Odi Gonzáles: Poesía de lo múltiple

39 En tu obra, desarrollas una multiplicidad de voces. ¿De dónde viene ese estilo? ¿Qué lecturas y qué libros moldean tu arte poética? En mi caso, los libros y la lectura no fueron el influjo gravitante para llegar a ser escritor; no vengo de una tradición familiar literaria, mis padres no son escritores y en casa no tuvimos biblioteca. Entonces, no fueron los libros; fue la tradición oral quechua, escuchada de niño. Aquellos cuentos de condenados y sirenas, de aparecidos y almas en pena que aún me atormentan. En la escuelita no leíamos historias, contábamos historias; antes de saber leer, yo ya sabía urdir historias. Yo llegué a la lectura viejo, a los 7 u 8 años. Después, el acceso a los libros enriqueció mi dicción, me prodigó un subyugante universo literario que entretejí con los códigos de la oralidad. La gran tradición poética peruana me dotó de recursos expresivos, estilos y formas con los que configuré mis primeros libros. Ahora veo que la conjunción oralidad-escritura gravita desde mi primer libro. Desde un inicio, hay ya una poesía coral, donde los sujetos hablantes del poema son muchos, y la del poeta es una voz más; el “yo” poético se funde en un “nosotros” comunal. ¿Quiénes cuentan o narran esas historias? Por cierto, el seno familiar y la escuela son importantes, pero en una lengua oral todos cuentan historias; niños y ancianos fraguan en la garganta, un sinfín de narraciones oídas, mejoradas y vueltas a contar. Narrar una historia oral es transmitir con precisión y contundencia un mensaje; el ripio y la retórica vienen con la escritura. En el evento de la narración oral, no cunde la jerarquía literaria entre narrador y lector. El oyente puede devenir en narrador y viceversa. Como nativo hablante del quechua, soy oyente y narrador. Pero también es cierto que mi lengua materna fue el tumulto aglutinante quechua– español; desde niño habito en esos dos mundos, dos culturas, y esa conjunción, oralidad-escritura, no ha dejado de ser el eje de mi poesía. Hablamos de los años de formación, los años en Perú, pero tú hace tiempo decidiste iniciar un viaje con retorno incierto, por decirlo de algún modo. ¿Qué circunstancias gatillaron ese Van a ser las tres de la tarde en un café del Village. John Coltrane de fondo, mientras repaso unos poemas de Odi Gonzales (Cuzco, 1962). Transito por su obra y es como si me entrometiera en el preludio de la literatura. Es exponerse a un mundo donde el lenguaje está en proceso de invención, donde un tumulto de voces se anticipa a la palabra, cuya transcripción recoge esos códigos crudos y a ratos no descifrados por el idioma dominante. No hay aquí idioma dominante. El propósito de su poesía es otro: concedernos una visión caleidoscópica, la condición de estar en dos o más lugares al mismo tiempo o en ninguno tal vez, donde el poeta aparece como un pasajero más en el tren suburbano, o como ahora, en un café cualquiera, en el corazón de Manhattan, uno más entre la multitud, como un escriba sin rostro.

La Revista Avatar

En tu obra, desarrollas una multiplicidad de voces. ¿De dónde viene ese estilo? ¿Qué lecturas y qué libros moldean tu arte poética?
En mi caso, los libros y la lectura no fueron el influjo gravitante para llegar a ser escritor; no vengo de una tradición familiar literaria, mis padres no son escritores y en casa no tuvimos biblioteca. Entonces, no fueron los libros; fue la tradición oral quechua, escuchada de niño. Aquellos cuentos de condenados y sirenas, de aparecidos y almas en pena que aún me atormentan. En la escuelita no leíamos historias,  contábamos historias; antes de saber leer, yo ya sabía urdir historias. Yo llegué a la lectura viejo, a los 7 u 8 años. Después, el acceso a los libros enriqueció mi dicción, me prodigó un subyugante universo  literario que entretejí con los códigos de la oralidad. La gran tradición poética peruana me dotó de  recursos expresivos, estilos y formas con los que configuré mis primeros libros.

Ahora veo que la conjunción oralidad-escritura gravita desde mi primer libro. Desde un inicio, hay ya  una poesía coral, donde los sujetos hablantes del poema son muchos, y la del poeta es una voz más; el “yo” poético se funde en un “nosotros” comunal.

¿Quiénes cuentan o narran esas historias?
Por cierto, el seno familiar y la escuela son importantes, pero en una lengua oral todos cuentan  historias; niños y ancianos fraguan en la garganta, un sinfín de narraciones oídas, mejoradas y vueltas a contar. Narrar una historia oral es transmitir con precisión y contundencia un mensaje; el ripio y la retórica vienen con la escritura. En el evento de la narración oral, no cunde la jerarquía literaria entre narrador y lector. El oyente puede devenir en narrador y viceversa. Como nativo hablante del quechua, soy oyente y narrador…

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