el punto que el espíritu de  Wotan  resentido  parece resucitar  encarnado en un pequeño cabo austriaco de bigotito chaplinesco.  La  exacerbación de la ideología nacionalista y la estatolatría que le era subyacente se  expresa ya desde la época del influyente Hegel, filósofo oficial del estado prusiano.    

La idea de este “espíritu absoluto” encarnado en el Estado, que es  también “encarnación de la idea moral”, como  decía el mismo Hegel, algo tiene que ver  con la peregrina idea, también hegeliana, que “todo lo real es racional”, incluso las peores atrocidades, y tiene que ver probablemente   con la estatolatría y el  totalitarismo y particularmente con la personalidad y la actitud de Adolf Eichmann durante el régimen nazi y después de la guerra.

 Eischmann y Hitler tienen en común un mismo  triste  pasado austriaco infantil y juvenil, en la misma ciudad, en el mismo colegio, en la misma época; sin trabajo ni profesión,  ni dinero, ni habilidad especial; víctimas de la derrota y  la crisis post bélica que rumiaba su resentimiento y  sus complejos esperando la hora de la venganza.  Pero uno llega a líder carismático, el otro es una  perfectamente idónea  de la maquinaria administrativa.

Y la  hora de la venganza  llegó en forma de  Estado nazi, que parecía la materialización del Estado hegeliano: “El Estado es el momento culminante del espíritu objetivo” y  de  él Hegel llega a decir que es  el   “espíritu de un pueblo,  su religión , culto , moral, usos, arte, constitución, leyes políticas, toda la amplitud de sus instituciones, sus sucesos y hechos, presencia de Dios, en el mundo; todas estas expresiones reflejan el carácter absoluto y hasta divino que Hegel llega a reconocerle al Estado…” , como recuerda  Rodolfo Luis Vigo.   ¿Tiene que ver con la actitud de Eichmann?  ¿O será pura casualidad?.

 Lo preguntamos  porque como lo hace ver claramente Hanna Arendt, en  “Eichmann en Jerusalen ( La banalidad del mal)”, Eichmann no solo era un tipo normal sino un disciplinado y eficiente administrador militar,  buen padre de familia  y  responsable  súbdito del Reicht. No tenía la personalidad desquiciada y luciferina de Hiltler o  del sicópata Streicher. Era como la encarnación del hombre normal en un contexto de guerra mundial. Y eso no le quitaba carácter igualmente terrorífico a su actividad de organizador de  los traslados masivos de judíos de toda Europa hacia los campos de exterminio, alguien que podía actuar así sin ninguna mala conciencia, creyendo más bien que estaba actuando correctamente, llegando incluso a fundar sus argumentos en el imperativo categórico kantiano, que conocía.  Su personalidad y su actitud es más inquietante aún que la de los más carismáticos representantes de la “banalidad del mal” e igualmente mefistofélica.

Estas son palabras clave de la gran pensadora judía sobre el sino de Eichmann y su estado del alma:   “Eichmann no era un  Yago ni un  Macbeth, y nada pudo estar mas lejos de sus intenciones que  “resultar un villano”. Eichmann carecía de motivos, salvo aquellos  demostrados por su extraordinaria diligencia en orden a su personal progreso. Y, en sí misma, la diligencia no era criminal; Eichmann hubiera sido absolutamente incapaz de asesinar a su superior para heredar su cargo. Eichmann sencillamente no supo jamás lo que se hacía. Y fue precisamente esta falta de imaginación, lo que le permitió , en el curso de varios meses, estar junto al judío alemán  encargado de efectuar el interrogatorio policial en Jerusalén  y hablarle con el corazón en la mano, explicándole una y otra vez  las razones por  las que tan solo pudo alcanzar el grado de  teniente coronel de la SS    y que él no tenía  ninguna culpa  de no ser ascendido a superiores rangos”. Era “terrible y terroríficamente normal”, como señala Hanna Ahrent.  La banalidad del mal se expresa en vivo, en directo y en concreto en la conducta normal de Eichmann.

Es el espíritu de un delirante  Wotan resentido, con el auxilio de la poderosa ingeniería de manipulación, la más  novedosa  y exitosa del ingenioso  Goebbels y piezas eficientes como Eichmann;  pero también pesa  el viejo anti semitismo europeo, y no solo  alemán, que  tuvo también papel preponderante; así como  el resentimiento y la humillación pos bélica por  la derrota en la Primera Guerra; el hambre y la crisis económica. Pero especialmente una consecuencia grave que explica la aterradora maldad nazi:  la desaparición de todos los valores tradicionales y no tradicionales, religiosos o liberales, de izquierda o derecha, etc. Se  llama facismo.

 Si nada tiene sentido, o lo único que tiene sentido es la nada, entonces todo está permitido.    Un estado sin ideología, (salvo la de la “raza superior”) sin fe  y sin más proyecto que la pura dinámica del  poder  y el exterminio de todo un pueblo en todo el continente europeo, solo puede terminar muy mal.   Una sola  raza,  una sola verdad:  que no hay verdad alguna, un solo fuhrer, Adolfo Hitler. Pero también ese poderoso, eficiente y  novedoso sistema de manipulación mental de masas,  que inauguró una tradición que ahora es muy bien aprovechada por los comerciantes, vendedores,  e incentivadores del consumo  y del consumismo capitalista,  expresión del nihilismo masivo de hoy,  profetizado por Nietzsche hace más de cien años.        

Lo que se juzgo en Nuremberg  y Jerusalen no tenía precedentes en la historia humana,  había que  inventar salidas  novedosas en esos  procesos, los más dramáticos del siglo XX, para solucionarlos con justicia. Hannah Arendt sostiene que “el concepto de genocidio  acuñado con el  explícito propósito de tipificar un delito anteriormente desconocido, aun cuando es aplicable al caso Eichmann, no es suficiente para abarcarlo  en su totalidad , debido a la simple razón de que el asesinato masivo de pueblos enteros no carece de precedentes. La expresión “matanzas administrativas” le parece más conveniente. Y pueden ser  dirigidas contra cualquier grupo, nacional (como “la muerte piadosa”)  o extranjero. Y que no tenía precedentes lo demostró el hecho que al ser juzgado en Jerúsalen (Eichmann) el derecho  hebreo  aplicará por primera vez en su historia milenaria la pena de muerte.       

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