Por una Iglesia cercana y amiga

Quinta Columna Alfredo Quintanilla

La ceremonia de ordenación episcopal y asunción del cargo de Arzobispo de Lima del Padre Carlos Castillo Mattasoglio, resultó novedosa, no sólo porque hacía veinte años que no se celebraba este rito consagratorio, sino por su contenido. Las intenciones que revelaron las palabras que en ella se pronunciaron, en momentos como los que vive la Iglesia universal y limeña, en particular, valen también como gestos.

En la vieja institución que es la Iglesia Católica las formas cuentan mucho y hay que saber leerlas para apreciar mensajes que a veces no son tan claros. No resultó, por eso, un asunto de menor importancia que fuera el teólogo del Dios liberador, el Padre Gustavo Gutiérrez, quien antes de la ordenación episcopal de Castillo, leyera el pedido al Papa Francisco, a nombre de la Iglesia de Lima, para que lo nombrara arzobispo como sucesor de Juan Luis Cipriani. Es, pues, un signo de los tiempos que el Papa haya reconocido los aportes de Gutiérrez y su lectura de la Biblia y del Evangelio para renovar la vida de la Iglesia ahora que enfrenta “tiempos aciagos”, tal como reconoció en su mensaje el nuevo Arzobispo. Si algunos dudaron de la hondura de ese reconocimiento con la invitación que le hiciera a Gutiérrez a visitarlo, poco después de ser elegido como Papa, bien pueden ver en este nombramiento de uno de sus discípulos, un paso adelante en la decisión de enmendar rumbos.

Esa decisión papal se manifestó en el entusiasmo con que el Nuncio Apostólico asumió él mismo el rito de la ordenación episcopal de Castillo y en sus expectativas puestas en este hombre que no sólo camina -desde las alturas de Cerro de Pasco hasta Tablada de Lurín- sino pedalea en bicicleta, como los jóvenes a los que debe hablar en su lenguaje. “Nosotros queremos pedalear contigo”, le dijo monseñor Girasoli.

Castillo es un cura con los pies en tierra, pues en su primer mensaje, al finalizar la Misa del sábado 2 de marzo, habló de“errores, pecados y hasta delitos”. Es consciente de “los horrores de la pedofilia” que ha traído por los suelos la credibilidad de la Iglesia. Por eso, con claridad meridiana señaló que “¡Nunca la iglesia, y menos aún la jerarquía eclesial, puede ser cómplice de los abusadores y de los abusos! ¡Sin transparencia, la Iglesia no puede ser creíble!”

A ese diagnóstico descarnado, que tomará tiempo en ser percibido y asumido por curas, monjas y activistas de parroquias, que durante los pasados veinte años se acostumbraron a vivir puertas adentro, con los fieles, le siguió la lectura de un programa de gestión pastoral -valga la comparación- que marcará su gobierno de los siguientes seis años:

1. Una Iglesia pobre para los pobres.

2. Una Iglesia misionera. Una Iglesia que acompañe el caminar de su pueblo que busque “la otra orilla de los lejanos y dispersos… caminar hacia todos y todas, sin excluir a nadie, buscando a los más recónditos…”

3. Una Iglesia que ore y contemple a su Señor.

4. Una Iglesia que dinamiza la espiritualidad profunda de la religiosidad popular. “Hay que evangelizar la religiosidad popular” fue la expresión que utilizó.

5. Una Iglesia signo de credibilidad: “tenemos que dar esos signos con transparencia, sin esconder los problemas, enfrentándolos, reconociendo nuestros errores, pecados y hasta delitos, si existen, y enfrentarlos con la justicia y la verdad”.

6. Una Iglesia abierta a la sociedad civil, sus búsquedas y puntos de vista laicales

7. Una Iglesia que promueve al laicado sensible, serio, responsable y alegre.

8. Una Iglesia que organiza su economía al servicio de la acción pastoral y de la promoción y defensa de la dignidad humana.

Hubo un especial énfasis de Castillo al recordar la expresión del Papa sobre su deseo de tener curas y obispos que “huelan a oveja” y engarzarla con la tradición de la Iglesia limeña, cuando citó las reflexiones de un jesuita del siglo XVIII, el Padre Juan Sánchez que habló de la necesidad de encontrar a Dios en el hospital de leprosos de San Lázaro. Dijo Castillo: “… hemos venido a esta ordenación para salir de aquí hacia esos millones de hospitales, que son los intentos callejeros de nuestro pueblo por sobrevivir allí, en las calles de Lima, en las casas maltrechas de nuestros pobres barrios, en el peligro de sus plazas, y en las esperanzas de sus puestos de vendedores ambulantes y canillitas, en las camas de cartón de los huéspedes nocturnos de nuestras veredas, en las latas pateadas por miles de jóvenes sin trabajo y sin estudios, en las nuevas poblaciones amazónicas que habitan nuestra ciudad, y tantos y tantas otros maltratados y marginados, desconocidos para muchos. Allí están los Cristos sufrientes que creen y luchan, que nos llaman a construir con ellos esa Iglesia “hospital de campaña”, que es capaz de alentar y acompañar su camino de superación, y nos hace participar a todos en la curación de sus heridas, en el enjugar sus lágrimas, alegrarnos con sus alegrías y danzas, participar de sus conversaciones nocturnas, porque quiere ser en verdad, aquí en Lima, una Iglesia cercana y amiga.” Cómo quisieran muchos de esos olvidados y ofendidos de Lima ser visitados por sus políticos y gobernantes y escucharlos pronunciar estas palabras.

