Un año de Martín Vizcarra

La columna Mabel Cáceres Calderón

El Perú necesita renovar su clase política o, de lo contrario, corremos riesgo de una verdadera anomia social. El Congreso, aunque sus insulsos integrantes no quieran aceptarlo, es una entidad fantasmal, pues salvo para pedir su cierre, la gente de a pie no espera nada de la mayoría de sus integrantes y tampoco de su accionar conjunto.

El Poder Judicial, aunque siempre ha adolecido de mala imagen, desde que, en tiempos de la colonia, los jueces ya habían descubierto las bondades de aparentar una autoridad moral y jurídica; sigue hundido en el fango al que lo han arrastrado los hermanitos que se encumbraron en él, aprovechando las debilidades de un sistema corruptible desde su nacimiento.

El Ejecutivo, a través de sus presidentes, es decir, sus máximos representantes, es el que menos autoridad tiene frente al país. Desde que están presos fugados, acusados o buscando asilo, por actos de corrupción, todos los mandatarios de 1985 en adelante. La podredumbre se ha extendido tanto que alcanza incluso a quienes no llegaron a ser gobierno, pero entraron al juego o ejercieron un cargo menor: caso Keiko Fujimori, Lourdes Flores Nano o Susana Villarán.

De manera que Martín Vizcarra, quiérase o no, es la única vía de salida en este momento. Es decir que su gobierno no acabe como los demás, que logre respaldo mínimo para hacer algunas reformas y sentar bases para que, en el 2021 o más adelante, comencemos la política desde cero.

Mas que su habilidad para la reactivación económica, la tarea de importancia estratégica y vital es llevar a cabo las reformas política y judicial. Pues si no hay un estado legitimado y una estructura institucional mínimamente confiable, no hay viabilidad para el país.

Por eso, la desaforada grita del fujimorismo, el aprismo y otros topos que estuvieron en diversos partidos y hoy se agrupan en Concertación Parlamentaria u otros grupos. Esparcen su lodo con el poco aire que les resta sobre Vizcarra, los fiscales de Lava Jato y los autores de las propuestas de reformas, como una reacción de su instinto de sobrevivencia. Pues si el país logra avanzar en estos temas que, precisamente, ellos atacan, significa que prescindirá de ellos, como corresponde hacer con los desechos. Material en descomposición, restos de la podredumbre, que corresponde eliminar definitivamente.

Martín Vizcarra, tal vez no sea un santo, porque esos sólo existen en yeso; pero ha avanzado en este año, lo que los gobiernos de Toledo, Alan García y Ollanta Humala no lograron en la indispensable lucha anticorrupción. Y si después resulta que también estuvo involucrado en malos pasos, que se le acuse, juzgue y condene. Entretanto, la ola de lodo está por engullirnos a todos, si no hacemos los cambios por los que votamos en diciembre pasado. Y en el camino, se acomodará lo demás, si todos seguimos empujando esta vieja carcocha llamada Perú. No nos dejemos impresionar por los chillidos que emiten las ratas cuando saben que la muerte está próxima.

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