Los 50 años de la revolución de Velasco

Columnista invitado Jorge Rendón Vásquez

Héctor Béjar se propuso celebrar la Revolución de Velasco con un acto público a los cincuenta años de su comienzo, y lo hizo. 

El 3 de octubre por la noche se congregaron en el local del Sindicato de Telefónicos unas ciento cincuenta personas quienes, embargadas de emoción y nostalgia, escucharon a los oradores invitados. Casi todos los asistentes eran personas de la tercera edad y algunos de la cuarta que, verosímilmente, habían vivido las realizaciones de ese gran momento de nuestra historia. No hubo otro acto de este carácter, y sólo los diarios Perfil y Uno publicaron algunos artículos recordatorios, destacando a grandes trazos la importancia de esta revolución. 

¿Por qué la gente de menos de setenta años ignora ese paso tan importante de la historia nacional, le es indiferente, lo estigmatiza sin saber la causa o lo conoce sólo de oídas?

La única respuesta es porque la oligarquía blanca reciclada y sus medios ideológicos y publicitarios han tenido éxito en enterrarlo en su relleno sanitario, tras la contrarrevolución de Morales Bermúdez y Fujimori. Temen, sin duda, que ese proceso pueda retoñar, fertilizado por la explotación, el abuso y la corrupción, acumulados a montones en la vida pública y privada.

Es la misma técnica utilizada con otros gobiernos innovadores en más o en menos: Billingursth, un empresario que se atrevió a cerrarle el Congreso de la República a la oligarquía y coquetear con los trabajadores; Leguía, otro empresario audaz que quiso colocar al país en la senda del capitalismo y paró en seco a la oligarquía terrateniente. Y casi todos se impactan con la misma unción religiosa, en la derecha, en el centro y en la pretendida izquierda que funciona con el combustible ideológico que le vierte la oligarquía.

A los trabajadores el gobierno de Velasco les dio la tierra, el agua y ciertos derechos sociales de gran importancia: estabilidad en el trabajo, participación en las utilidades, procedimientos rápidos de negociación colectiva y solución de los conflictos jurídicos, inspección del trabajo, protección eficaz contra los riesgos sociales y otros. La oligarquía y sus gobiernos de alquiler que vinieron luego no pudieron quitárselos, pero los erosionaron, apoyándose en la pasividad de muchos de sus beneficiarios y en la complicad de ciertos dirigentes y grupos políticos que se erigieron en sus guías espirituales. Hoy es común el espectáculo de masas de trabajadores recorriendo con ira y desesperanza los pasillos del Ministerio de Trabajo, los juzgados y las salas laborales, el Seguro Social y la ONP para que los atiendan y les den los derechos que aún les quedan y, sin embargo, les niegan.

En un artículo sobre esta efemérides (de Luis Pássara, 1/10/2018) leo que el gran ideólogo de la Revolución de Velasco fue Carlos Delgado Olivera, un exaprista. Repite lo que se decía para relievarlo. Delgado se limitó a deslizar la calificación de esa revolución como “no capitalista ni comunista”, que reproducía el eslogan del Partido Aprista “ni con Washington ni con Moscú”, y que, a su vez, se originaba en el eslogan del Partido Nazi de Hitler con los mismos términos. A Velasco y a otros jefes militares les gustó esa frase y la adoptaron para rechazar la acusación de la oligarquía de marchar hacia el comunismo. No hubo otra motivación. Delgado Olivera fue recluido en el Sistema Nacional de Apoyo a la Movilización Social (SINAMOS) y no tuvo acceso a la preparación de las decisiones de transformación económica y social, puestas a punto o generadas en las asesorías técnicas de los ministros e impulsadas por los ministros de la tendencia reformista y el propio Velasco. Uno de los artífices de estas reformas fue el general José Graham Hurtado, jefe del Comité de Asesoramiento de la Presidencia de la República (COAP), integrado por doce coroneles de las tres armas, y a quien correspondía presentarlas al Consejo de Ministros.

En síntesis: Velasco y los militares y civiles que lo acompañaron hicieron lo que se debía y se podía hacer, abriéndose paso entre las tendencias adversas en las fuerzas armadas y la sociedad. Liquidaron el feudalismo y establecieron un capitalismo reformado por una decisiva intervención del Estado y nuevos derechos sociales. Era el resultado del análisis concreto de la cuestión concreta del Perú en la década del sesenta del siglo pasado. Como lo dijera Carlos Marx en el Prólogo a Crítica de la Economía Política, que recordé en ese acto del 3 de octubre: “Es preciso explicar este conflicto por las contradicciones de la vida material, por el combate de las fuerzas productivas de la sociedad y las relaciones de producción. Un estado social jamás muere ante de que en él se hayan desarrollado todas las fuerzas productivas que podía encerrar.”

