Venezuela: ¿solución democrática o militar?

Columnista invitado Nicolás Lynch

La última ofensiva de los Estados Unidos y sus aliados serviles en América Latina  presagia lo peor para Venezuela y para la región en su conjunto. A nadie le caben dudas de que existe una crisis democrática en Venezuela, hasta el gobierno de Maduro que insiste en las bondades de su democracia llama al diálogo y a la necesidad de integrar a los sectores de la oposición. 

Las causas de la crisis son múltiples pero se centran en el conflicto entre una oposición que ha recurrido tempranamente al golpismo para oponerse a las transformaciones del régimen bolivariano y éste ultimo, especialmente bajo la presidencia de Nicolás Maduro, que se ha esmerado por destruir las bases del indispensable pluralismo político.

La democracia se convierte así en el valor central de la disputa. Por una parte, aquellos que solo la entienden si marcha de la mano del modelo económico neoliberal, si no es así todo está permitido, la lucha armada incluida. Por otro, la difícil relación entre democracia y transformación social, en la que se debate el chavismo desde sus inicios. Hoy, ya no estamos en la Guerra Fría, período en el cual solo era posible el cambio social por la vía de la revolución armada. En estos tiempos, más allá de la dura oposición de derecha que pueda haber, los cambios duraderos se hacen ampliado y profundizando la democracia, de ninguna forma restringiéndola.

Frente a este situación, sin embargo, se han planteado, reiteradamente dos salidas a la crisis señalada: el diálogo o la intervención armada, vía golpe duro, blando, invasión extranjera, etc. Sin irnos muy atrás, en febrero de 2018 y por la vía del diálogo, mediado entre otros por el ex presidente español José Luis Rodríguez Zapatero, se llegó a un acuerdo para realizar las elecciones presidenciales del año pasado con la concurrencia de toda la oposición. Pero este acuerdo no estaba en el guión del Departamento de Estado de los Estados Unidos. Regresada la delegación opositora a Caracas, la mayoría se desdijo de lo firmado y volvimos al punto cero.

De esta manera, se quiere dar la impresión que la única opción sobre la mesa es la opción de fuerza. Lamentablemente para el Perú, nuestra Cancillería, con la complicidad de la OEA, se ha esmerado en su servilismo al gobierno de los Estados Unidos. Desde hace varios años ha tenido la iniciativa en la formación del Grupo de Lima, que junta a los gobiernos derechistas de la región y promueve el desconocimiento del gobierno bolivariano y una solución de fuerza, que excluya al chavismo e instaure un gobierno proyanqui en Venezuela. Ni la lección de decencia que les ha dado México excluyéndose del servilismo, con el nuevo gobierno de López Obrador, los ha hecho trastabillar en el cumplimiento de las directivas made in USA.

Tan ciega es la determinación de Torre Tagle, bajo la dirección de Néstor Popilizio, que hasta romper relaciones quieren —a contrapelo de lo que señalan los demás gobiernos del propio Grupo de Lima— con Venezuela. Cualquier diplomático, por más bisoño que sea, sabe que mantener relaciones en un momento de crisis es una forma de mantener influencia. Pero en Torre Tagle parece que ya no les interesa mantener influencia sino simplemente confrontar. Esa es la directiva a seguir.

Si se impone la solución de fuerza significaría un retroceso de décadas para Venezuela y para América Latina toda. A pesar de los intentos de restauración derechista en la región y de la arrogancia de nuestras élites dominantes y sus gobiernos neoliberales, debemos pugnar por una salida negociada a la crisis que preserve la decisión a los venezolanos sobre su destino, sin exclusiones de ningún tipo, la soberanía sobre sus recursos naturales, en especial su formidable reserva petrolera y la independencia nacional frente al imperio norteamericano.

Venezuela en manos de los Estados Unidos, no sería un episodio más  en la restauración conservadora en América Latina que hasta ahora ha buscado la formalidad democrática. Por el contrario, sería la incorporación de la fuerza como el elemento decisivo en la lucha política, retrocediéndonos casi un siglo, a la época de la lucha anti-oligárquica, donde el otro se convierte en enemigo y no hay otra posibilidad que no sea su destrucción. 

No permitamos este regreso a la barbarie a la que quiere llevarnos la derecha continental y sus gobiernos lacayos en su desesperación por evitar la transformación social y la profundización de la democracia.

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