José Ruiz Rosas, poeta entre poetas

Una crónica instantánea de Oswaldo Chanove

La Revista Avatar

Hace miles de años, cuando yo era sólo un niño, entré a la librería Trilce, en la calle Palacio Viejo, muy cerca del cine Azul. Un joven empleado me atendió y luego de escuchar mis absurdas pesquisas me  mostró, sin ocultar su impaciencia, la ruta hacia la calle. Cuando ya me disponía a abandonar  tristemente aquel extraño local, observé como un sujeto barbado atravesaba raudamente la habitación.

Era don Pepe, que por primera y única vez en su vida me confundió con un adulto, y que, para mi  desconcierto, ocupó los siguientes treinta minutos mostrándome libro tras libro, no sólo sobre los  extravagantes asuntos que me interesaban en aquellos tiempos, sino sobre otras cosas no desprovistas  de interés. Fue así como aprendí que los libros eran máquinas de papel que, por medio de un proceso  alquímico, daban forma humana al territorio desconocido del espacio exterior (e interior).

Años después, cuando me junté con algunos amigos para fundar la revista Roña (lo mejor de nuestros  calcetines) lo primero que hicimos fue ir a tocar la puerta de Villalba 426. Recuerdo que cada uno cargaba un mugriento fólder con abundante material lírico, y recuerdo que éramos muy jóvenes y muy conchudos. Mientras exponíamos vigorosamente nuestra arte poética espiábamos, entre frase y frase,  las reacciones de don Pepe, sin poder sacar absolutamente nada en claro. El legendario poeta nos  escuchaba con los ojos entrecerrados: una vaga sonrisa flotaba amablemente entre sus barbas…

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