Béjar se propuso celebrar la Revolución de Velasco con un acto público a los cincuenta años de su comienzo, y lo hizo. El 3 de octubre por la noche se congregaron en el local del Sindicato de Telefónicos unas ciento cincuenta personas quienes, embargadas de emoción y nostalgia, escucharon a los oradores invitados. Casi todos los asistentes eran personas de la tercera edad y algunos de la cuarta que, verosímilmente, habían vivido las realizaciones de ese gran momento de nuestra historia. No hubo otro acto de este carácter, y sólo los diarios Perfil y Uno publicaron algunos artículos recordatorios, destacando a grandes trazos la importancia de esta revolución. ¿Por qué la gente de menos de setenta años ignora ese paso tan importante de la historia nacional, le es indiferente, lo estigmatiza sin saber la causa o lo conoce sólo de oídas?La única respuesta es porque la oligarquía blanca reciclada y sus medios ideológicos y publicitarios han tenido éxito en enterrarlo en su relleno sanitario, tras la contrarrevolución de Morales Bermúdez y Fujimori. Temen, sin duda, que ese proceso pueda retoñar, fertilizado por la explotación, el abuso y la corrupción, acumulados a montones en la vida pública y privada.Es la misma técnica utilizada con otros gobiernos innovadores en más o en menos: Billingursth, un empresario que se atrevió a cerrarle el Congreso de la República a la oligarquía y coquetear con los trabajadores; Leguía, otro empresario audaz que quiso colocar al país en la senda del capitalismo y paró en seco a la oligarquía terrateniente. Y casi todos se impactan con la misma unción religiosa, en la derecha, en el centro y en la pretendida izquierda que funciona con el combustible ideológico que le vierte la oligarquía.A los trabajadores el gobierno de Velasco les dio la tierra, el agua y ciertos derechos sociales de gran importancia: estabilidad en el trabajo, participación en las utilidades, procedimientos rápidos de negociación colectiva y solución de los conflictos jurídicos, inspección del trabajo, protección eficaz contra los riesgos sociales y otros. La oligarquía y sus gobiernos de alquiler que vinieron luego no pudieron quitárselos, pero los erosionaron, apoyándose en la pasividad de muchos de sus beneficiarios y en la complicad de ciertos dirigentes y grupos políticos que se erigieron en sus guías espirituales. Hoy es común el espectáculo de masas de trabajadores recorriendo con ira y desesperanza los pasillos del Ministerio de Trabajo, los juzgados y las salas laborales, el Seguro Social y la ONP para que los atiendan y les den los derechos que aún les quedan y, sin embargo, les niegan.En un artículo sobre esta efemérides (de Luis Pássara, 1/10/2018) leo que el gran ideólogo de la Revolución de Velasco fue Carlos Delgado Olivera, un exaprista. Repite lo que se decía para relievarlo. Delgado se limitó a deslizar la calificación de esa revolución como “no capitalista ni comunista”, que reproducía el eslogan del Partido Aprista “ni con Washington ni con Moscú”, y que, a su vez, se originaba en el eslogan del Partido Nazi de Hitler con los mismos términos. A Velasco y a otros jefes militares les gustó esa frase y la adoptaron para rechazar la acusación de la oligarquía de marchar hacia el comunismo. No hubo otra motivación. Delgado Olivera fue recluido en el Sistema Nacional de Apoyo a la Movilización Social (SINAMOS) y no tuvo acceso a la preparación de las decisiones de transformación económica y social, puestas a punto o generadas en las asesorías técnicas de los ministros e impulsadas por los ministros de la tendencia reformista y el propio Velasco. Uno de los artífices de estas reformas fue el general José Graham Hurtado, jefe del Comité de Asesoramiento de la Presidencia de la República (COAP), integrado por doce coroneles de las tres armas, y a quien correspondía presentarlas al Consejo de Ministros.En síntesis: Velasco y los militares y civiles que lo acompañaron hicieron lo que se debía y se podía hacer, abriéndose paso entre las tendencias adversas en las fuerzas armadas y la sociedad. Liquidaron el feudalismo y establecieron un capitalismo reformado por una decisiva intervención del Estado y nuevos derechos sociales. Era el resultado del análisis concreto de la cuestión concreta del Perú en la década del sesenta del siglo pasado. Como lo dijera Carlos Marx en el Prólogo a Crítica de la Economía Política, que recordé en ese acto del 3 de octubre: “Es preciso explicar este conflicto por las contradicciones de la vida material, por el combate de las fuerzas productivas de la sociedad y las relaciones de producción. Un estado social jamás muere ante de que en él se hayan desarrollado todas las fuerzas productivas que podía encerrar.”(6/10/2018) ResponderResponder a todosReenviar

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