Siempre en mi corazón

Columnista invitado Jorge Rendón Vásquez

A fines de mayo de este año, mi esposa y yo disfrutábamos de la invitación de Isabelle a pasar unos días en su gran casa de Chatillon sur Loire, sobre la orilla izquierda del gran río que divide a Francia por el centro. El domingo, en mi último sueño del amanecer, me encontré de pronto enrolado en una heterogénea y numerosa banda de jóvenes que marchaban por un pequeño pueblo costero de los Estados Unidos, ejecutando con armónicas la melodía Siempre en mi corazón. No era extraño para nada. En el sueño se mezclan de la manera más extravagante los recuerdos, aspiraciones, proyectos, alegrías, fobias y temores y las representaciones más extrañas o ciertas, felices o desdichadas, combinadas en diferentes espacios y tiempos. Si uno fuera un artista plástico y hubiera vivido en las primeras décadas del siglo XX no podría parecer aventurado que de esas formas saliera un cuadro surrealista.

Yo había visto esa escena de la película del mismo nombre en en Arequipa, en algún momento a comienzos de la década del cuarenta. Me había impresionado tanto la alegría de la melodía y el mensaje de la letra que, juntando mis diminutas propinas y las contribuciones de algún tío generoso, vi la película dos veces más. Nunca volví a verla, pero retuve la letra con la ayuda de un cancionero local.

Y el tiempo pasó hasta esa madrugada cerca del río Loira, en un lugar tan remoto como distante del pueblecito estadounidense donde une troupede muchachos conducidos por un marinero en su momento de descanso volvieron a marchar haciendo vibrar con sus notas un sentimiento que necesitaba en ese momento.

Tras el desayuno a la campagnard,y mientras dialogábamos con la mirada vivaz e inteligente y las expresiones naturalmente cultas de Isabelle, su automóvil conducido por ella avanzó hacia el norte, atravesando los campos verdes de vides, hortalizas y trigo, a lo largo del río Loira. Casi una hora después, llegamos a un pequeño pueblo de un centenar de casas bastante modernas, alineadas a lo largo de una calle que partía de una plazuela con una iglesia de estilo románico. Nos enteramos de que este pueblo había sido fundado a mediados del siglo IX por un grupo que huía de la invasión normanda. Poco después lo denominaron Saint-Martin sur Ocre, por un obispo de Tours y el arroyo tributario del río Loira, sobre cuyas márgenes lo establecieron.

Isabelle no nos conducía, sin embargo, a visitar este pueblo por él mismo, sino por la feria de vecinos convertidos en amigables vendedores de las cosas de las que deseaban desprenderse, organizada ese domingo. Cuando intervienen en estas ferias algunos comerciantes profesionales se denominan brocantes, pero cuando sólo las integran vecinos se designan como vide-greniers, algo así como desocupación de los desvanes o altillos donde se almacenan las cosas en desuso.

Cada puesto de venta era una simple mesa sobre la cual se exhibían los objetos en venta: adornos, estatuillas, prendas de vestir y zapatos usados, pequeñas máquinas y herramientas obsoletas, relojes, collares, aretes, libros, cuadros y otros objetos, algunos raros.

Sobre las diez de la mañana había ya varios centenares de paseantes y potenciales compradores. Casi todos eran agricultores de otros pueblos que se convertirían también en vendedores de las brocantesvide-greniersque se organizaran, a su turno, en ellos. El sol brillaba en el cielo intensamente azul orlado a lo lejos por algunas nubes errantes. Cada puesto de venta había asumido el papel de teatro de animadas pláticas sobre el origen de las cosas en venta, su precio y cuanto tema conexo surgía de los cuales pasaban a otros. Isabelle y mi esposa estaban en la gloria como actores de esas tertulias al paso. Yo, más parco, colocaba mis preguntas de repórter aficionado, como al desgaire.

De pronto, mi vista fue atraída como por un libro de mil páginas, numerosas fotografías y en buen estado. Era La Seconde Guèrre Mondiale por el historiador inglés Antony Beevor, un hallazgo con el cual probablemente no me hubiera topado si lo hubiera buscado en alguna librería de París. El precio: un euro. En seguida fue trasladado al bolso que siempre llevo cuando estoy en el extranjero.

Seguí caminando: nada interesante. 

Varios puestos más allá, descubrí un par de caballitos recostados al lado de un pesebre, en acrílico. Sus trazos eran tan nítidos que parecían reales. Pregunté: procedían de algún taller del centro de Francia. ¿Cuánto? ¡Tres euros! Sin pérdida de tiempo se añadieron a la colección de caballitos que tenemos en nuestra sala en Lima.

Pero la sorpresa continuó, porque detrás de ese adorno apareció una armónica de plástico blanco con tapas cromadas. La examiné: tenía veinte notas. Quise probarla, pero me retuve. Siempre es un riesgo llevarse a la boca un objeto cuya procedencia se desconoce. Recién me fije entonces en el vendedor: un hombre de unos sesenta años, delgado, de amables ojos azules, cabello gris y un mostacho a lo Clemenceau. Me informó que la armónica había estado olvidada en su desván y había pertenecido a uno de sus hijos que partió de la casa hacia ya muchos años. Acudí a Isabelle que es médica, quien dictaminó que ningún microbio ni hongo viviría tanto tiempo sin comer. Con esta seguridad me la llevé a los labios. Su sonido era excelente. Y entonces lo primero que me vino a la mente fue la canción con la que había soñado esa mañana. Trastrabillé unos segundos mientras me readaptaba a la armónica después de muchos años, y luego las notas salieron cristalinas. Uno nunca olvida las melodías que aprendió en algún tramo de su infancia. Varios viandantes se acercaron. Al parecer nadie conocía esa canción, pero advertí que les agradaba.

El vendedor me miraba, entre asombrado y contento. Cesé de tocar y, de la manera más espontánea, le relaté mi sueño y por qué había ejecutado esa melodía en la armónica que él vendía. Le pregunté el precio. Me respondió: señor, acéptela como un obsequio. Sonreía, esperando mi decisión. Gracias, le dije. Me la llevo como un recuerdo de esta hermosa mañana y de su bondad.

Queridos amigos:

La canción Siempre en mi corazónde Ernesto Lecuona, un compositor cubano que vivió entre 1895 y 1963, se hizo muy conocida en la década del cuarenta. La letra y la música se asocian para expresar un sentimiento universal. Es posible que las gentes de aquella época aún la recuerden. Las que vinieron luego tal vez no la conozcan. Yo la rescato del estante de los bienes culturales de mi memoria y mi nostalgia para decirles con ella: están en mi corazón.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

SUSCRÍBETE A NUESTRO NEWSLETTER

SUSCRIBIRSE