María Kodama en Lima

Sobre el volcán Juan Carlos Valdivia Cano

Una de las pocas razones, por no decir la única, que hacen lamente en la virreinal, discriminadora, cruel y caótica Lima, son, aparte de las personas que visitaría si viviera aquí, las visitas que tiene el privilegio de recibir esta vieja ciudad, que ha perdido la “calma ilusión” que le atribuía Chabuca Granda, Esa magna mujer, “bella verdad” de la cultura peruana que es más real que la realidad misma, (me refiero a Chabuca y no a Lima, claro). Pero esta vez no me ocupo de Chabuca, que lo merece con creces, sino de otra mujer, argentina, de alto espíritu como ella que visitó la ciudad de Chabuca.

¿Es justificable que un profesor de derecho provinciano, pida permiso por uno o dos días para ir a ver a María Kodama a la capital? Porque si son asuntos académicos y te invitan con oficio membretado, no hay descuento. ¿Pero no es mil veces más importante y meritorio escuchar en vivo a María Kodama para efectos del cuadro de méritos o de enriquecer el espíritu y soplárselo a los estudiantes, que un pesado evento académico, aunque no te haya invitado mediante oficio membretado?

Y mientras las dudas hamletianas o las indecisiones típicas de los Libra me corroían el alma, (me pasó también con Paco de Lucía) el implacable tiempo hacía muy bien su oficio –y yo seguía pensando si la visita de Kodama era una razón suficiente para pedir permiso en las instituciones donde trato de prestar mis servicios. Porque antes que ciencia y técnica la universidad es humanidades y cultura.

Mientras tanto la conferencia “La memoria de Borges” , a cargo de María Kodama, viuda del poeta y Presidenta de la Fundación Internacional Jorge Luis Borges, ya había tenido lugar. Pocos días después llegó, aquí a Arequipa city, una invitación dirigida a mi hermano a dicha conferencia que se realizó en la Universidad de Lima el 14 de noviembre último. Un poquito tarde, lo que no impedía el orgullo por un hermano que recibía una invitación semejante, como cuando pude darle la mano al gringo del IMCA que trajo la única película de la NBA que pude ver en mi juventud sin cable, que le había dado la mano al doctor James Naismith, creador del basket, esperando que no se lo hubiera lavado hasta esa fecha.

En esa invitación hay una linda foto de la pareja Borges, muy sonriente, en pleno vuelo en globo, con el nombre de la conferencia y el de la conferencista, MK. Esa tarjeta, la entrevista de Hildebrandt en la TV y los recuerdos y experiencias borgianas de tantos años, hicieron que mi corazón no se resintiera tanto por no haber estado en la Universidad de Lima ese 14 de noviembre a las siete de la noche.

Y más que las lecturas de Borges, hoy se me viene al espíritu la sublime relación amorosa entre el circunspecto poeta, y la niña que conoció a los quince años como discípula suya en literatura inglesa en la UBA y que ya lo leía y veneraba a pesar de la corta edad. La discípula y luego privilegiada y merecida secretaria con la que contrajera matrimonio un año antes de morir a los 85 años. Año en que se publica su último libro “Los Conjurados” que se lo dedica, por supuesto, a ella en la Inscripción, y yo a ti fino lector, fina lectora:

“De usted es este libro María Kodama. ¿Será preciso que le diga que esta inscripción comprende los crepúsculos, los ciervos de Nara, la noche que está sola y las populosas mañanas, las islas compartidas, los desiertos y los jardines, lo que pierde el olvido y lo que la memoria transforma, la alta voz del muecín, la muerte de Hawkwood, los libros y las láminas? (…) Sólo podemos dar lo que ya hemos dado. Sólo podemos dar lo que ya es del otro. En este libro están las cosas que siempre fueron suyas. ¡Qué misterio es una dedicatoria, una entrega de símbolos¡”

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