Sahuanay vs. Carhuancho

La columna Mabel Cáceres Calderón

Finalmente, apartaron definitivamente al juez Concepción Carhuancho del caso cócteles que involucra al partido Fuerza Popular y su lideresa Keiko Fujimori. La posición del juez arequipeño César Sahuanay ha sido determinante para este desenlace que, en la práctica, es una buena noticia para la corrupción.

A pesar de haber sido aclamado por multitudes, por sus drásticas decisiones, Carhuancho seguramente no está exento de errores y subjetividades, como todos y cada uno de los demás jueces –tal vez bastante menos-, incluido Sahuanay. Aun así, estrictamente a la luz de los hechos, sus decisiones han hecho más por la imagen de la justicia en el país, que lo que hizo el conjunto de altos magistrados en décadas, ante el silencio cómplice de la gran mayoría.

Porque, vamos a ver, nunca hemos visto al juez Sahuanay, comprándose un pleito en favor de la justicia real; no la de las formas, ni la del protocolo, ni la de papel. En cambio, aparece en conferencia de prensa, en trío, junto a la cuestionada jueza Jessica León Yarango, haciendo cuerpo común con ella, sin ningún rubor.

Muchos abogados y jueces defienden a Sahuanay y critican a Carhuancho, contrariamente a lo que sucede entre la opinión pública. Tal parece que el celo legalista que ahora muestran, tiene también otro componente de celos, más bien profesionales.

Todos esos formalistas, en cambio, nunca cuestionaron al CNM, ni a Duberly Rodríguez, ni a Víctor Ticona, ni a José Luis Lecaros, siempre calculando sus pasos para ascender sin pisar callos ni hacerse problemas. No es nada extraño que Carhuancho, les resulte incómodo.

En Arequipa, donde Sahuanay tiene muchos defensores, también ocurre un silencio ominoso frente a casos como el del juez Gino Valdivia Sorrentino sobre quien hace años pesaban sospechas, pero que a ninguno incomodaba lo suficiente. Él hubiera seguido sentándose orondo en las salas plenas de los señorones que fungen de magistrados honorables, como él, sino fuera por la denuncia de un ciudadano y las agallas de una fiscal para denunciarlo.

Así pues, a Sahuanay, asumiendo que su actuar no está digitado, algo deberían decirle sus efectos: facilitarle el caso al abogado Abanto, posibilitar la fuga de Jaime Yoshiyama, empoderar a León Yarango, y defender un sistema de administración de justicia obsoleto, corrupto e inútil. Pero también ha conseguido que, en algunos años, nadie recuerde su nombre. Justo lo opuesto a lo que ocurrirá con el juez Carhuancho, cuya suma de errores no supera su coraje y su intuición al haberse colocado, según la percepción ciudadana, del lado correcto de la historia.

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