Roland Weyl en sus cien años

Columnista invitado Jorge Rendón Vásquez

Me complace estar con Roland Weyl en estos momentos, en mi imaginación, y no sólo por la agradable sensación de estar con él, sino, además por el raro privilegio y el honor de que me cuente entre sus amigos.

Nos conocimos a fines de marzo de 1964, en Budapest, cuando se reunía el segundo congreso de la Asociación Internacional de Juristas Demócratas. De pronto, en esa Babel, me extendió la mano y comenzó a hablarme con una convicción que, veía, le brotaba de muy adentro. Era un hombre pequeño, delgado, de ojos vivaces y dueño de una vocalización perfecta que me permitía comprenderlo, pese a mi Francés aún elemental en ese momento.

El congreso terminó con la votación de dos mociones que no eran para nada contradictorias: los abogados de la Unión Soviética plantearon la defensa de la paz mundial y los de China la lucha por la liberación de los pueblos oprimidos. Fue el primer enfrentamiento de estas potencias ante sus amigos de otros países. Si el gran rey Salomón hubiera estado entre los asistentes tal vez hubiera dicho: vanidad de vanidades. Luego, se me acercaron dos abogados de la Unión Soviética y me invitaron a visitar su país. Les agradecí, pero no acepté. Vino hacia mí luego un abogado chino, que observaba esta escena desde cierta distancia, y me propuso una gira por su país que tampoco acepté.

Al día siguiente, me embarcaba en la estación del ferrocarril con destino a París.

Era la primera vez que la vida, la suerte y la benevolencia del  jurista francés que me había invitado, me ofrecían la ocasión de conocer Francia, el país que había recorrido desde mi adolescencia leyendo las novelas de los grandes autores franceses del siglo XIX, traducidas al Castellano. Intuía, además, que una expresión del alma popular de Francia la constituían los abogados, en su mayor parte jóvenes, venidos de Paris y otras ciudades francesas, que me habían recibido en sus círculos tan naturalmente. Uno de ellos era Roland Weyl.

 Lo vi después en los pasadizos del Palacio de Justicia de Paris, marchando enérgicamente seguido de sus clientes que reclamaban algún derecho negado por alguna autoridad o empresario; y asistí a sus intervenciones en las salas de audiencias: claras, lógicamente bien construidas, convincentes y sin apartarse nunca de la elegancia en la dicción. Yo lo seguía fascinado, trasladando mi atención a la expresión de los jueces que parecían no perderse ningún argumento.

Me presentó a su esposa: Monique Picard, abogada con una mirada y conversación que revelaban en seguida su inteligencia y cultura superiores; y me invitaron a visitarlos en su departamento de la rue du Bac.

Un mes después partía hacia Lima, con la promesa de retornar a París a hacer un doctorado.

En octubre de 1966 pude cumplir esta promesa, gracias a una beca del Gobierno Francés. Me inscribí en la Facultad de Derecho de la Universidad de París, en la place du Pantheon, y me recibí en junio de 1970, tras haberme entregado en cuerpo y alma a estudiar y redactar la tesis (comm’il faut).

Durante esos años, Roland y Monique nos invitaron con frecuencia, a mi esposa y a mí, a visitarlos, y continuaron haciéndolo en las muchas veces que hemos retornado a París.

Monique nos dejó hace unos años, y aunque Roland seguía recibiéndonos, vital y optimista, se percibía en su mirada su serena tristeza.

Estas palabras no son un panegírico. Como dijera Platón: soy amigo de Sócrates, pero soy más amigo de la verdad.

Y la verdad sobre él es esta:

Roland Weyl ha continuado la línea de pensamiento de la Francia revolucionaria y socialista, ese gran caudal que arranca como la Ilustración francesa del siglo XVIII, nutrido con las ideas de La Mettrie, Holbach, Didérot y D’Alembert, y sigue en el siglo XIX con las varias tendencias socialistas y el marxismo, al cual él adhiere, y cuyos planteamientos difunde y continúa en el ámbito del derecho, no sólo teóricamente, sino también en la práctica de todos los días como jurista.

Sus reflexiones teóricas sobre el derecho están contenidas en los libros escritos en coautoría con Monique: La Justice et les hommes, 1962; La part du droit dans la réalité et dans l’action, 1968; Révolution et perspectives du droit, 1974, y redactado por él solo, Droit, pouvoir et citoyenneté, 2018.

“La ley —han dicho— se expresa como el querer de los que detentan la autoridad, y si ella está determinada por los datos materiales es porque este querer resulta de un estado de conciencia que está en sí mismo determinado por estos datos materiales. […] Además, el derecho es también, en parte, el resultado de las contradicciones que la clase explotada opone a esa voluntad.” El derecho “es, por consiguiente, el reflejo y el resultado de la relación  objetiva entre dos subjetividades, que surgen ellas mismas de los datos materiales objetivos que constituyen la fuente de su conciencia social.” (Révolution et perspectives du droit, pág. 132).

En otros términos, el derecho es un registro de la correlación de fuerzas de las clases sociales, de los cambios cuantitativos en la superestructura jurídica de la sociedad capitalista que se manifiestan como nuevos derechos económicos, políticos, civiles y sociales, que las clases dominadas deben defender frente a los embates del poder económico de reducirlos o negarlos, “una confiscación del poder que puede ser también el resultado de su abandono y su transferencia por la renuncia de la mayoría. Este es evidentemente el caso cuando los descontentos populares se dejan engañar para entregarse a pretendidos salvadores providenciales, como ocurrió con las aventuras fascistas.” (Droit, pouvoir et citoyenneté, pág. 18).

Tan concisa y clara definición echó por tierra las discusiones, bastante bizantinas, sobre la naturaleza ontológica del derecho. Fue un avance teórico de gran trascendencia.

Una parte de su práctica como ideólogo y como jurista ha sido su incansable labor como director de la Revue Internationale de Droit Contemporain, publicada en Bruselas, y sus conferencias en muchos países del mundo.

Llega a los cien años hoy con la energía apenas menguada de sus años jóvenes, escribiendo, alegando en los tribunales, viajando, conversando con sus amigos, sin poder resistir el encanto de elevar el nivel del diálogo con sus expresiones colmadas de sabiduría,  experiencia y, según los casos, sutil ironía.

Y está ahí, con su mirada vivaz y paso firme. Lo veo en la rue du Temple, respondiendo los saludos de sus vecinos.

Desde Lima, frente al Océano Pacífico, Perla mi esposa, y yo levantamos la mano y saludamos a tan querido amigo y a sus hijos.

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