Ella y yo también

Me too (acoso sexual)

Neurona Dignidad Andrea Quevedo Vibert

Hace poco leí una publicación de una psicóloga que describía la siguiente situación: un joven le contaba a su amigo que se había ido a la cama con una amiga en común porque había estado ella tan borracha que queriendo ir a su casa, él aprovechó para llevarla a la suya. Tuvieron relaciones pero cuando ella despertó al día siguiente se dio cuenta de lo que había pasado y muerta de vergüenza salió corriendo de la casa del chico sin decir nada. El joven conquistador aseguró a su amigo que si ella hubiera estado sobria seguramente no lo hacía con él y que incluso le tomó unas fotos desnuda porque no se daba cuenta de nada debido a su ebriedad.

La psicóloga concluía la historia acotando que la mayoría de casos de violación no son cometidas por un tipo que estará acechando a la mujer en una calle oscura y solitaria, sino por personas conocidas.

A mí también me pasó algo parecido, que puedo decir ha sido la peor experiencia de mi vida.

Cierto día un amigo con el que tengo una gran amistad, me invitó a reunirme con él y los miembros de su promoción en un restaurante para almorzar.

No probé bocado porque no me apetecía y empecé a tomar con mi amigo y sus compañeros. Algunos eran caras conocidas, otros no.

Cuando el restaurante no pudo atendernos más, nos trasladamos a un pub. El alcohol estuvo siempre presente y por supuesto todos estábamos compartiendo del abundante brindis.

Entrada la madrugada sentí que ya había tomado demasiado y que había estado muchas horas fuera de mi casa, así que decidí irme. Mi amigo estaba en carro, pero por la cantidad de alcohol que había consumido se disculpó por no poder llevarme a mi casa. En vez de eso, le pidió a uno de sus compañeros, a quien llamaremos “Jaime”  y a quien yo no conocía, que me llevara en taxi a mi casa que estaba a sólo seis cuadras.

No recuerdo cómo ni dónde subimos al automóvil pero sí, que nos ubicamos en el asiento trasero y que yo estaba mirando hacia la ventana, de espaldas a “Jaime” cuando me dijo: “¿Me la puedes tocar?”. Dentro de mi borrachera me sorprendí por la pregunta, me di la vuelta para mirarlo y él ya tenía su miembro viril medio erecto fuera de su pantalón abierto. Tomó mi mano y la puso sobre su miembro para que yo lo masturbara. Sentí un pánico atroz y no atiné a gritar por ejemplo, para que el taxista se detuviera o me ayudara. No le grité a “Jaime”, no le increpé nada. Tuve miedo, mucho miedo, de que esa situación pudiera transformarse en otra de violencia. Tenía demasiado alcohol en la cabeza como para pensar en defenderme. Era una época en que las palabras “acoso” o “violencia sexual” no estaban tan presentes en la vida diaria y no se había producido la revolución que hay ahora para evitarlas en la cotidianidad.

Pude zafarme de su mano después de unos segundos y me quedé ahí sentada en el asiento trasero del taxi hasta que me dejó en la puerta de mi casa. No sé si el taxista se dio cuenta o no, pero nunca hizo nada.

Cuando llegué a mi cama la sensación de desolación fue indescriptible. Me sentí sucia, inútil, estúpida, golpeada en lo más profundo, con una vergüenza que me consumió por varias semanas y una repulsión hacia mí misma que no pude borrar en mucho tiempo. No podía creer que eso me había pasado a mí. Me eché toda la culpa por haber estado ebria y por no haber reaccionado como se hubiera esperado de mí. Al día siguiente llamé a mi amigo y le conté a grandes rasgos lo sucedido; pero él me dijo que “Jaime” ya había partido a su ciudad porque no vivía aquí.

Hace unos meses, mi amigo y yo nos volvimos a reunir por temas de trabajo y terminamos encontrándonos otra vez con sus compañeros de promoción. Qué repugnante sorpresa me llevé cuando apareció “Jaime” y me saludó sonriente y campante. Habían pasado dos años pero la pesadilla volvió a mi cabeza y recordé cada segundo de aquel viaje en taxi con la más terrible amargura. Le pedí a mi amigo que le comunicara a “Jaime” que no se me acercara porque sino, iba a contar lo que había pasado delante de todos. Mi amigo y yo tuvimos una charla posteriormente. Me alcanzó una carta de parte de “Jaime” en donde me pedía disculpas y quería arreglar su “error” porque se encontraba muy arrepentido y porque jamás en su vida había hecho algo así. No he aceptado sus palabras y bien sabe él que al día de hoy existe la posibilidad de  denunciarlo por acoso sexual, a pesar del tiempo transcurrido.

Ya he sanado de esa agresión y por eso me siento libre de contarla para que sirva como ejemplo; porque como bien dice la psicóloga de la primera historia, en la época en que a mí me acosaron, la opinión general hubiera sido la misma que yo tuve de mí misma: que toda la culpa fue mía por haber bebido más de la cuenta y afectar mis reflejos, que no debí subir a un auto con alguien a quien no conocía bien. Hay gente que hoy en día aún piensa así. Pero el problema no es el alcohol, ni la ropa, ni la noche, ni el quedarte a solas con alguien (que en mi caso era ya a esa hora, un conocido). El problema es que un “Jaime” crea que tiene derecho sobre el cuerpo y la voluntad de una “Andrea” y se aproveche de una situación de confianza para intentar satisfacerse sexualmente.

El acoso sexual, que en miles de casos se convierten en las violaciones de las que escuchamos cada día, no van a parar hasta que todos, hombres y mujeres, tengamos muy claro que NADIE puede requerir expresión sexual alguna a otra persona en la medida en que ella no haya dado su consentimiento y que cualquier situación que se dé sin éste o en situación de ventaja constituye abuso y delito. Abuso y delito que de ninguna manera pueden considerarse como eventos normales o cotidianos. Podrías ser tú. Podría ser yo otra vez. Podría ser cualquiera en una circunstancia peor y mil veces más dolorosa. No lo permitamos más. Yo empezaré denunciando.

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