Pero no basta, dirán los escépticos, tener un diagnóstico de los males y claridad en un programa de remedios, si los agentes pastorales de Lima están en otra onda teológica y espiritual distinta de su bienintencionado pastor. Porque durante veinte años fueron educados en ser vigilantes de la ortodoxia y de la autoridad del magisterio en la interpretación exacta de la Palabra y la repetición del rito; en guardar las puertas cerradas a la ventolera del nuevo siglo y sus nuevos lenguajes; en la intransigencia con los pecadores; en el acatamiento de la autoridad civil por más que fuera corrupta y diera las espaldas a su pueblo; en el miedo a los diferentes y las tentaciones del mundo, el demonio y la carne, cuando encubrían la pederastia y miraban para otro lado. Son como los músicos del Titanic que siguen tocando mientras el barco se hunde, como en expresiva comparación, quiso llamarles la atención monseñor Castillo. Sí, diremos los católicos sin parroquia, asumiendo lo que nos toca, pero recordaremos que tenemos el factor Espíritu Santo, factor X que los más serios historiadores consideran como inexplicable de la perduración de esta institución única en el mundo.

El trabajo lo tiene cuesta arriba y parece ser muy consciente de ello: “Sé que, como a [Santo] Toribio, esto nos podrá acarrear ciertas enemistades, pero es mejor que dejar sin corrección aquello que la requiera”, pues, “he de esforzarme en conocer a mis sacerdotes… amonestarlos para que sean pastores y no comerciantes” [¡!]; pero los llama a “aprender juntos, a mirar nuestros problemas de frente y buscar resolverlos en unidad, diálogo honesto y sincero”, porque “lo que no une, no viene de Dios”. Pero será complejo persuadir a los seguidores de Cipriani, ayudados por cierta prensa, que minimizó la gran noticia del sábado. Inclusive el Padre Larrán en Expreso, en su columna del domingo se dio el lujo de ignorar el acontecimiento, preocupado por educar a los jóvenes en escuchar “el sonido de Dios grabado en sus almas” (¿?)

Monseñor Castillo, el obispo del Siglo XXI que necesitaba la Iglesia, echando a rodar sus palabras, tratando de crear efectos en la comunidad, planteó, al final, tres preguntas, como sociólogo sanmarquino que sigue siendo, con la esperanza de que hasta los no creyentes pudieran, acaso, interesarse en responderlas. Este cronista haciendo la tarea, responde con sugerencias para la primera pregunta: Una, que desaparezca, de inmediato, el aviso escrito y verbal que se lanza en las misas prohibiendo el sacramento de la comunión a los católicos convivientes, separados, divorciados y vueltos casar. Dos, que cese la alianza, pacto, auspicio, promoción o lo que se llame, entre el Arzobispado y el movimiento fundamentalista #Conmishijosnotemetas. Tres, que el Arzobispado recupere el local y bienes del antiguo Colegio Externado de Santo Toribio del Rímac y lo eche a andar con el enfoque de la teología de la liberación.

Pero este comentario no estaría completo si no se refiriera al final de su Mensaje. Es archiconocido que el ejercicio del magisterio de la jerarquía se basa en la difusión de la Palabra. Por ese magisterio, todo católico que se respete tiene en mente decenas de pasajes bíblicos que orientan su vida cotidiana, aunque no sepa las citas de paporreta como los fieles de algunas denominaciones evangélicas, más interesadas en el diezmo que en la Buena Nueva. Por eso, resulta absolutamente innovador que su mensaje fuera rematado con la cita de un fragmento del poema “Himno a los Voluntarios de la República”, de César Vallejo, poeta universal. De alguna, manera monseñor Castillo incorpora la palabra de Vallejo al magisterio de la Iglesia de Lima. Su tono profético, que pareciera engastado en la tradición de Isaías y de los grandes profetas, nos conmueve, porque en un mundo de guerras y ruinas, de pecado y de muerte, nos alienta con la esperanza de la resurrección, bendito sea Dios!

“¡Entrelazándose hablarán los mudos, los tullidos andarán!

¡Verán, ya de regreso, los ciegos

y palpitando escucharán los sordos!

¡Sabrán los ignorantes, ignorarán los sabios!

¡Serán dados los besos que no pudisteis dar!

¡Sólo la muerte morirá!

¡La hormiga traerá pedacitos de pan al elefante encadenado a su brutal delicadeza;

volverán los niños abortados a nacer perfectos, espaciales

y trabajarán todos los hombres,

engendrarán todos los hombres,

comprenderán todos los hombres!”

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