Nacidos para no cambiar

Sobre el volcán Juan Carlos Valdivia Cano

¿Cómo podemos soportar que esos Ríos, Hinostrozas y Chávarris, sean magistrados del Perú sin vomitar? ¿Esto es amor al Perú? ¿no es más bien odio al Perú? En estas condiciones ¿podemos sentirnos orgullosos de ser peruanos, solo por el rico ceviche, o por Machu Picchu, en cuya construcción ningún peruano ha intervenido?  Salvo las cualidades culinarias, el peruano medio parece creer que no necesita tener cualidades y valores intrínsecos para estar (vanamente) orgulloso de sí mismo.

Foto: IDL reporteros

Es un deber jurídico sancionar como se merecen a esos “magistrados” y que lo vea la gente, como se ha hecho con el CNM. Pero las sanciones no solucionan el problema.  Siempre habrá un corrupto que reemplace a otro, mientras no se toque la raíz y se cambie la vida.   Y que no digan los facinerosos que hay que respetar el derecho al debido proceso, porque después de las conversaciones entre los hermanitos y hermanones, que todos conocemos, tenemos derecho a establecer, si no está establecido, que  el derecho no debe servir como instrumento de impunidad, particularmente cuando  la situación es tan  grave y decisiva como la que vivimos hoy, la más grave crisis ético política de nuestra historia “republicana”.

En el Perú no hay malos ciudadanos; no hay ciudadanos (seres libres e iguales que pueden convivir en paz en una ciudad, es decir, civilizadamente) salvo en el mezquino sentido formal, legalista, de la palabra, porque millones de peruanos tienen DNI, nada más. Y eso se debe a que no hay cultura cívica, cultura en valores cívicos desde la primaria: los valores de la Constitución, no los del catecismo o los evangelios, porque estos valores son incompatibles con aquellos. La interrupción voluntaria del embarazo, el matrimonio homosexual, la eutanasia, la fecundación in vitro, etc, prueban la incompatibilidad.

Valores absolutos, únicos y eternos, son incompatibles con valores históricos, humanos, relativos, (que aquí no tiene sentido peyorativo). Cultura cívica, cultura de la ciudad, cultura democrática y republicana, con sus propios valores: Libertad, igualdad, dignidad. Desde la primaria. Somos o no somos una república democrática. Tercio excluido.  O somos chicha o somos limonada, pero no los dos, o ninguno de los dos, la nada, ni chicha ni limonada.

Perú en 2021

Sería una triste ironía, una mentira más (viveza criolla, pendejada) que el 2021 celebremos doscientos años de vida democrática y republicana, cuando nuestro problema principal es que no somos de facto ni queremos ser una sociedad democrática y republicana. ¿Y qué diablos vamos a celebrar?  ¿Doscientos años de vida anti republicana?

 No somos un Estado laico, salvo en el papel. Y no nos da la gana serlo. Somos un estado confesional. Preferimos los dogmas y prejuicios católicos que son incompatibles con la libertad, la dignidad, el derecho a decidir el propio destino, la tolerancia pluralista.  Única manera de salir del sub desarrollo, única reforma posible: la renovación de los valores, esquemas metales e instituciones (Douglas North).  

El 2021 seguramente vamos a celebrar la derrota, que llamamos victoria, como el fútbol peruano al retorno de su participación en Rusia. ¿No fue eliminado el equipo en la primera ronda sin meter un gol?  ¿No jugaron como nunca y perdieron como siempre, una vez más?  Y si no es Juan Carlos Oblitas, se armaba la fiesta… celebrando la derrota, con el consuelo de la mentira.

Así también celebraremos el 2021 seguramente, el no habernos podido sacudir la herencia ideológica virreinal o colonial que impide el cambio de mentalidad, el no querer ser una república democrática, moderna y desarrollada, digna y libre.  Así celebraremos, con todas las formalidades de ley, la derrota del pueblo peruano y el triunfo político e ideológico de la Iglesia y el fujimorismo como cosmovisión y actitud, per secula seculorum. Amen. 

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