Educación sexual y soberbia

Trocha urbana Paola Donaire Cisneros

Hasta antes de internet, los adolescentes se las ingeniaban para conseguir pornografía: con algún amigo, tío o en algún cajón del papá. Hoy en día, no tienen que buscarla, la pornografía los busca a ellos, los encuentra fácilmente y les crea una imagen distorsionada de las relaciones sexuales. Pese a este panorama, existe una fuerte oposición a que se imparta educación sexual en los colegios. Se alega que los padres son los únicos que deben cumplir esta misión. Esta, además de soberbia, es una apuesta peligrosa.

A la luz de los hechos, no todos los padres están capacitados o tienen la voluntad de ofrecer a los menores una educación sexual adecuada. Los índices de embarazo adolescente y violencia en las relaciones de pareja son ejemplos diarios de que no se está enseñando un correcto manejo de la sexualidad. Por un lado, la hipersexualización de las niñas, vestidas y maquilladas como adultas por sus propias madres, dentro de familias que festejan verlas bailar “perreo”, demuestra que los hogares no son siempre confiables para la delegación de la formación en valores. En ese mismo sentido, no podemos confiar en el criterio de padres y madres que han normalizado la cosificación de la mujer, dejando que los menores de la casa sigan programas de televisión que convierten la comercialización del cuerpo en un modelo deseable de éxito.

En esa sociedad, de amenazas constantes que se reproducen en el hogar, hay muchos que se niegan a la educación sexual en las escuelas. La arrogancia y la necedad no necesitan mayor definición.

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