Quince años antes en la UNSA

La columna Mabel Cáceres Calderón

En el año 2004, una febril actividad en pos de su reelección ocupaba al entonces rector de la Universidad Nacional de San Agustín (UNSA), Rolando Cornejo. Los ofrecimientos de prebendas, ascensos, puestos de trabajo, contratos y otros, eran materia de conversación y arreglos, con una clase docente que aún no ha hecho un mea culpa por esos actos. Una Asamblea Universitaria previamente «conversada» lo reeligió casi por unanimidad, a pesar que serias denuncias de corrupción ya pesaban sobre él.

En aquel momento Cornejo Cuervo estaba en la cúspide de su poder y muy pocas personas en la centenaria UNSA se atrevieron a levantar su voz de protesta por los atropellos que cometió y el saqueo del que la universidad fue víctima. Típico de una sociedad aficionada a la jerarquía y la hipocresía, con su servilismo interesado, el cuerpo docente le hizo creer al Rector-Entrenador, que su poder no tenía límites.

Y así fue. Durante los 10 años de su autoritario mandato, trajo abajo el prestigio que la UNSA había conseguido recuperar después de tiempos grises y de crisis. Doctorados bamba, licenciatura secretarial, fútbol como prioridad y compadrazgo como norma administrativa, trajeron como consecuencia un grave descenso del nivel académico y cuantioso desvío de recursos hacia la cúpula gobernante, en diversas formas. Una de ellas fue lo invertido en el Club Atlético Universidad.

Después de múltiples recovecos dentro de la caja negra que es la justicia en nuestro país, un juez anticorrupción lo ha condenado por este hecho (desvíos de dinero hacia el Club) a 5 años de pena de cárcel efectiva. Antes, ya había sido condenado a una pena efectiva por la reconocida jueza Nayko Coronado, pero una sala suprema, presidida por el inefable Javier Villa Stein, lo liberó de la pena, a pesar de reconocer que tenía responsabilidad. Hoy, cuando nuevos aires soplan en las cortes, es de esperar que, al igual que el juez Max Bengoa, las instancias superiores confirmen este fallo aleccionador para la comunidad universitaria, pues también incluye a su socio en aquella aventura, el exrector Valdemar Medina.

Esperemos que, de esta manera, hayan terminado los intercambios de favores entre la academia y jueces corruptos o pusilánimes, como ocurrió con el juez Juan Carlos Churata que, antes de este juicio, emitió un fallo absolutorio para Cornejo y Medina, bajo argumentos risibles. Esta alianza, tuvo su expresión máxima, a nivel nacional, en el hoy extinto Consejo Nacional de la Magistratura.

También es de esperar que los integrantes de la UNSA que fueron cómplices del envilecimiento de la universidad en esos años, extraigan alguna lección. Llamada, desde su fundación, a jugar un papel histórico y determinante en el desarrollo de la ciudad, el Alma Mater de Arequipa debe romper con la tradición de usar el poder de los cargos académicos para beneficio personal y de grupo. Sus exrectores, desde hace 30 años, están procesadas por casos de corrupción. Como le ocurre al país, es hora de terminar con esas costumbres y empezar de nuevo. Sus actuales autoridades tienen, en esta materia, una oportunidad única para iniciar el proceso. Y sus estudiantes, la responsabilidad de continuarlo. Que nunca más ocurra que, en nombre de todo el alumnado, el tercio estudiantil venda su voto al mejor postor, como ocurrió hace 15 años.

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