Izquierdistas

Columnista invitado Alfredo Quintanilla

Este fin de semana se reunirán en Huancayo, invitados por el gobernador regional de Junín y líder del partido Perú Libertario, Vladimir Cerrón, los representantes de varias agrupaciones izquierdistas, para discutir las posibilidades de una estrategia, un programa y un frente común. El afiche de convocatoria del Encuentro “Voces del Cambio”, presenta las figuras de Walter Aduviri, Goyo Santos, Cerrón y Verónika Mendoza, como en un monte Rushmore[1] andino que se proyecta al futuro. Ausentes quedan Marco Arana, conductor del Frente Amplio, y Alberto Moreno, jefe de Patria Roja, entre otros líderes de las izquierdas reales y actuantes.

Las expectativas y apuestas, como es natural, están divididas entre los miles de militantes izquierdistas. Hay quienes, esperan que sea una primicia del Encuentro Nacional de los Pueblos que se hará en febrero, recordando nostálgicos, a la Asamblea Nacional Popular que reunió tres mil delegados de todo el Perú en Villa El Salvador el 18 de noviembre de 1987, cuando Izquierda Unida era la primera fuerza política del país y se preparaba para ser gobierno en 1990. Otros aseguran que no llegarán a ningún acuerdo para acciones conjuntas porque esos dirigentes tienen el gen del sectarismo y el divisionismo. Entre ambos extremos, cabe la posibilidad de que se llegue a compromisos de respaldo a las luchas actuales de distintos sectores ciudadanos, así como el propósito de seguir dialogando para concertar voluntades en procura de conseguir la convocatoria a una Asamblea Constituyente.

Pero el camino es pedregoso y puede estar atravesado de sorpresivos huaycos. No sólo porque algunos como Democracia Directa y Juntos por el Perú hayan criticado una convocatoria que consideran cerrada, recordando además la nefasta alianza de Cerrón con Ricardo Belmont en las recientes elecciones limeñas, sino porque Aduviri, la nueva estrella del feeling zurdo, ha marcado distancias y no ha confirmado su presencia. Antes bien, en declaraciones que reproduce el diario Gestión, ha señalado que no es marxista ni radical (aunque sí simpatiza con el programa y la acción de Evo Morales) y que más bien propone “la filosofía andina y amazónica. Esa es nuestra ideología” (sic), zanjando con la izquierda que “está inmersa en actos de corrupción”, en clara alusión a Goyo Santos y Susana Villarán, sobre quienes pesan investigaciones fiscales.

Los observadores políticos señalan que si las izquierdas quisieran dejar de ser irrelevantes, debieran bajar el tono ideológico tratando de demostrar eficacia en la gestión de los dineros públicos, ahora que algunas gobernaciones regionales y municipalidades provinciales y distritales han quedado en sus manos. A ver si de esa manera logran romper la desconfianza popular, pues aunque se proclamen sus representantes, las gentes de a pie desconfían de quienes tienen un pasado o un discurso violentista o se han visto involucrados en actos de corrupción cuando han tenido que administrar partidas presupuestales.

Ese clima de desconfianza generalizado ha impedido, hasta ahora, que las izquierdas recompongan la relación que tuvieron en el pasado con los intelectuales (a los que, algunos, inclusive, tildan de “caviares”) y, de paso, su renovación programática. Algo tiene que ver, también, en esa falta de empate con las mayorías, su alicaído rendimiento en el Congreso, que no ha contrastado nítidamente al ojo popular, con la mediocridad de la mayoría.

Hay analistas que señalan que habrá dos asuntos en los que muy difícilmente se pondrán de acuerdo: la política internacional frente a los gobiernos de Maduro y Ortega, que resultan una piedra de contradicción, porque si bien ambos gobernantes tienen un fuerte discurso antiimperialista guevarista, sus políticas represivas contra sus pueblos y en contra de los derechos humanos hacen que una tendencia creciente de militantes los condenen abiertamente o, al menos, guarden distancia. El otro asunto, es la política a desarrollar frente a la lucha contra la corrupción y la táctica o conducta inmediata frente al gobierno de transición de Vizcarra.

Quienes conocen el mundo izquierdista aseguran que, en esta coyuntura de crisis cuando sectores de la población se movilizan en contra de los corruptos por fuera de las pequeñas organizaciones gremiales y políticas, la tentación de tener un discurso más radical que el competidor va a ser muy grande. Y no faltará quien afirme que estamos en una situación revolucionaria, como lo hizo el joven Fernando Rospigliosi desde la dirección de la extinta Vanguardia Revolucionaria, argumentando que el Perú de fines de los 70, estaba en esa situación, según la tipificación leninista; el tiempo no parece haber pasado para muchos jóvenes que no dejan de ver un amanecer revolucionario a la vuelta de la esquina.

Curiosamente, los neosenderistas ya dejaron de lado ese rollo y no dejan pasar la oportunidad de insertarse en cuanto movimiento de protesta haya, para ganar presencia y simpatía, batiendo a sus competidores con poses radicales. A ellos les interesan más que nunca los votos y los escaños del “establo parlamentario”, como que están pendientes de la salud del compañero Manuel Dammert, pues su eventual reemplazo sería aquella cantante folklórica a la que le gusta el olor de la pólvora y dinamita, como suele cantar. Pero no perderán la ocasión que les brinda el evento para incidir en esas contradicciones.

Si el exceso verbal triunfa, si el maximalismo programático se impone, si la mayoría sale criticando a los electoreros y señalando que sólo la lucha callejera es eficaz y poniendo como blanco al gobierno de Vizcarra al igual que a los grandes corruptos; la reunión habrá fracasado.

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[1] El Monumento Monte Rushmore es un conjunto escultórico tallado en una montaña de granito situada en Dakota del Sur (Estados Unidos) en el que figuran los rostros de 18 metros de altura de los presidentes George WashingtonThomas JeffersonTheodore Roosevelt y Abraham Lincoln y que fuera terminado en 1941 y es el icónico resumen de 150 años de democracia.

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