El fin de la primera guerra mundial

Columnista invitado

Ayer domingo 11 de noviembre, en toda Francia: en las ciudades y en los pueblos, casi toda la población estuvo en las calles para recordar otro 11 de noviembre hace cien años, cuando en un vagón de ferrocarril, estacionado en Amiens, al norte de París, se firmó el armisticio que puso fin a la Primera Guerra Mundial, tras cuatro años de una atroz carnicería que dejó unos 17 millones de muertos.

En París, a las 10 de la mañana, más de 70 jefes de Estado se reunieron frente al Arco del Triunfo, convocados por el presidente Emmanuel Macron, quien pronunció un discurso cuyos primeros párrafos, que traduzco, fueron los siguientes:

“El 7 de noviembre de 1918, cuando el caporal cornetero Pierre Sellier tocó el primer anuncio de cesar el fuego, hacia las 10 de la mañana, muchos hombres no pudieron creerlo; luego salieron lentamente de sus posiciones, mientras, a lo lejos, en las líneas de combate, otros clarines repetían esa orden, haciendo escuchar sus notas hasta a los muertos, antes de que las campanas difundiesen la noticia en todo el país.

El 11 de noviembre de 1918, a las 11 de la mañana, hace cien años, día por día, hora por hora, en París y en el resto de Francia, los clarines sonaron, como las campanas de todas las iglesias.

Era el armisticio. El fin de cuatro largos y terribles años de combates mortíferos.  El armisticio no era, sin embargo, la paz, y, en el Este, continuó la espantosa guerra durante muchos años.

Aquí, este mismo día, los franceses y sus aliados celebraron la victoria. Se habían batido por su patria y por la libertad. Habían consentido para ello todos los sacrificios y sufrimientos, habían conocido un infierno que nadie pudo imaginarse.

[…]

El mundo descubrió la amplitud de las heridas que el ardor combatiente había ocultado. A las lágrimas de los que agonizaban sucedieron las de los sobrevivientes, ya que en el suelo de Francia el mundo entero había venido a combatir: jóvenes de todas las provincias y de ultra-mar, del África, del Pacífico, de las Américas y del Asia vinieron a morir en pueblos de los que no conocían ni el nombre.

[…]”

Macron terminó su discurso, exhortando a sus invitados, entre los cuales estaban Donald Trump y Vladimir Putín, a no ceder ante las sirenas del nacionalismo y privilegiar la cooperación multilateral, ya sea en el seno de la Unión Europea o en las Naciones Unidas.

“Sumemos nuestros esperanzas —dijo— en lugar de enfrentar nuestros temores”.

En las paredes de todas las municipalidades de Francia, de las universidades y otras instituciones se hallan grabados los nombres de los hombres que murieron por Francia en esa guerra, que no fue “la drôle de guerre”.

A mis queridos amigos franceses que han tenido la amabilidad de enviarme este discurso, les he respondido:

“Esa muerte rampante, con diez y siete millones de sepulturas cavadas en toda Europa a su paso, fue desencadenada por algunos, como lo hicieron después Hitler y su banda. Es lamentable que la alegría de la paz recordada oficialmente no haya dejado un instante para decirlo y recordar también a los que se opusieron a ella. ¿Qué sucede con Putín y los suyos que se han lanzado a otra carrera de rearme nuclear frente a un Trump que amenaza con romper el tratado de no proliferación de armas nucleares suscrito entre sus países a comienzos del ochenta del siglo pasado?

Compartimos vuestra alegría, un poco triste en realidad, en este centenario.

Gracias por habernos dado a conocer ese mensaje.”

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